Insolente

Want create site? Find Free WordPress Themes and plugins.

Hace más de un siglo, cuando Cipriano Castro con sus charreteras de general y dictador  campuruzo pero nacionalista lanzó aquel comunicado históricamente inolvidable de “la planta insolente del extranjero”, el país campesino que era entonces Venezuela, guardó silencio entre atemorizado y estupefacto. Eramos -y todavía somos- un pueblo que no buscaba broncas con nadie, pero con una herencia de heroísmo no solamente admirable sino difícil de superar. La invasión era, como es lógico pensarlo, por dinero, por avaricia, por deseos de apoderarse de los recursos que había en esta tierra de indios, mulatos y seres a quienes los caricaturistas europeos y de otros mundos nuevos calificaban de monos y solían dibujar con ropa andrajosa, franelas rotas, garrotes, peinillas y una botella de licor.  No había entonces sociedades empresariales de prensa, pero ya el ciudadano Kane, en un ilustre imperio  vecino de armas tomar, se había instituido (esa es la palabra) en zar del periodismo y Mc Luhan, seguramente, entre pañales, aprendía a manejar los complicados instrumentos y teorías de la comunicación dizque “social” como arma de casi invencible poder…  Lo cierto es que hasta allí llegó la reyerta. A Castro, simplemente, le armaron una trampa en la que al final cayó sin darse cuenta y  el mando lo agarró un compadre suyo capador de gatos que se mantuvo como dictador por 27 años, con ayuda de algún extraño don y del propio diablo, aunque no “jedía” a azufre sino a petróleo. 

Hoy, el panorama es otro, pero la hedentina es igual.  El rostro amenazante no es sajón, ni siquiera europeo, sino de africanía (con perdón de nuestros hermanos africanos) suavizada con productos industriales de marcas de esas que usan las “misses” y los artistas de Hollywood.  Y no hay, en apariencia, amenaza sino la costumbre ya fiel de mandar unos cuantos marines (es decir, carne de cañón, porque son muchachos mestizos entre africanos y latinoamericanos) para cumplir con el rito. Y luego,  “vine, ví… y está muerto”, como dijo una precandidata a presidenta. 

Alea iacta est, como sentenció Julio César. Aquí, como  replicó el hoy difunto Chávez, hay ovarios y guindillas… y hay una historia heróica sublime. Ojalá a ese extraño mundo que nos amenaza le quede algo aunque sea un poquito de dignidad y de vergüenza, si es que su líder tiene algo de ello…

Mientras tanto, y siempre, Que Dios y la Virgen bendigan y protejan la paz de Venezuela, aunque haya curas  entre quienes no quieran que así sea.

Did you find apk for android? You can find new Free Android Games and apps.
Compartir