¡El hacha carnicera! La conmovedora historia de los niños asesinados en Caracas

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Hacha notitarde
A un ladro de los cuerpecitos hallaron la herramienta homicida. Foto: @CristhopherBB

Notitarde.- Víctimas por partida doble. Así transcurrieron los escasos años de vida de los cuatro niños asesinados en una de las barriadas más altas de Caracas. Una hacha de carnicería les tronchó la vida.

La matanza que conmocionó a la colectividad incluso tiró de la Iglesia y hasta el Arzobispado de Caracas mostró su dolor.  Un tóxico entorno infectó sus sueños y fulminó sus derechos antes de comenzar a crecer.

El asesino de las criaturas se llevó a la tumba el aguijonazo que lo indujo a cometer semejante monstruosidad. Sólo dejó el hacha carnicera con la cual les quitó la vida. Lo que gatilló su sed de sangre nadie lo sabrá.

Las autoridades tampoco recrearon los sórdidos detalles de la mortandad. Prefirieron respetar el honor de las víctimas y evitar una patológica morbosidad en algunos. Las madres de los infantes permanecieron detenidas por unas horas. Ya la Fiscalía se encargará de ellas, dijeron los investigadores.

En el barrio El 70 de la parroquia El Valle cuentan que la tragedia persiguió a los niños desde el día que nacieron. Los engendraron en hogares desestructurados y disfuncionales. La iniquidad fue su brújula de vida. Los valores los encarnó el malandro típico.

El último despertar de los cuatro niños se gestó el pasado jueves cuando sus madres los dejaron solos. La noche del viernes hallaron muertos a tres hermanitos de 10, 9 y 4 años. Una niña de apenas un año también yacía en piso de una improvisada vivienda. Su propietario, José Manuel Morgado Bello, de 48 años huyó tras la masacre. Una manta cubría a los infortunados chicos. 

La hacha homicida

A un lado de los cuerpos estaba el arma de comisión del múltiple crimen: un hacha carnicera. Los detectives dijeron que ninguno sufrió. Un golpe seco con el área chata de la herramienta les arrebató la penosa existencia.

Los vecinos recordaron que antes de localizarlos la angustia se apoderó de ellos.  Al transcurrir un día entero decidieron derribar la puerta del rancho. Luego llamaron a la Policía Nacional.

El día del aniquilamiento colectivo los tres hermanitos estaban solos en sus casas.  Su madre, Carolina Graterol, les dejó cuatro cambures para que almorzaran. Ella fue a llevarle comida a su marido, Julio César Conde Lara, quien se encuentra detenido en el Comando de la Guardia Nacional ubicado en Coche.

Los tribunales lo condenaron a cuatro años de cárcel por robo de celulares. Los chiquillos pocas veces lo vieron en el hogar. El rol de la figura paterna lo ejercían los amigos de su padre y otros delincuentes de la empinada calle. Ellos abrazaban los modelos a seguir. En algunas oportunidades los llevaban a la cárcel para que visitaran a su padre tras las rejas.

De igual forma el día de la carnicería la madre de la niña, Lisbeth Maita, salió de la casa al banco. Intentaba cobrar su asignación mensual, pues la Misión Madres del Barrio le otorgó un beneficio como madre soltera.

Un buen tipo

“Esos niños nunca debieron haber quedado solos”, declaró el director de la policía científica, comisario Douglas Rico. El investigador se abstuvo de divulgar otros pormenores para salvaguardar el decoro de los fallecidos. Admitió conmovido que la descomposición social salpicó todo el entorno de las criaturas. Anunció que funcionarios de la Subdelegación de Ocumare del Tuy ubicaron en un cambuche al asesino. Le dieron muerte en un enfrentamiento.

El abuelo de los hermanitos, Luís Maita, matizó la personalidad del trastornado asesino quien en su hoja de vida mostraba un discreto record policial. Estuvo preso en dos ocasiones por robo y hurto. “Se le veía como un buen tipo, normal. Era respetuoso, colaborador con los vecinos. A los niños les regalaba dulces y helados. Salía a robar y al rato lo veías con bolsas de comida que luego compartía con los vecinos”, acotó.

El sepelio con las cuatro pequeñas urnas blancas partió de la funeraria Chirinos. Su propietario les condonó el pago. Antes de inhumarlos el cortejo fúnebre se desvió e hizo una parada en el Comando de la GNB. Al condenado ladrón de celulares le confirieron el privilegio de ver a sus hijos muertos por última vez.

El compungido delincuente quiso bendecirlos antes de ser enterrados, pero era muy tarde para ellos.

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