#InvestigaciónPolicial: El caso del secuestro y la corona de espinas

    Want create site? Find Free WordPress Themes and plugins.

    El Jueves Santo de 2013, luego de asistir a la misa crismal, el devoto católico Marcos Reyes hizo su última cena en su casa de Prebo, norte de Valencia, en compañía de su familia. Como a las 8:00 p.m. se retiró a su habitación diciéndoles a su esposa, hija e hijo adolescentes que se iría a la cama temprano, pues al día siguiente (pese a que estaban en Semana Santa) iba a abrir el minimercado que tenían en El Trigal, pues las ventas “estarían muy buenas”.

    No pasaron ni 5 minutos cuando Reyes salió de la habitación acomodándose una camisa blanca impecable de finas rayas azules. Pasando por la sala donde sus hijos y su esposa veían televisión, dijo despreocupadamente que ya regresaba, pero… no regresó.

    Intentaron comunicarse con él a su celular, pero fue en vano. Al día siguiente, Viernes Santo, acudieron al negocio. Desde fuera, todo aparentaba estar en calma, pero cuando la señora de Reyes abrió con su llave, el mundo se abrió bajo sus pies.

    Instrumentos con nombres de agentes

    La mercancía en los estantes estaba revuelta en un caos aterrador que no presagiaba nada bueno. La caja registradora estaba vacía y la caja fuerte también. Pero lo más espeluznante de todo era el rastro de sangre en el suelo de granito del establecimiento y las manos impregnadas del líquido carmesí, estampadas claramente en el mostrador y paredes.

    Angustiados hasta lo indecible, la familia Reyes acudió al Cicpc buscando el instrumento de ayuda que le habían solicitado ya al cielo. Entonces los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto fueron asignados al caso.

    Al llegar al local comercial, trabajaron con meticulosidad y ahínco. Pasaron casi toda la mañana del Viernes Santo colectando indicios y evidencias de interés criminalístico. Aunque debían esperar los resultados del laboratorio, estaban casi seguros de que la sangre hallada era del señor Reyes.

    También consiguieron rastros de arena y barro fresco, seguramente llevado hasta ahí por los zapatos de la víctima y sus verdugos. En el suelo, también había algo que a ojos inexpertos no llamaría para nada la atención: eran rastros vegetales; unas hojitas y algunas espinas como de 4 mm, muy puntiagudas, de color pardo. También hallaron un trozo de camisa blanca con rayas azules, impregnado de algún tipo de hidrocarburo.

    Como no consiguieron el celular de la víctima, se solicitó a la fiscal superior les diera una orden para pedir a la compañía de teléfonos que les suministrara el registro de llamadas al número de Reyes. Rezongando, la fiscal les dijo: “estoy en la playa. Los odio”, pero de inmediato gestionó la solicitud y en menos de 24 horas ya los agentes tenían en su poder el registro. Se supo que el teléfono del que habían hecho la llamada era propiedad de un habitante de una de las quintas cercanas al mercado del señor Reyes y que la llamada era de un supuesto amigo que le alertaba sobre que había “unos tipos raros” rondando el establecimiento.

    El dueño del teléfono fue ubicado el viernes en la tarde. Dijo todo lo que sabía y tenía coartada. Sus familiares estaban con él en el momento en que llamó al señor Reyes (a quien conocía desde hacía 20 años) para advertirle sobre la irregularidad cerca de su negocio. También había llamado a la policía. Luego se fueron a dormir y ya no supieron nada más. Su implicación en el hecho fue descartada.

    El Sábado Santo, los agentes tenían también los análisis de los objetos encontrados en la escena del presunto crimen. Resultó que las espinas encontradas eran de una planta de nombre científico Sisymbriifolium, también conocida como “revientacaballos” o espina colorada. Una especie botánica herbácea familia de las Solanaceae, cuyas especies más conocidas son la papa, el tomate y la berenjena.

    Con esa “ensalada” en sus cabezas, los agentes fueron informados por el laboratorio de que la planta en cuestión podría provenir de orillas del río Cabriales al sur de la ciudad. Cosa que parecía confirmar la composición química de la arena y el barro conseguido en el piso del mercado del señor Reyes. Se hizo la comparación de la sangre hallada con los registros sanguíneos de la víctima y se confirmó que era de él.

    Se descubrió además que el trozo de tela blanca era de una camisa de marca y que estaba impregnada de aceite quemado de motor y de gasolina. Ahora, los agentes debían buscar una especie de taller mecánico al sur de Valencia. Solo había un problema… ¡que había decenas en esa zona!

    La solución al dilema la dio el mismo registro telefónico. Parece que cuando los secuestradores se llevaron a Reyes, no le quitaron el teléfono y el aparato siguió encendido en su bolsillo por aproximadamente 50 minutos. La compañía telefónica proporcionó la ubicación aproximada de dónde se perdió la señal del GPS. Eso era en el sector La Mirandina, vía El Paíto.

    Le “plancharon las nalgas al secuestrador”

    El equipo encubierto entró en acción. Apoyados por unidades que pasaban inadvertidas, trancaron todos los accesos a la comunidad La Mirandina. Vestidos como andrajosos recogelatas (pero protegidos con kevlar debajo de los harapos y con diminutos comunicadores de espías), los agentes Mario Pinto y Carlos Salinas recorrieron esas calles, logrando marcar al menos 5 ranchos donde se trabajaba la mecánica. Uno de ellos fue el que más les llamó la atención, porque las latas del portón estaban completamente cerradas y del interior salió un sujeto que miraba a todas partes con mucha cautela.

    El agente Mario se asomó por los huecos de las latas y lo que vio lo dejó petrificado. ¡Atado a un listón de madera, en medio de motores, aceites y autopartes de carros picados, estaba el señor Reyes amordazado, con el cuerpo ensangrentado y con una corona de espinas lacerando su cuero cabelludo! ¡Era una visión muy perturbadora y hasta sacrílega!

    Mario apretó su oído y se comunicó con su compañero Carlos. Ambos, esgrimiendo sus armas, ingresaron al sitio y se quedaron estupefactos ante la bizarra escena. Pensaban que el señor Reyes estaba muerto, pero un leve movimiento de su abdomen les hizo ver que aún respiraba. De inmediato lo bajaron del sitio de tortura, colocándolo en un cartón sobre el suelo. Si pedían apoyo para el traslado de la víctima, los criminales se espantarían, pero no había de otra. La prioridad era salvar la vida de la víctima.

    Sin embargo, antes de que llegara el apoyo, uno de los delincuentes entró al lugar armado con un filoso machete. “¿Qué están haciendo, ratas?”. Los agentes montaron en cólera. Aquello era demasiado cruel y lo entendieron en un instante. El criminal había ido a buscar un machete para descuartizar a su víctima para no usar las ruidosas balas que habrían despertado la curiosidad de los vecinos.

    Aun creyendo que los agentes eran vagos que se metieron donde nadie los había llamado, el envalentonado criminal lanzó un machetazo que causó un escalofriante zumbido al cortar el aire. En vez de usar su poderosa Glock de reglamento, Carlos Salinas, utilizando técnicas de artes marciales, desarmó ágilmente al criminal y le clavó un demoledor golpe que le partió la nariz en seco. Con la misma, lo abofeteó, lo volteó y le clavó una demoledora patada en el trasero, enviándolo de cabeza con un gemido contra las latas de zinc.

    Con el mismo machete, Carlos no se aguantó, y cuando el individuo iba a incorporarse, le planchó las nalgas con tal potencia que el tipo lloró mientras se orinaba copiosamente. Luego llegaron la ambulancia y el apoyo de los otros agentes. La víctima estaba al borde de la muerte y era probable que no se salvara.

    Mientras tanto, hecho una Magdalena, el criminal apodado “El Tripa” cantó que él era un ex empleado del señor Reyes, y que le hizo todo aquello por haberlo botado cuando robó dinero de la caja. Entonces planeó la venganza. El plan era llevarse todo del supermercado, pero esa noche en que ellos estaban rondando, llegó el señor Reyes. Lo sometieron y se lo llevaron al rancho, donde lo arrojaron al suelo, lo golpearon y burlándose de su fe y de su Dios, lo sometieron al suplicio. Como un romano de hacía 2 mil años, “El Tripa” agarró un zarzal de espinas de orillas del contaminado río y se lo clavó a Reyes en la cabeza para burlarse de él y de su Mesías.

    Luego decidieron volver con el martirizado señor Reyes al establecimiento para que les abriera la puerta y así robaron lo que pudieron. Posteriormente se lo llevaron de nuevo para seguir torturándolo. Y justo cuando el otro criminal había salido a vender parte de lo robado y el demoníaco “Tripa” iba a descuartizar a Reyes, lo salvaron los agentes del Cicpc.

    El milagro se produjo el mismo Domingo de Resurrección. Los médicos habían dicho que el señor Reyes no viviría, pero ese día en la tarde, su recuperación fue tan espontánea como inexplicable. Reyes solo diría que Jesús lo devolvió a la vida para vencer al maligno que utilizó a “El Tripa” y a su compinche, quienes fueron a parar a su infierno personal en el Penal de Tocuyito. Caso resuelto.

    Did you find apk for android? You can find new Free Android Games and apps.
    Compartir