Un 4 de febrero cualquiera

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    “Tengo la convicción de que en muchos movimientos militares, en muchos golpes de estado, el fenómeno de la corrupción es posterior al hecho mismo. Es decir, que algunos militares se ven envueltos en un proceso de rebelión contra el orden existente y pasan asumir las funciones de Gobierno (que no son las que le corresponden) por diversas motivaciones, vinculadas a las características específicas de cada país. Después de empezar a gobernar sucumben ante la tentación que les presenta la concupiscencia del Poder. Ellos son hombres como nosotros, tienen menos trabas para realizar sus actos, porque no están sujetos a la serie de mecanismos y procedimientos que la institucionalidad democrática supone, y caen en la tentación de enriquecerse, de enriquecer a sus amigos y familiares y en el deseo de perpetuarse en el poder.” Eso dijo a Alfredo Peña Rafael Caldera, uno de los más connotados políticos venezolanos, operador principalísimo en la construcción de la democracia venezolana luego de la caída de Pérez Jiménez, padrino de Hugo Chávez, dos veces Presidente de la República y sepulturero de esa misma democracia que ayudó a construir cuarenta años atrás.

Hace dos días recordamos los venezolanos mayores aquel cobarde intento de golpe de estado que ahora se pretende glorificar, luego de resultar una chambonada más, con su líder escondido en el Museo Militar y el resto de los golpistas, desordenados y en estampida, intentando esconderse de las represalias merecidas por su deshonroso acto de rebelión contra la Constitución que juraron respetar y defender.

Hace dos días recapitulamos sobre los distintos rumbos que han tomado sus actores; unos ya fallecidos, otros arrepentidos de su desafortunada adhesión a un movimiento subversivo que poco a poco llevaría al país a la ruina en que nos encontramos hoy, otros empeñados en su obsesión destructora de la institucionalidad, de la democracia, la justicia y la legalidad.

Tal vez su aventura de entonces era, como lo afirmó Rafael Caldera, producto de un adoctrinamiento o un estado cuasi hipnótico que los llevó a seguir a un oscuro teniente coronel con ínfulas de “componedor de entuertos” como Don Quijote en su loco intento por corregirle la plana al sistema constitucional y constituido. Lo cual no justifica la cantidad de muertos que dejó su artera intentona, ni que aquel tristemente famoso “por ahora” convirtiera a quien lo dijo en un falso ídolo con pies de barro pero labia de chulo de barrio, capaz de enamorar hasta a los más encopetados empresarios, a los más humildes trabajadores, a  los más apartados habitantes del campo, quienes creyeron en sus promesas de “inclusión, participación y la mayor suma de felicidad posible”. Vanas palabras que se llevó a la tumba, situada en el mismo sitio donde se escondió al inicio de su saga.

Y sus seguidores, familiares y amigos, como también lo dijo Rafael Caldera, han ido paulatinamente cayendo en el descrédito público, como supuestos delincuentes de altos vuelos, y no solamente en sus lujosos jets particulares, sino en aviones que transportan drogas o dólares en maletines para sus cuentas particulares en bancos que mantengan el secreto de sus cuantiosos depósitos.

Todo testimonio de “la tentación de enriquecerse, de enriquecer a sus amigos y familiares y en el deseo de perpetuarse en el poder.”

 

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@peterkalbers

 

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