#InvestigaciónPolicial: El caso del secuestrador sanguinario

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    La “plomamentazón era salvaje”. Las balas repicaban en el asfalto de la serpenteante y angosta carreterita, levantando surtidores del betún mezclado con gravilla, que laceraban como metralla ardiente a los funcionarios que se escondían tras uno de los vehículos todoterreno aparcados frente a aquella casa abandonada donde se escondía la parranda de criminales y donde presuntamente tenían dos víctimas de secuestro.

    Ante aquella lluvia de plomo con la que fueron recibidos, los agentes para casos especiales del Cicpc, Carlos Salinas y Mario Pinto, quienes habían llegado a ese sitio de la región desolada de colinas ondulantes al extremo sur de Valencia, debieron tomar decisiones inmediatas.

    La unidad de Comandos Especiales BAE, de la que también formaban parte, recibió la orden del comisario al mando para que respondiera al fuego graneado, pero de manera limitada, para impedir que alguna de las víctimas de secuestro que creía estaban dentro pudiera salir herida.

    El sol del mediodía, que seguramente era capaz de freír un huevo sobre el capó de un carro, hacía más insufrible aquella situación tan peligrosa. En el fragor del combate, la cosa se puso peor. Cerca de donde se encontraban Carlos y Mario, cayó una granada de mano arrojada por los delincuentes.

    Los agentes pelaron los ojos como platos y, como un rayo, reaccionaron agarrando el artefacto y devolviéndoselo a su dueño. La explosión fue seca. Hizo salir volando por la ventana al antisocial que lo había arrojado.

    Cuando estaban preparados para cumplir la orden de avanzar, ¡cayó otra granada! Este artefacto diabólico tenía un mango largo, rematado en un cilindro metálico. -¿Dónde carajos estamos? ¿En Normandía?-, gritó Carlos antes de arriesgarse y devolver de nuevo la granada. Pero esta vez no hubo explosión.

    A punta ‘e plomo, los criminales mantuvieron a raya a los comandos por espacio de unos 20 minutos interminables, pero al término de ese lapso, la unidad táctica avanzó decididamente, protegiéndose los unos a los otros, y en pocos minutos lograron poner en fuga al grupo de 7 criminales, que huyó por la parte trasera de la casa en otro todoterreno y por una carretera lateral. Detrás, habían dejado a su muerto lanzador de granadas.

    Desgraciadamente, antes de marcharse, el líder de los secuestradores ajustició a una de sus víctimas secuestradas, ante su esposa Ana, quien tuvo que presenciar aquella barbarie. La superviviente Ana relató todo el horror de lo vivido y detalló cómo el psicópata jefe de los delincuentes mató a su marido “para hacerla sufrir” y cómo se jactaba de que nunca sería atrapado.

    Termina el rescate y empieza la investigación

    Ante aquella escena tan dramática, varios de los rudos integrantes del grupo comando de la policía científica tambalearon y afloraron su compasión y humanidad más íntimas. Sabían que no todo había acabado ahí. A ese diabólico criminal y a sus secuaces había que detenerlos.

    Carlos Salinas y Mario Pinto estudiaron todos los elementos. Lo primero fue identificar al criminal muerto que le gustaba lanzar granadas. Era apodado “El Coqui”, de 28 años de edad, quien tenía un pliego romano de antecedentes por delitos de robo a mano armada, homicidio, droga, piratería de carretera, hurto, robo de vehículos y otros delitos.

    Triangulando “las joyas de amigos” ligados a este sujeto con apodo de peluquero de la avenida Lara, se pudo hacer un mapa de sus actividades y se redujo el número a unos 15 sospechosos que pudieron haber participado con él en el brutal secuestro y asesinato.

    Ana no pudo dar detalles de los rostros de los tipos, porque en los dos días en que los mantuvieron cautivos a ella y a su marido, nunca se despojaron de los pasamontañas. Aunque en una de las dos terribles noches que pasaron en aquel indigno agujero, escuchó algunas conversaciones de los tipos y una palabra recurrente que era “El Verdugo”.

    A ninguno de los panas de “El Coqui” le decían “El Verdugo”, así que los investigadores solo tenían un grupo de sospechosos potenciales, pero en ese grupo aparentemente ninguno era el líder. Había que investigarlos, pero era preciso no asustarlos o seguramente nunca agarrarían al cabecilla.

    Granadas de mano y de museo

    Los investigadores se concentraron entonces en determinar de dónde diablos habían salido las granadas que les habían arrojado. Los expertos del Servicio de Inteligencia determinaron que una (la que explotó) era una granada norteamericana tipo piñita MK2 de la Segunda Guerra Mundial; y la que no detonó era una Stielhandgranate modelo 24 de las usadas en la Primera y Segunda Guerras Mundiales por las tropas alemanas.

    Rastreando el origen de estas piezas de museo que todavía se estaban usando para matar gente, los investigadores descubrieron que un paramilitar colombiano, alias “El Verdugo”, las vendía por Internet como piezas inofensivas de colección, pero que en realidad eran muy funcionales. Hasta se determinó que con el lote comprado por alguien en Venezuela, llegó el mismísimo vendedor, de quien se supo que era el mismo “Verdugo”, quien cruzó la frontera con su mercancía huyendo de sus antiguos camaradas después de haberlos traicionado.

    Conociendo todo esto, fue sencillo que los perspicaces investigadores del Cicpc ataran cabos y estuvieran listos para caer sobre “El Verdugo” y sus secuaces, a quienes habían ubicado en un campamento en el monte, ubicado entre los cerros del municipio Bejuma del estado Carabobo.

    Esa operación denominada “Retribución”, donde participarían Salinas y Pinto y un despliegue de helicópteros y otros vehículos que avanzaban en la noche, fue algo realmente “explosivo”, pero se logró detener a la mayoría de los criminales, incluso al despiadado “Verdugo”, quien con su arrogancia diabólica había asesinado a sangre fría a la víctima de secuestro al sur de Valencia. Pero, aparte de esa infinita maldad de este malvado ejecutor, los investigadores habían sabido ya que la mente criminal maestra del caso ocurrido al sur de Valencia… había sido otra.

    La terrible revelación

    La misma noche en que las fuerzas especiales se cayeron a plomo con “El Verdugo” y sus cómplices en la apartada montaña, a pocos kilómetros de la ciudad de Bejuma, otra comisión fue en busca de la culpable de todo.

    Resultó que la autora intelectual del secuestro y del asesinato no era otra que Ana, la dama superviviente. Esta mujer codiciosa era quien había contratado a “El Verdugo”, la que le había comprado las granadas antiguas y la que había pagado miles de bolívares para fingir un secuestro donde el asesinado sería su marido.

    Ella saldría ilesa y sería la dueña del imperio comercial del difunto, a quien no le ligaba más que un papel firmado de matrimonio, pues ni siquiera tenían hijos. La cifra aproximada por la que esta pérfida mujer lo planeó todo ascendía a casi 900 millones de dólares.

    ¿Cómo la descubrieron?

    La manera en que los investigadores Carlos Salinas y Mario Pinto determinaron que esta mujer era la culpable fue investigando sus antecedentes. Solo una brillante graduada en Ingeniería Genética (cursó estudios en la Universidad Estatal de NY) pudo haber mantenido tan limpia la escena del crimen y controlado a los bárbaros secuestradores para que cumplieran con todas las normas que impidieran que los descubrieran.

    Eso fue lo que llamó poderosamente la atención de los investigadores. En el sitio donde habían mantenido a los secuestrados, no consiguieron vasos, ni platos, ni cabellos, ni botellitas de agua mineral, ni restos de empanadas ni de otros alimentos. Aquello parecía un laboratorio estéril de la NASA.

    Como dedujeron que no podía ser que un grupo de desarrapados secuestradores fueran tan impecables al punto de cuidarse de no dejar rastros que sirvieran para las pruebas de identificación de ADN, se concentraron en la mujer sobreviviente. A ella también debieron haberla liquidado los plagiarios, pero no. Y aparte, sus estudios en genética arrojaban el único perfil de quien podría haber impedido dejar alguna muestra comprometedora. Otra cosa que llamó la atención era que ella, estando en una habitación aislada con su marido, hubiera podido escuchar la palabra “El Verdugo”, lo que hizo evidente que lo que pretendía era que las autoridades liquidaran a aquel sujeto que se le había hecho incómodo. Todo tenía los elementos para salirle bien a ella, pero no contó con que las brillantes mentes de los investigadores del Cicpc no dejarían pasar nada por la coladera.

    Caso resuelto.

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