Iguales diferentes, Los Palmares

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Laura Antillano - Notitarde
Laura Antillano / Notitarde

Recibí una llamada telefónica a través de la cual, la profesora Rosalinda Vásquez me invitaba a visitar el Colegio “Los Palmares” de Valencia. Hacía pocos días en una conversación informal me dieron información sobre la existencia de esta escuela, de cultura musulmana, en Valencia.

De inmediato le dije que asistiría y solo pregunté a qué se debía la invitación y cuál sería la dinámica programada para ese encuentro. La profesora  habló con entusiasmo de sus alumnas de bachillerato conectadas con la escritura creativa, y de su deseo para que les contara como había sido mi proceso para ser escritora. Me dio algunas indicaciones de orden cultural con relación a las diferencias que yo podría percibir en esa visita y fijamos fecha y hora. Posteriormente me hizo llegar por las redes información relativa al evento: La Gala, que la escuela realizaría ese día, lo que comprendía una exposición de jóvenes emprendedoras, una exposición de dibujos y pintura, una demostración relatada del trabajo creativo en área de escritura y con ello un encuentro de mi parte para las estudiantes de diferentes cursos y edades, que incluiría al personal docente y a las representantes.

Todo se realizó como ella y el personal lo previó y yo viví un día particularmente interesante en “Los Palmares”, donde fui de una sorpresa a otra, como quien descubre un lugar diferente a lo acostumbrado, lo que incluye a la gente, sus hábitos y costumbres, modos de comunicarse y relaciones de conocimiento y percepción del mundo que les rodea. Cuando decimos “diferente” también debemos señalar la noción de iguales, porque, para mi propia extrañeza, muchas de las sensaciones que allí tuve me acercaron  amablemente a comprender grandes cercanías con lo que descubría.

La escuela tiene una población de niñas y niños, y  jóvenes adolescentes de ambos sexos también, quienes conviven separadamente. Su vestimenta, el uso de la lengua árabe en paralelo al castellano, el establecimiento de espacios horarios religiosos y otros detalles señala la insistencia en la permanencia de sus costumbres, en  una relación de transmisión generacional absolutamente normal en cualquier cultura. Para mí todo era nuevo, valga decirlo, pero no lo eran los rostros que me miraban con curiosidad, con risitas disimuladas, la simpatía con la que se acercaban a hacerme preguntas o decirme sus nombres y saludar curiosas, o el verlas correr, abrazar, dejar sus zapatos fuera del templo para la hora del rezo, saludarse  intercambiando frases en ambas lenguas, y cumplir en general con las formalidades propias de ese momento en que se inició la mañana en el patio general de la escuela y se recordó que hoy es el Día Mundial del Ambiente y es conveniente recordar el daño que hace el plástico  a  la vida de los océanos y de la Tierra en general.

La directora, Yasmina, nos es presentada al comenzar nuestro día y nos acompañó con información específica durante la visita, adivinando aquello que nos puede resultar diferente a nuestros hábitos y conocimiento natural y enseñándonos detalles de la cultura musulmana que nos pueden ser desconocidos.

La profe Rosalinda llevaba la voz cantante cuando, presentó a varias de sus alumnas del bachillerato, quienes incursionan en la escritura creativa utilizando las redes sociales, dentro del espacio de sus afinidades juveniles con éxito; luego dio apertura a que yo hablara de cómo me hice escritora, y con ello pasamos a un programa de actividades donde tuve la oportunidad de escuchar a las muchachas expresándose acerca de sus lecturas preferidas, o de sus actos de escritura en pareja o grupo, donde han sido capaces de escribir una historia en equipo y darlo a conocer en redes, logrando lectores y enumerando visitas. Al expresar lo que hacen muestran sus sentimientos y reflexiones y en ese contexto. Una de ellas pidió permiso para cantar a capela y dejarnos escuchar su voz maravillosa, cuyas palabras yo no podía entender pero arrancaron lágrimas en sus compañeras y la melodía nos comunicó una profunda hermosa melancolía.

Vi el trabajo, de aquellas interesadas por el dibujo y la pintura, también conocí las tendencias de las “emprendedoras” que me enseñaron , por ejemplo, a preparar un jugo de vegetales verdes para la salud, y probar deliciosos postres ; descubrí secretos de maquillaje para colocar el protector solar y disimular detalles de la piel y la conformación del rostro con otros elementos; mostraron jabones de tocador de fabricación casera, y muchas cosas más, entre risas, comentarios afectuosos y gestos cómplices. Muchas de sus madres estaban allí, sonreían, las escuchaban con orgullo( fui feliz de que varias de ellas se acercaran a expresarme su beneplácito porque había ido a reunirme con ellas).

Las visitas a los salones de las pequeñas fueron igualmente conmovedoras. Las maestras (Yosleidys, Susana, entre ellas), rodeaban a las niñas y disfrutaban sus risas y comentarios cuando  leían lo que ellas llaman: Un libro viajero, un cuento que van escribiendo linealmente, cuando cada quien se lleva a casa el manuscrito y agrega una parte a una historia escrita de ese modo en colectivo. Sus risas, su espontaneidad, sus gestos de cuidado hacia las compañeras, decían mucho de la noción de compañerismo que predican. Y confieso que me sorprendió la corrección con que leen la mayoría. El tiempo se fue rápido y no alcanzó para visitar a los varones, otra vez será.

Al salir de Los Palmares me quedó una muy cálida sensación de la efectividad del trabajo de maestras que deben pensar en el hecho de que dan a sus alumnas herramientas que contribuyen a convertirlas en seres independientes con capacidad para descubrir sus afinidades y construir sus sueños de adultas, que es lo que debe hacer la educación en un siglo como el que vivimos.

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