Indigencia y camaradería en las calles de Valencia

Want create site? Find Free WordPress Themes and plugins.

Valencia, 16 mayo 2015.- Noche a noche, mientras la ciudad entera duerme, hombres y mujeres con unos cuántos harapos encima esperan al borde de la vía pública o hurgan en la basura por un pedazo de pan con el que saciar su apetito, una hambruna de vieja data, que en ocasiones solo es amortiguada con unas cuantas migas extraídas de los desechos.

En Valencia, estado Carabobo se pueden contabilizar más de 50 de esos seres anónimos, con apodos, códigos de conductas y comportamientos diferentes, que duermen en la intemperie.

Como si de una película o chiste de mal gusto se tratara, a medida que avanza el reloj, estas personas que de día siguen el ritmo de la ciudad, se van apartando, diferenciándose de la masa, del conglomerado, del bullicio del comercio y de las miradas recriminatorias de quienes tienen mayor poder adquisitivo.

Van saliendo de sus escondites o simplemente llegan al lugar que por años ha sido su dormitorio, algún pedazo de gomaespuma, un cartón roído o simplemente unas sábanas casi transparentes con las que intentan aislarse del piso y arroparse al mismo tiempo, forma parte de su lencería.

Indigentes

Duermen a los alrededores de los locales de Las Ferias y la Avenida Bolívar

Desde la Avenida de Las Ferias al sur de la ciudad,  se pueden observar, al borde de la santamaría del algún local o en la recepción de un Centro de Diagnóstico Integral. La mayoría son hombres, sin embargo se cuentan algunas mujeres, en estado de gravidez casi siempre.

Mientras más se avance, más cabezas erguidas. Algunos no tienen ánimos de levantarse, simplemente piden que coloques la comida lateral al cartón, para que al moverse no se voltee el vaso de jugo. Tal es el caso del  señor que duerme sobre un colchón viejo desde hace muchos años frente al Hospital Central de Valencia, en compañía de un par de gatos, al que el desprotegido le da el privilegio de saborear primero su jugo.

Anteriormente, en el Palacio de Justicia dormían dos o tres personas, sin embargo, se fueron de allí porque el lugar contaba con mayor iluminación de la deseada y no se sentían cómodos. Otras tantas conforman un grupo bastante amplío que duerme frente al Periférico La Candelaria. Allí está el señor José, es ciego y aparentemente sordo, él siente llegar a la gente y es preciso entregarle la comida en la mano y darle el cubierto de una vez para que se disponga a comer.

Avanzando más hacia la Avenida Bolívar Norte, justo frente a la Boutique del Sonido, duermen alrededor de 15 personas. Resulta intimidante verlos ponerse de pie al mismo tiempo. Restregándose los ojos, subiéndose los pantalones o bajándose la camisa mientras trastabillan hasta tener la comida en mano.

Hay quienes duermen solos, es decir, mantienen su individualidad, otros en cambio pasan la noche en pareja o comparten al menos el mismo pedazo de tela que se echan encima para protegerse del frío.

También se cuentan mujeres entre los que deambulan por las calles

Tres mujeres conforman esta amplia camaradería. María es una de ella, siempre está embarazada, los hombres se la disputan y tiene cicatrices que duelen a la vista. Recientemente una de sus amigas tenía una herida en el labio superior que ameritó de casi 15 puntos de sutura.

Los hombres no son nada tímidos, se acercan a la camioneta que les provee de comida domingo a domingo, por parte de un ministerio católico que desde hace casi una década lleva adelante el apostolado hacia los más necesitados. “Rostro de Dios” es el nombre que le han dado al servicio.

Un plato de comida caliente, un vaso de jugo, una botellita de agua, en ocasiones alguna fruta y una invariable sonrisa reciben los llamados indigentes. Un nombre, una historia, unos sentimientos, un anhelo y también una adicción hacen de ellos un grupo execrado de la sociedad, donde las personas dentro del vehículo aceleran en el semáforo mientras éstos se acercan, o se bajan de la camionetica cuando ellos se suben.

Sin embargo, en el aterrador silencio de la noche, mientras el frío le lame los dedos, ellos se sienten desprotegidos, la soledad de la ciudad pareciera dejarlos indefensos, o vulnerables, sería la palabra correcta, porque igual duermen con un cuchillo debajo del pedazo de caja o anime, por si acaso.

Alex es uno de ellos, minusválido, moreno y desconfiado duerme en la Avenida Lara, se arropa hasta la cabeza y hace de su cuerpo un saco. A él hay que tomarlo por los brazos y sentarlo, la santamaría suena y se estremece al contacto con su espalda. No le gusta comer delante de los demás, espera que los servidores se vayan para abrir la vianda. Su conducta es similar al hombre alto, bien parecido y educado que duerme frente a la Torre 4 en La Cedeño. Hay que irle hablando a medida que se procura el acercamiento, porque de pie debe rondar los dos metros de altura, viste ropa oscura y no se afeita la barba. De día se recuesta en cualquier matero y quienes le oyen hablar solo dicen que se expresa  en términos matemáticos. Su acento es como de español, argentino dicen otros. Siempre manda a hacer algún depósito bancario y a tener cuidado con el tren al cruzar la calle, hace referencia a guerras y municiones.

También los domingos se les da de comer a una pareja que duerme en la estación de servicio La Michelena, tienen su cama al lado del surtidor de gasolina. Cuando la noche está calurosa se acuestan en ropa interior, siempre se muestran muy amorosos. En una ocasión la mujer hizo referencia a sus hijas.

Tres hombres comparten también la estación de servicio La Concha, hacia La Candelaria. Son muy solidarios, cuando uno de ellos está buscando agua para beber de algún aire acondicionado de la zona, los otros les guardan la comida. En toda la entrada principal duerme un señor mayor con un tumor inmenso en el abdomen, le cuesta levantarse y siempre dice tener fiebre. Permanece recostado sobre un cartón y ha hecho de los libros sus compañeros inseparables.

Bajo el elevado Los Colorados duerme otra persona, siempre está solo. Organiza el espacio con todas sus pertenencias. Una colchoneta, un par de chancletas, un pantalón y unos envases para el agua. Por la acera de enfrente pasa una mujer, debe sobrepasar los 60 años de edad, es delgada, bajita y normalmente carga consigo varios sacos, parecen llenos de ropa. Sonríe de gratitud y especifica dónde encontrar al resto de sus amigos de la calle.

Una agrupación católica reparte más de 50 comidas los domingos en la noche

Todos, las más de 50 personas tienen como común denominador la misma historia. Situaciones familiares muy difíciles, han comenzado a vivir en la calle desde muy pequeños y una vez pisada  ésta y probado los vicios es complicado volver atrás. Cuentan que han estado en casas de rehabilitación, pero como nos los dejan fumar deciden volver a su antigua vida. Allí están a la buena de Dios. A veces la gente, de tanto verlos le toma algo de cariño, les dan una arepa, un pedazo de pan, un huevo o lo que tengan a la mano. Otros no se encariñan con ellos, al contrario, de tanto verlos se molestan, le echan tobos de agua fría y hasta veneno en la comida, por eso son tan reacios cuando alguien les ofrece de comer.

Menores de edad también los hubo. La historia era más triste aun, niñas que dormían en La Cebollera con montón de hombres alrededor, bajo una tienda improvisada con trapos, no iban a la escuela y de día vendían chucherías o colitas para el cabello según les ordenaba su abuela. Más de una vez algunos muchachos despreciaron la comida porque estaban en una oscurana con un pedazo de papel de aluminio, un pitillo y sustancia blanca entre las manos. Luego no les veías el rostro en la oscuridad, sólo una luz amarilla que de cuando en cuando se tornaba roja. 

Se sienten inferiores al resto de las personas, por sus pocas oportunidades en la vida, dicen. Saben leer, escribir, son buenos para los negocios, astutos al hablar, hay compañerismo entre ellos, aunque más de una vez se han separado en bandos porque algunos tienen características que hacen difícil la convivencia.

Hace tiempo atrás, Stiven embarazó a una muchacha, también de la calle. No se conformó con buscar entre la basura sino que pidió trabajo, dejó de  gastar dinero en sustancias ilícitas, en la noche llevaba a su pareja a un cuarto de un motel para que durmiera cómoda ella y la bebé que llevaba dentro. Pasado el tiempo de gestación la niña nació, un familiar le dio cobijo hasta que hicieron de sus vidas una historia admirable.

Hay indigentes conocidos, son populares, se dan a querer, otros van y vienen, como estrategia para desentenderse de los problemas ocasionados por deudas de drogas. Unos son odiados, otros amados. Pero de igual manera se les reparte comida.

Es todo un submundo, una extrañeza, un riesgo que vale la pena correr en beneficio de otros, que no te agradecen con palabras, lo hacen con gestos, cuando se devoran la comida, cuando expresan tener días sin probar bocado, cuando bendicen las obras de tus manos, cuando te desean larga vida.

Did you find apk for android? You can find new Free Android Games and apps.
Compartir