#InvestigaciónPolicial: El señor de Puerto Cabello

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    El señor triple X, como le diremos de ahora en adelante a la víctima para referirnos al escabroso caso que a continuación relatamos, era ante los ojos de todo mundo un sujeto genial. “Bien parecido, atlético (con cuadritos en la panza y demás), de apenas 40 años, empresario, millonario, saludable, muy buscado por las mujeres; pero a la vez muy cuidadoso de que su mujer (actriz de telenovelas) y sus tres hijos varones nunca se enteraran de sus aventuras amorosas. Practicaba full contact. Los domingos también asistía a la iglesia si su apretada agenda de ejecutivo exitoso lo permitía y era filántropo por vocación”.

    “Se había comprado un ‘barquito’, en realidad un yate que le costó una millonada y poseía su propio helicóptero. En cuanto a su gusto por los automóviles, poseía dos Hummers, un Rolls Royce y un Ferrari, pero en su flota de carros que llegaba a más de diez, tenía otros menos llamativos como los beetle escarabajos Volkswagen, entre otras ‘latas’ ”.

    “Las vacaciones las pasaba en los Alpes suizos, en París, Atenas, Roma o Londres. Las mujeres que lo conocían decían que ‘era el hombre perfecto’, una clase en extinción, un donjuán carismático y rico como el mismísimo Tony Stark, pero con el chic, la gallardía y elegancia de James Bond. Le gustaban el whisky genuino de las Tierras Altas de Escocia, el mejor vino italiano y el champagne francés. La única cerveza que le agradaba era ‘la negra’, producida en el país”.

    “¡Por todos los santos! ¿Quién escribió este informe?”

    Cuando los investigadores para casos especiales del Cicpc Carlos Salinas y Mario Pinto terminaron de leer el informe sobre el señor XXX, no sabían si reírse o creer que estaban ante las cualidades del héroe de una película de Hollywood.

    “¡Por todos los santos!, ¿quién escribió este informe?”. Una de las secretarias de la Brigada de Casos Especiales se adjudicó la autoría del documento anexo al expediente donde había fotos de XXX con su cara de Latin lover. Ni se inmutó cuando los agentes le preguntaron con sarcástico asombro que si era la representante artística del tipo. Ella alegó que el informe era correcto y que fue muy objetiva.

    Los agentes especiales que estaban investigando el caso sabían que esto era algo muy raro. Un sujeto que se codeaba con la crema del jet-set nacional e internacional aparece de repente casi desnudo, estrangulado, y con otros signos de violencia extrema, atado a un poste de pole dance, en una habitación oscura de una casa a orillas de playa, no lejos de Quizandal en Puerto Cabello.

    No se supo de ningún reporte de secuestro. No se supo de amenazas de criminales comunes o de algún marido celoso a quien le hubiera “bailado la mujer”. Casi no había nada sobre la base en qué trabajar. El registro de llamadas de su celular era común; solo de trabajo y de familia.

    Teléfono nuevo para el guardaespaldas

    Los agentes decidieron interrogar a Marcos, el escolta de XXX, y éste solo les dijo que su jefe lo dejaba libre las noches en que iba al gimnasio a practicar full contact y que él ni idea tenía de dónde quedaba ese sitio. Tampoco le preguntaba, eso no era su problema; además, pensaba que solo se trataba de excentricidades de rico. Solo una cosa le parecía extraña al guardaespaldas, y era que los días de gimnasio, su jefe le pedía prestado el teléfono, hacía unas llamadas como de 5 minutos y luego destruía o botaba el celular, entregándole uno “de paquetico” a Marcos para indemnizarlo por los daños.

    Como esta práctica se hizo recurrente (sobre todo a finales de 2013), Marcos decidió que cada vez que su jefe le pidiera el teléfono prestado, iba a entregárselo, pero cuando lo pisoteara o estrellara contra una pared o contra el piso, él iba a tener un chip de repuesto de la misma línea para no seguir cambiando de línea casi semanalmente.

    Cuando los agentes escucharon eso… ¡pelaron los ojos! Le arrebataron de las manos el celular al escolta como evidencia en el crimen. Marcos solo alcanzó a quejarse: “¡Otra vez no, pana!”. Pero los investigadores sabían que ahí debía estar la clave. Solo tenían que conseguir la orden de la fiscal para que la compañía telefónica entregara las transcripciones de las llamadas y los mensajes.

    Eso reveló que XXX había hablado con una mujer horas antes de su muerte y que se habían citado en la mencionada casa de playa. No era nada raro para un discreto mujeriego, pero esa mujer debía estar relacionada con su asesinato. Consiguieron que el número al que había llamado XXX lo habían comprado recientemente en Valencia. Los vídeos de la tienda mostraban a una mujer que fue identificada como Janice Brown, ciudadana trinitaria quien visitaba regularmente el país. En el Aeropuerto Internacional de Maiquetía registraban que había salido en un vuelo hacia la República Dominicana unas 12 horas después en que el patólogo forense estableciera el momento de la muerte de XXX.

    Látigos y trajes de tigre

    Todo iba teniendo sentido. Janice Brown se había citado con XXX, pero luego, quizás con varios cómplices, perpetró el brutal asesinato. El motivo de todo lo arrojaron las cuentas bancarias del difunto XXX, pues de una de ellas, habían hecho transferencias millonarias el mismo día de su asesinato.

    Era como si los asesinos hubieran torturado a XXX para sacarle la clave de la cuenta y realizar las transferencias. Los millones fueron enviados a cuentas nuevas de bancos nacionales y posteriormente redirigidos a bancos de las islas Caimán, en el Caribe, pero ahí se les perdía el rastro. Aunque XXX fue sometido a brutales tratos, al verse perdido, en un acto de postrera lealtad hacia su familia, se negó a suministrar claves de las cuentas que los habrían dejado en la ruina después de su muerte.

    La reconstrucción de los hechos indicaban que así fue como ocurrieron los hechos. Pero la cita con Janice y manera de la tortura habían sido conocidas de antemano por XXX. Jhon, el patólogo forense, dijo que lo estrangularon con una correa de cuero de vaca, tal como lo indicaban las marcas y los restos del tejido bovino localizados en la herida con el microscopio.

    Por su parte, Leonardo, el antropólogo forense, destacó los daños en las muñecas y en los tobillos, como una muestra palpable de que aunque XXX no esperaba que lo fueran a asesinar, él voluntariamente se había sometido a una sesión de sadomasoquismo. Las marcas de latigazos y fustazos en su espalda también lo señalaban. Al parecer, fue la primera vez (y la última) que llegaba a una brutal sesión como aquélla, pero otros estigmas menos brutales indicaban que desde hacía aproximadamente un año había comenzado a incursionar en ese tipo de prácticas sádicas, como si fuera el personaje de las historias del Marqués de Sade.

    En suma, XXX se había hecho adicto al sadomasoquismo, hizo una cita con Janice para “disfrutar del dolor”, pero Janice llegó con otros sujetos trinitarios que lo azotaron y más, pero no para hacerle sentir placer, sino para que les entregara las claves de sus cuentas de banco.

    Todo esto fue confirmado cuando en una fosa, no lejos de la casa, al pie de una palmera, se encontraron los látigos, fustas, máscaras de cuero y clavos, trajes de tigre y otros juguetes sexuales, la mayoría de los cuales estaban manchados de la sangre de la víctima, pero también de sus verdugos. El señor XXX se dejó llevar por su lado oscuro y conoció el dolor y la muerte, algo que estaba muy lejos de la vida coloreada y bonita que había tenido hasta entonces.

    Con las muestras de ADN de Janice Brown y sus 5 cómplices, se libró una orden de difusión roja por Interpol. Los agentes del Cicpc esperaban que en cualquier momento cayeran. Sobre el señor XXX, solo se dijo parte de la verdad, que había sido brutalmente torturado y asesinado por su dinero, pero su memoria no se empañó siendo vencido por la locura humana del sadomasoquismo. Caso resuelto.

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