Huye que te coge la muerte (2302376)

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    Una noche estrellada del mes de junio de 2013, se estaba celebrando una fiesta de cumpleaños en una vivienda ubicada en el barrio Parcelas del Socorro de Valencia, estado Carabobo. La estruendosa pachanga había comenzado a eso de las 7:00 p.m. y apenas el reloj marcaba las 10:00 p.m., por lo que los familiares y amigos ahí reunidos hicieron una  vaca para comprar al menos 20 cajas más de cerveza, dado que se esperaba que la rumba durara hasta por lo menos el mediodía siguiente.

    Uno de los asistentes que estaban  limpios ofreció ir a comprar las birras en su camión Ford 350 de plataforma y con él se fueron otras 6 personas, entre compadres, panas, chulos y familia. Cuando regresaban cargados con el preciado líquido del desenfrenado e impúdico dios Baco, dos sujetos con caras de lobos esteparios que estaban en una esquina oscura y hedionda a orine  engancharon el camión con la siniestra mirada y le siguieron hasta que se detuvo frente a la casa donde realizaban la fiesta unas decenas de metros más adelante.

    Los pachangueros bajaron las cajas de birra y se metieron nuevamente a la casa que vibraba por las ondas sonoras de las poderosas cornetas de los cajones del Dj  Cachaco , quien estaba amenizando aquello con estruendosas notas de  vallenato ventiao .

     Buuuenas noches& soy la muerte

    Toda la sala, cocina, patio trasero y hasta los cuartos estaban atestados de borrachos y juerguistas quienes se sentían a gusto en aquella desproporcionada rumba que hacía que a los demás vecinos casi se les explotaran los tímpanos y no pudieran pegar los ojos. Dado que la contaminación sónica era cosa de casi todos los fines de semana, muchos de los vecinos habían reclamado a la pareja dueña de aquella casa que era intolerable y que los iban a denunciar, pero éstos, de nombre Ariana y Alberto, no le paraban a eso.

    Pero aquella noche siniestra, aquel escándalo brutal no trajo la queja de los vecinos que no podían dormir, sino que atrajo la atención de la mismísima muerte en persona con guadaña y todo. Como contarían luego los lugareños,  por cosas del destino o de quién sabe qué , precisamente cuando cambiaron el vallenato por salsa y estaba sonando la canción  Yo soy la muerte , del Gran Combo, los dos feroces sujetos que habían visto pasar el camión se plantaron como esqueletos frente a la reja de la puerta de entrada a la casa. Dijeron  buenas noches y pidieron con palabras lúgubres que les dejaran entrar  para echarse unas .

    Ante aquellas apariciones, Alberto, el dueño de casa, les dijo que  no jodieran, que él los conocía y no le iban a echar a perder la fiesta, que se fueran a arrocear a otra parte . Los arroceros no insistieron y aparentemente se largaron. Pero en realidad, estaban al acecho con la calma grave y asesina de un submarino U-boat en aguas del Atlántico Norte.

    Alrededor de las 4:00 de la madrugada, creyéndose los dueños y los más malos del barrio, el grupo de hombres de la fiesta decidió abrir las puertas y llevar la rumba también a la calle, los  arroceros salieron de su escondite en las tinieblas y comenzó la matanza.

    Masacre a los acordes del Gran Combo

    Cuando comenzaron los tiros y dijo a correr la sangre, la atroz canción del Gran Combo cobró como más fuerzas. Mientras los dos asesinos le explotaban la cabeza sin piedad al primer fiestero borracho que se consiguieron en su camino, las notas de la música seguían sonando como una tétrica marcha fúnebre:  Yo soy la muerte, yo soy la muerte, la muerte soy, yo soy la muerte (& ) huye que te coge la muerte,

    Arranca, Martín, que te manga la muerte, huye que te coge la muerte&  .

    Los asesinos avanzaron como autómatas sin corazón ni alma. Sus ojos rojos centelleaban como los de  Terminator y caminando con toda calma, siguieron a los fiesteros que aterrorizados, como borregos ante los colmillos de los lobos, se metieron a la casa que se convirtió en su trampa mortal.

    Con las pistolas humeantes, los criminales ingresaron a la vivienda tras sus víctimas y una vez ahí, dispararon contra todo lo que se movía. A Alberto, el dueño de casa, le destrozaron la cara de tres demoledores balazos; a su esposa Ariana, quien intentó correr hacia el patio, la asesinaron por la espalda; y al Dj lo detonaron sin compasión tras la barra de cemento donde estaban los cajones al pillarlo agachado ocultándose de la muerte. Este pobre hombre quedó tirado con un hilo de sangre saliendo por la comisura de los labios y con los audífonos aún puestos.

    Los fiesteros que habían logrado huir al patio se apretujaban, o saltaban la pared de cemento, tratando de escapar de la masacre, pero ya los asesinos estaban sedientos de sangre humana, pero no de cerveza. Pues aunque parezca inverosímil, estas bestias se echaron dos birras  tucún, tucún cada uno y se robaron la cava Coleman full de cervezas. Al parecer la masacre había sido para robarse las birras. Eso decía cuánto valía la vida ajena para esos demonios.

    Como en el infierno de

    Dante Alighieri

    Al salir los asesinos de la casa, varios de los sitiados en el patio se atrevieron y fueron hasta la entrada de la casa y, pasando entre cadáveres, cerraron la reja por si acaso los violentos regresaban. Luego apagaron la estridente música y se vieron encerrados en aquella sala como si estuvieran presos en el segundo círculo del infierno de Dante Alighieri, adonde iban a parar los incontinentes y lujuriosos.

    Los supervivientes vieron todo el horror de la escena del crimen. Las paredes tenían estampadas las manos manchadas de sangre de las víctimas fatales que se  chorreaban desde cierta altura hasta el suelo, como si hubieran querido inútilmente asirse a la vida. Era espantoso ver los pequeños lagos de sangre y los cadáveres de esas personas que apenas hacía unos minutos estaban vivos. Todo era surrealista e inolvidable. Nadie se atrevió a salir de la casa hasta que amaneció.

    El vecino con pijama de Garfield

    Cuando los funcionarios de la Unidad para Casos Especiales de la Policía Científica arribaron a la escena del crimen, se consiguieron con que las declaraciones de los supervivientes coincidían en que un vecino de nombre Primitivo Martínez había ido esa noche a reclamar por la bulla y que al ser despachado groseramente por el dueño de casa (es decir, por Alberto), éste había jurado que se la pagarían.

    Así que ese sujeto que fue a quejarse del escándalo esa madrugada, y que para el momento vestía jeans ajados y la camisa de un pijama con dibujos de Garfield que le daban el aspecto ridículo del que se habían reído los fiesteros, era el principal sospechoso de ser el autor intelectual de la masacre.

    Los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto acordaron que algunos de los integrantes de su equipo fueran a la casa de Primitivo, para hacerle algunas preguntas, mientras ellos procesaban la escena del crimen. Los acuciosos investigadores descubrieron que frente a la casa había una botella rota, la cual había sido explotada contra una pared y cuyo pico había caído intacto entre un matorral agostado por el sol.

    Por más descabellado que parecía, Salinas y Pinto colectaron aquella evidencia con la esperanza de que el ADN de la saliva de uno de los asesinos coincidiera con la de  El Tato y  El Cuco , quienes habían dicho las víctimas supervivientes que eran los autores de la masacre y que ya estaban plenamente identificados. No sería problema detenerlos como los autores materiales (si el ADN de la botella era de uno de ellos y si los supervivientes declaraban en su contra), pero todavía quedaba el asunto del presunto autor intelectual.

    Salinas y Pinto se dieron cuenta en pocos minutos de que para ellos el caso estaba resuelto. Eso de que Primitivo, el vecino furioso que no podía dormir, era el autor intelectual (aunque todo lo señalaba) era improbable. Y era improbable por la razón de que si este Primitivo hubiera contratado a los asesinos  El Tato y  El Cuco , por lógica no habría ido esa misma noche a reclamar, sabiendo lo que estaba por ocurrir y que lo implicarían directamente como sospechoso.

    La especie de que Primitivo pudiera haber contratado a los asesinos esa misma noche luego de ser  mandado a lavarse ese paltó por los fiesteros, tampoco se la comían, porque la manera en que actuaron aquellos seres perversos (Tato y Cuco) no era como para negociaciones. Esa noche estaban tan drogados, que tratar de hacer un negocio con ellos era como tratar de negociar con un tiranosaurio rex hambriento. Apenas pasaron cinco días de investigaciones y se evidenció que Salinas y Pinto tenían la razón: Primitivo no era el autor intelectual del crimen. Solo cometió la idiotez de ir esa noche a reclamarles al poco de borrachos que le bajaran el volumen a la música para él poder dormir. Eso era todo.

    En cuanto a los asesinos  El Tato y  El Cuco , fueron detenidos mientras estaban como caimán en boca  e caño, esperando en una parada de Parcelas del Socorro para subir a atracar a los pasajeros de una camionetica. Ambos confesaron sin remordimientos que  queríamos beber aguardiente y no teníamos plata. Fuimos a pedir a esa fiesta y nos dijeron  arroceros , así que matamos a unos cuantos y nos robamos la cava Coleman con cervezas . El móvil del espantoso crimen fue el robo de cervezas. Caso resuelto.

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