#InvestigaciónPolicial: El escalofriante caso del árbitro y la tarjeta roja pintada con sangre

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    Días antes del inicio del Mundial de Fútbol 2014 en Brasil, el cadáver de un hombre fue localizado en un apartamento de mala muerte en los suburbios de Sao Paulo. Con la ciudad que rezumaba fiesta y manifestaciones callejeras (todo relacionado con la Copa del Mundo), y con todos los inconvenientes que habían tenido con la organización para el importante evento que reportaría miles de millones de dólares al país, la Policía carioca decidió que no sumarían otro problema; así que no darían a conocer el caso, aun más cuando el muerto era un árbitro de los que iban a participar como suplentes en la contienda futbolística más importante del planeta.

    La policía decidió que no era necesaria más mala publicidad; pero había un problema… si la prensa se enteraba, iba a hacer un escándalo del asunto y sobre el tema de la seguridad con motivo del Mundial, se había invertido mucho, pero mucho dinero. Así que se decidió “escurrir el bulto” y como la víctima tenía doble nacionalidad (brasileña y venezolana), pasar el caso vía Interpol a Caracas.

    Los cariocas clasificaron el caso como secreto y a quien preguntara, le dirían que eso era un asunto de la embajada venezolana porque la víctima era de esa ciudadanía. También pensaron que el caso iba a durar mucho para ser resuelto (por lo menos hasta meses después de culminado el Mundial) y que los investigadores venezolanos quizás ni se interesarían en su resolución.

    En esta parte del asunto los brasileños se equivocaron, pues al conocer del asunto y obtener autoridad del Gobierno carioca, los agentes para casos especiales del Cicpc que fueron asignados por Caracas al caso decidieron que era de máxima prioridad y pidieron a la embajada de Brasil que les permitieran viajar a Sao Paulo. Aunque no gustó mucho esta reacción inesperada, los brasileños no tuvieron de otra que permitir a los venezolanos hacerse cargo; al fin y al cabo, ellos les habían “chutado” el caso.

    Bajo total secreto, los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto llegaron a Sao Paulo una semana antes del comienzo del Mundial en un vuelo de Varig. Entre los incentivos que tenían, no solo estaba saber quién había matado a aquel árbitro, sino que la jefatura de la Policía brasileña había prometido que si resolvían eso antes de la fecha de la inauguración, les concederían entradas preferenciales para varios partidos. Lógicamente no pensaron que tuvieran que cumplir esa promesa, pues por lo bajo, sonreían, sabiendo casi imposible que los agentes venezolanos solucionaran eso tan rápido.

    La misma mañana en que llegaron, los agentes fueron escoltados por sus camaradas brasileños a la sede central de la Policía de Sao Paulo. Ahí los pusieron al tanto del expediente. No les dieron muchas facilidades. No les proporcionaron más que los informes digitales y escritos, pues no podían asignarles ni un patólogo forense, ni un antropólogo forense, ni un psiquiatra y mucho menos otros agentes de campo que los ayudaran. Solo les dieron un guía y dos armas de fuego, las cuales no debían usar a menos que fuera demostrable que había sido estrictamente necesario.

    Al llegar al apartamento donde había ocurrido todo, los funcionarios ya habían analizado las fijaciones fotográficas de la escena del crimen. Todo estaba intacto, lógicamente menos el cadáver que había sido trasladado a la morgue hacía una semana.

    Ahí estaba la mesa larga de caoba (el mueble más caro que contrastaba con las otras baratijas del mobiliario) donde habían hallado largo a largo al árbitro Joao Do Nascimento, de 28 años, vistiendo todavía su uniforme y con un enorme cuchillo clavado en el lado izquierdo del pecho, justamente sobre el bolsillo de la franela verde fluorescente con rayas negras donde llevaba una tarjeta roja, que también fue atravesada limpiamente por el puñal.

    Esta tarjeta se había hecho macabramente más roja de lo que era por la cantidad de sangre que bombeó el corazón del árbitro, quien la última vez que fue visto con vida estaba pitando como principal un juego amistoso de tercera división, pues la Fifa quería que se viera que el Mundial no era para nada elitista, como decían sus detractores, sino que era para todas las clases sociales.

    Crimen contra el fútbol

    En el informe decía que detrás de la tarjeta de expulsión, había un nombre: “Cristiano Madeira”. Este sujeto era el principal sospechoso. Un futbolista de tercera división expulsado de ese juego amistoso, y quien ahora estaba detenido en calidad de depósito en una de las comisarías. El informe sugería que era el culpable y que cuando terminara el Mundial, seguramente le iban a meter “500 años contra el fútbol”, como le había dicho uno de los policías brasileños en la estación.

    Los agentes del Cicpc entendían que los brasileños fueran tan aficionados que veían aquel caso como “un sacrilegio contra el fútbol”, más que como el crimen contra un ser humano, y no dejaban de estremecerse por ese fanatismo tan desenfrenado que a veces daba miedo.

    En fin, ellos se pusieron manos a la obra y se fueron a interrogar a Cristiano Madeira en el calabozo. Madeira, en un aceptable español con marcado acento portugués, juraba y rejuraba que él no había matado a “esa rata de árbitro”, pese a que había testigos que decían que el día del crimen, Madeira había tenido un altercado con el árbitro en la cancha y le había jurado por “minha mãe” que lo iba a liquidar.

    En la noche mataron al árbitro y lógicamente todo mundo señaló a Madeira como sospechoso. Lo que no dijeron los testigos fue que al árbitro todo mundo lo amenazaba, incluso ese día en esa misma cancha le habían ofrecido “freírle los balones”.

    Do Nascimento se tomaba su trabajo en serio y se apegaba al reglamento como lo haría Moisés a los mandamientos. Encarnaba la figura del árbitro odiado, estricto, vilipendiado y silencioso, sobre quien recaían las miradas de desprecio y todos los dedos acusadores de los hinchas y jugadores cuando querían culpar a alguien por una goleada o por el clima que no dejó jugar el partido.

    Según el informe forense que tenían en la tabla electrónica, sobre el cadáver había mucho sudor, cabellos e incluso sangre y otros elementos de donde se podía extraer ADN de quienes entraron en contacto con el árbitro, pero era como inculpar a los 22 jugadores del último partido de su vida, e incluso a cientos de personas más que habían entrado en contacto con Do Nascimento horas antes de su asesinato.

    Sobre los testigos, la conserje que consiguió el cadáver y los demás vecinos juraban que no habían visto entrar ni salir a nadie que fuera el potencial asesino. La Policía carioca sabía que nada de eso servía para resolver el caso.

    ¿Una rosa para el árbitro?

    Pero lo que no vieron en el apartamento fue un elemento que sí era muy curioso… una rosa roja ya seca que estaba en una repisa del cuarto del árbitro. Al parecer nadie le paró a eso, pero a Carlos Salinas y a Mario Pinto no se les escapó ese supuesto “insignificante detalle”.

    No era común que a un árbitro le regalaran una rosa. Como tampoco era probable que se la hubieran lanzado desde las gradas (quizás una granada o una Molotov, sí, pero no una flor), los agentes del Cicpc hicieron analizar la rosa. Se determinó que se había secado hacía pocos días, así que era muy posible que la hubiera llevado el mismo asesino (o asesina) a la casa del árbitro el día en que lo mató.

    El químico de la policía de Sao Paulo hizo un muy buen trabajo. Halló restos de sangre en las espinas de la rosa y resultó que la misma pertenecía a… ¡la conserje del edificio! Al ser interrogada en la estación, la mujer llorando a moco suelto, identificada como Assunção (Asunción) Coelho de 50 años, confesó que ella estaba enamorada del árbitro, pero que lo asesinó porque en una conversación que habían tenido días antes, él le confesó que su profesionalismo le exigía ser imparcial, y que si le tocaba pitar un penal u otra falta, lo haría, aunque fuera al mismísimo equipo de Brasil.

    Eso enfureció a la demencial y fanática mujer, quien en un arrebato de ira (tenía antecedentes clínicos de ira incontrolada), le asestó la puñalada mortal al sorprendido árbitro. No habían pasado 4 días desde que los agentes se hicieron cargo del caso y ya estaba resuelto. La Policía de Brasil tuvo que cumplir con su compromiso a regañadientes, pues hubo de quitarles varias entradas a sus funcionarios, para dárselas a los extranjeros que resolvieron el bizarro caso. Los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto aún están en Brasil, donde van a vacilarse dos o tres partidos. Caso resuelto.

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