Humanos inteligentes

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El poeta, hermano filósofo, productor de cine, docente, ensayista sensible y puntilloso: Carlos Brito, falleció   hace menos de una semana, su ausencia nos conmueve en creces, y repetimos un poema suyo que es un mantra, del libro Vecindades: Basta un ciprés para estar vivo/es tan solo una mancha batiente/en la desconcertante mancha de la noche/ la luna lo hiere por un costado y se resiste/(…)esta noche esa sombra vegetal que diviso/ es la firme y serena certeza/que me asegura que estoy vivo/ y que puedo alcanzar la costa”.

Leemos la avalancha de mensajes diversos y contradictorios, producto de esta locura que significan las redes sociales”, cuyo total desmadejamiento se convierte en el conglomerado más peligroso de los que rodean a cualquier ser humano de nuestra contemporaneidad. Y en el difícil momento del País amado en que vivimos , definen el arma letal.

Cada vez que miramos los canales de Tv extranjeros, que se refieren a Venezuela ahora con el énfasis que nunca pusieron cuando se trataba de hermosas noticias, tenemos el impulso de ir a la ventana y volver a mirar la realidad de la calle, el cielo, los pájaros y árboles, la gente, y…no,no, este que toco y respiro es mi país, no el que describen en la computadora, teléfonos y otros dispositivos.

Llaman amigos del exterior continuamente (a preguntar, prácticamente, si seguimos vivos), y si tenemos una respuesta en calma se tranquilizan y sorprenden.

Pensamos, (como bien relata Asalia en su texto de hoy) que nos cuesta entender cómo pueden existir en algunos la disposición a  entregar el País  como si se tratara de una piñata, un intercambio en la escuela, un cambiarse el bluejeans (porque se orinaron , por ejemplo), y ya, entonces, salir a caminar, descubrir los árboles de siempre, la calle que conocemos, el vigilante de turno en la garita que nos cuenta su cotidianidad, o las  vendedoras de flores frente al cementerio de Naguanagua, que recorta el tallo de las avesdelparaiso para entregar el ramo al cliente, o aún quienes regateamos el ramo de cambures minúsculo al marchante (para subir al menos el potacio), o las señoras que discuten entre ellas (reídas, sin perder el tono) que mejor es irse a buscar el pan a la otra cuadra o hacer rendir las lentejas un poquito más, para que alcance para comprarse el tinte del pelo, y me miran con complicidad y simpatía cómplice, y en fin, recordamos que este es el país que queremos, aún en medio de toda la avalancha, y que tiene que haber una salida cónsona a la hora de resolver los grandes conflictos  que no signifique regalar el País, entregar al lobo el botín de sueños. Porque tenemos un territorio, una historia, unos modos de ser y estar, desde tiempos inmemoriales, y lo amamos.  El diálogo, llegar a acuerdos, es de humana envestidura.

Laura Antillano

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