#InvestigaciónPolicial: El profundo beso de la muerte y el decapitado que tenía cabeza

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    El sujeto se llamaba Homero; era tosco, violento y vulgar. “Un chulo sinvergüenza”, como le decían sus familiares, vecinos y amigos. Unas veces no trabajaba y otras tampoco. Por lo que su mujer, Petra, se las pasaba verdes para mantener el rancho en el sector Santa Eduvigis, a orillas del pestilente caño La Yuca, extremo sur de Valencia, donde vivían con sus tres hijos menores.

    Genoveva, una vecina que fue a visitar a su comadre Petra, consiguió muerto a Homero la mañana soleada del Domingo de Ramos del 24 de marzo de 2013. El cadáver yacía sentado en su cochino sofá, frente al televisor sintonizado en un canal de deportes. La cabeza estaba ladeada, cayendo sobre su hombro derecho, mostrando un horroroso morado que cubría gran parte de su mentón y mejilla izquierda. Al recibir el fuerte golpe, habría apretado rabiosamente la lata de cerveza que tenía en su mano izquierda con tal fuerza, que chispeó todo, muriendo con el envase de débil aluminio aferrado por la rigidez del rigor mortis. Parecía que quería llevarse sus cervezas al más allá.

    A la comadre de Petra que encontró el cadáver y a los otros vecinos, no hubo que hacerles mucha presión para que contaran lo que sabían. Relataron que el sábado en la noche, Petra había discutido violentamente con Homero. La discusión fue porque ella tenía un dinero guardado para comprar unos muebles y una lavadora y el muy sinvergüenza lo consiguió; sin preocuparse en preguntar nada, se lo gastó en cajas de cervezas y organizando una parrillada para sus amigotes y que para celebrar la Semana Santa.

    Cuando Petra llegó en la noche agotada del trabajo, se consiguió con la juerga desenfrenada, donde había hasta mujeres de la mala vida. Eso fue demasiado. Petra, esgrimiendo un machete, corrió a todo mundo del rancho y le formó tremendo zaperoco al chulo de Homero. Los gritos de recriminación podían escucharlos todos los vecinos, pero luego, como a la medianoche de sábado para domingo, algunos chismosos que estaban despiertos en las otras casas la vieron salir sigilosamente con sus dos hijos. La sentencia vecinal fue contundente. “Petra lo mató”.

    Incluso Genoveva, la comadre de Petra, dijo: “a mí no me gusta el chisme, pero mi comadre lo liquidó por la plata. Y él era tan bueno”. Ese mismo domingo, una comisión del Cicpc detuvo preventivamente a Petra en la casa de su mamá en el barrio Ricardo Urriera. En aparente shock emocional, la mujer ni se defendió. Solo pedía a sus hijos que fueran fuertes.

    El batazo de la muerte

    Mientras tanto, en la escena del crimen, Juan, el forense, con su mirada de científico loco, determinó que el cadáver tenía 5 horas de muerte clínica. Tenía la mandíbula salida de su sitio y fracturada. Les anunció a los agentes especiales Carlos Salinas y Mario Pinto que estaban ante un decapitado. Salinas y Pinto dijeron casi al unísono “pero tiene cabeza”.

    Juan les explicó con la inflexibilidad de un profesor prusiano que, aunque eso era evidente, la cabeza se había desprendido internamente del hueso Atlas o la vértebra cervical C1 que la unía con la columna vertebral. Seguía pegada al cuerpo solo por la piel y los músculos del cuello, pero en realidad, estaba decapitado sin que necesariamente le arrancaran la cabeza.

    Juan trasladó el cuerpo al departamento de patología forense. Ahí, utilizando los microscopios, determinaría si había fibras del arma homicida en las grietas de los huesos de la mandíbula y con él y espectrómetros de masa, se determinaría si el análisis de las moléculas de sangre de la víctima tenía presencia de alguna droga. Así determinarían cuál fue el arma homicida y otros datos más.

    El Miércoles Santo por la mañana, ya tenían los resultados. La víctima, es decir, Homero, sí estaba drogado “hasta las metras”. Y el arma con la que le habían destrozado la mandíbula era un bate de aluminio, como lo indicaban las microscópicas virutas incrustadas en las grietas del hueso. La fuerza con la que le habían dado a Homero para matarlo era de unos 500 kilos por pulgada cuadrada. Así que ahora, los agentes especiales buscaban un bateador asesino como autor material, pero… también tenían otro elemento para agarrar al autor intelectual del crimen.

    El de la muerte y el homicida cornudo

    Cuando el Jueves Santo los agentes llegaron a un campo de softball del barrio Santa Eduvigis donde los panzones de la zona estaban jugando una “caimanera”, apresaron al bateador de turno y le pidieron el bate. Sorprendido, el robusto sujeto no tuvo de otra.

    Al someter el bate a la linterna ultravioleta, se detectó que había restos de sangre en él. El hombre tuvo que cantar: “Esa rata se acostaba con mi mujer. Yo lo toleré por meses, por amor a ella, pero esa noche vi la oportunidad. Cuando Petra se fue, fui a la casa y lo conseguí roncando la borrachera como un cochino en el mueble. Lo desperté y antes de que pudiera hacer nada, le bateé la mandíbula y lo maté”.

    Pero los agentes Carlos y Mario sabían además que él quería echarse la culpa solo, pero no le dejaron. Ante la sorpresa del sujeto apodado “El Tuqui”, completaron la parte de la sórdida historia que él no quiso confesar. Le dijeron que él era un títere de la voluntad de su mujer, un cornudo sin pantalones, y que ella se aprovechaba de su figura (de senos operados y demás) muy cuidada para sus 38 años. También sabía que era la más deseada del barrio y que el pelele de su marido haría lo que ella dijera. Siempre lo amenazaba con dejarlo.

    Le recordaron que cuando se consiguió el cadáver, se determinó que tenía 5 horas de muerto. Así que Petra no pudo haberlo matado, tomando en cuenta que todo mundo la vio marcharse con sus hijos antes de la medianoche.

    A eso de las 3 de la madrugada, había llegado él (“El Tuqui”) armado con el bate y asesinó a Homero. Estaba celoso, pero jamás habría hecho eso si su misma mujer no se lo hubiera pedido ni acompañado. El forense también consiguió en las mejillas y labios de la víctima rastros de labial de las mujeres que habían estado esa noche ahí. Pero esas pinturas fueron emborronadas con un pañuelo por la mujer de “El Tuqui”, para luego ella estamparle sendos besos en la mejilla y los labios al cadáver.

    En su obsesión por ella, a “El Tuqui” no le importaba que le montara cachos ni nada. Con gusto habría ido a la cárcel solito, pero el desequilibrio mental de la pérfida mujer al besar el cadáver de Homero, a quien consideraba de su propiedad, la delató. Los análisis del laboratorio determinaron que en la mejilla de la víctima había un 5% de dióxido de titanio; 10% de aceite de parafina; 40% de cera de abeja; suavizante al 25%; manteca de cacao; aromatizantes; vitamina E y minerales varios, todo con una consistencia a 50° C aproximadamente. En pocas palabras, Genoveva, la mujer de “El Tuqui”, vendía y usaba productos de belleza, que coincidían con estas características. Su beso de escalofriante seducción la delató, así como su empeño en culpar a su comadre Petra. Pues sí, ya sabían que Genoveva ideó el asesinato de Homero porque la ofendía al no “dejar a la galla Petra e irse con ella”.

    Todos los vecinos vieron cuando Genoveva y su marido “El Tuqui” fueron llevados detenidos por homicidio. Esta bizarra pareja, que entendía el amor como una aberración, pensó que nadie se preocuparía del homicidio de Homero por ser un bueno para nada, y tampoco les importaba que su esposa Petra pagara el plato siendo inocente. Se creyeron mejores que ellos, sin ver la viga en sus ojos; resultaron peores. Caso resuelto.

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