#InvestigaciónPolicial: La asesinaron y le escribieron insultos en la piel

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    El cadáver macabramente desarticulado estaba tirado en el fondo de un barranco, por los lados de las colinas de Bejuma, estado Carabobo. Varios funcionarios del Cicpc debieron bajar en rapel hasta el fondo del abismo y estudiaron la escena del crimen, aunque aquello parecía más un sitio de liberación.

    Al estrellarse el cuerpo con las rocas, se habían roto la mayoría de los huesos. Las costillas, filosas como cuchillas, habían atravesado fácilmente los pulmones, el corazón y otros órganos vitales. La piel estaba desgarrada en las piernas, brazos y espalda, siendo atravesada también por las astillas.

    La víctima era una mujer de unos 30 años. Era de tez blanca, cabellos rubios, pómulos sobresalientes, ojos azules y sus mejillas salpicadas de algunas pecas. “En vida tuvo que haber sido muy bonita”, dijo Jhon el patólogo, y los agentes para casos especiales Carlos Salinas y Mario Pinto sabían que aquello no era un comentario fortuito, sino que denotaba que podía ser un elemento potencial para iniciar el arduo camino a la resolución del caso.

    Usó su cuerpo como un pergamino

    Se presumía (y era casi seguro) que la víctima, identificada como Tiffany, hubiera sido asesinada antes de ser arrojada al barranco, pues las heridas de bala en su abdomen y pecho así lo sugerían. Estas heridas, una de las cuales cortó la vena aorta abdominal, habrían generado un desangramiento masivo, según arrojaría cualquier estudio hemodinámico; pero en el sitio donde fue hallado el cuerpo apenas había rastros de sangre. La palidez cadavérica así lo confirmaba.

    Reconstruyendo in situ lo ocurrido a la dama, Jhon (como si hablara para sí mismo) informó a los agentes que el deceso habría ocurrido alrededor de las 48 horas, basado en que ya el cuerpo estaba flácido; había desaparecido por completo la rigidez. Como eran las 7:00 de una fresca mañana de domingo del mes de julio, se dedujo entonces que la víctima presuntamente fue asesinada posiblemente en la madrugada del viernes.

    Lo más sorprendente de todo era que la piel blanca de la víctima había sido usada como un tétrico pergamino, donde el asesino escribió un tétrico drama que superaba en ferocidad a Shakespeare, Poe y a los mismísimos maestros griegos. “Ramera”, “por cachona”, “venganza”, “me fuiste infiel más de 200 veces”, “te vas al infierno”, “maldita” y otras palabras y frases tan escalofriantes y lapidarias como ésas estaban escritas a bolígrafo sobre todo el cuerpo.

    El nombre de la víctima pudo ser conocido rápidamente porque llevaba su cédula de identidad en uno de los bolsillos traseros de su pantalón blue jean. Se cotejaron los datos y se confirmó la identidad.

    El asesino firmó de puño y letra su crimen

    Al borde de la carretera Panamericana Valencia–Bejuma, los agentes localizaron algunas pisadas. Alguna de ellas pudo ser la del asesino, pero desgraciadamente la mayoría eran mezclas de suelas de distintos zapatos de los conductores que se habían bajado de sus vehículos en aquel paraje a ver desde lo alto el cadáver. Los investigadores buscaron palmo a palmo algún elemento que se le hubiera caído al homicida, pero tampoco hallaron nada.

    Ése era el procedimiento habitual, pero de todas maneras, tenían algo verdaderamente importante para descubrir al asesino… ¡su letra! Quizás había sido muy cuidadoso en no dejar rastros, pero su odio feroz contra la víctima le hizo cometer la estupidez de firmar su espantoso crimen de puño y letra. Claro que primero había que descubrir al dueño de esos caracteres asesinos.

    Como era lógico, el primer sospechoso era el marido de Tiffany, un tal “Cocorote”. Los conocidos, familiares y amigos de ella corroboraron la posible hora de su muerte, porque algunos dijeron que la habían visto con vida pasadas las 12:00 de la medianoche de jueves para viernes.

    Los funcionarios le echaron el guante a “Cocorote” cuando pretendía abordar un autobús en el Big Low Center de Valencia para dirigirse hacia la Goajira en el estado Zulia. En el interrogatorio, lloró a moco suelto y juraba por “su mamacita” que él no había matado a Tiffany. Explicó que trataba de huir, porque “yo sí le daba sus toques… ¡pero no la maté!”.

    Los psicólogos del Cicpc captaron de inmediato que era muy probable que este sujeto estuviera diciendo la verdad. Era común que bajo presión el subconsciente lo traicionara y se contradijera en sus declaraciones, pero él no lo hizo. O era muy inteligente y astuto, o simplemente estaba diciendo la verdad.

    Relató que sus peleas con Tiffany, a quien conocía desde que se metieron a vivir desde los 15 años, generalmente eran porque ella “me montaba cachos y me dejaba en ridículo delante de mis panas”, pero que en realidad ya a él no le importaba lo que ella hiciera. Aparte de eso, tenía muchos testigos que decían que la noche del jueves, Tiffany había sido vista en Bejuma, pero él estaba “tragando aguardiente” con sus amigos en el municipio Miranda.

    ¿Triángulo… o cuadrado de amor?

    Lo que terminó por convencer a los investigadores de la supuesta inocencia de “Cocorote” fue que en las pruebas de escritura, los grafólogos no vieron coincidencias entre la letra de él y la del asesino, plasmada muy claramente y con líneas remarcadas sobre la piel de la víctima.

    Indagando más en aquel negro asunto, los agentes para casos especiales Carlos Salinas y Mario Pinto triangularon la identidad de las personas que tenían contacto con Tiffany y descubrieron que ella tenía al menos un año saliendo con un individuo apodado “Jacinto”. Este Jacinto era residente del barrio La Pelayera de Los Guayos. Pero también supieron que aquello no era un triángulo de amor, sino un “cuadrado”, pues Tiffany también se veía con un tal “Pedro”.

    Este individuo misterioso fue buscado por una semana. Los especialistas en delitos informáticos accedieron a sus correos electrónicos y a sus redes sociales con una orden de la fiscalía. Ahí había ingentes correos entre Jacinto, pero se supo que no había nada extraño en ellos y que Jacinto tenía tres meses en Cúcuta, Colombia. Lo de Pedro, el cuarto amante, fue otra cosa. Tiffany y Pedro se habían escrito horas antes de los hechos. Ella le respondió que su marido estaría en Miranda y que podrían verse, pues “a ése le interesa más la caña que yo”.

    Esas revelaciones fueron la piedra fundacional para resolver el escabroso caso. El Pedro ése fue ubicado rastreando su número de teléfono celular, el cual (como se creía que un ser malvadamente inteligente lo haría) usaba por cortos espacios, creyendo que con eso, que seguramente vio en una película chimba de espías, podría evadir la justicia.

    A 20 días de haber cometido el perverso asesinato de Tiffany, lo pescaron en el terminal de pasajeros de Puerto Cabello, cuando se iba para un pueblo no determinado del estado Falcón. Los especialistas en escritura del Cicpc le hicieron la misma prueba que a Cocorote, el marido de la víctima, y los resultados fueron muy contundentes.

    Las letras “mamarrachas” de Pedro indicaban que supuestamente había sido él quien había asesinado y escrito sobre la piel del cadáver de su presunta amante. Las “oes” desinfladas, las “aes” de rabo largo, las “pes” contundentes, las “íes” torcidas y las demás letras lo señalaron como el psicópata que era.

    “Me montó cachos”

    Viéndose descubierto, ya Pedro no pudo seguir insistiendo más en su supuesta inocencia y lo cantó todo. Explicó que él toleraba que Tiffany fuera la mujer de Cocorote, pero quería que todo quedara ahí, en un triángulo de amor. Pero al enterarse de que presuntamente Tiffany lo engañaba con Jacinto y al parecer con otros más, los demonios de los celos se apoderaron de su mente y guiaron su mano asesina.

    Relató que en efecto había citado a Tiffany esa noche y que en su moto se la llevó supuestamente a un rancho al extremo sur de Valencia, más allá de Santa Eduvigis. Ahí, consumó el hecho. Tiroteó a Tiffany y la vio gritar desgarradamente y la vio desangrarse. Encendió un cigarrillo; “esperé a que terminara de morirse”, y luego escribió todo su odio encima de su piel. Posteriormente ¡llamó a Cocorote! Y éste llegó en su destartalado Dodge Dart 1973 y ahí trasladaron el cadáver para lanzarlo posteriormente al barranco en Bejuma.

    Al final de cuentas, el marido sí estaba implicado. Las trazas de sangre descubiertas por la lámpara ultravioleta condenaron a Cocorote, quien juraba que se había librado de todo. Solamente esa noche Pedro llamó por teléfono a Cocorote, pues éste le dijo que no lo hiciera. Las dos citas de planeación del crimen se realizaron en Guacara y ahí Pedro le pagó a Cocorote para que le dejara deshacerse de su mujer. A Cocorote le “pareció fino” y de paso se había ganado 3 mil bolívares por vender la vida de quien fuera su compañera sentimental por tantos años, pero a quien cobardemente vendió por “cuatro lochas”. Caso resuelto.

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