#InvestigaciónPolicial: La muerte salió del clóset y se lo llevó

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    To be or not to be (ser o no ser). La eterna indecisión que atormentaba al príncipe Hamlet en su castillo danés de Helsingor, era la misma que carcomía a Aquiles Coronado. La diferencia era que mientras el personaje shakesperiano se debatía entre la locura de la venganza, el joven de 24 años de edad Aquiles Coronado enfrentaba un dilema igualmente de apariencia insoluble, pero de naturaleza totalmente diferente… pensaba si debía, o no, salir del clóset.

    Caminando nerviosamente en su habitación de la parte de la esplendorosa casa ubicada al norte de la ciudad de Valencia, estado Carabobo, Aquiles se devanaba los sesos pensando cómo les diría a sus padres, novia y amigos que era gay. Que siempre lo había sido y que ya no estaba dispuesto a seguir ocultándolo por más tiempo.

    Sus pasos se hacían pesados. Se masajeaba las sienes, respiraba entrecortado y sudaba copiosamente pese a que el aire acondicionado estaba “a toda mecha”. Enfrentarse a aquel dilema no era nada fácil. Temía ser la burla de todos o ser lanzado al exilio por su familia y el resto de la sociedad.

    Su mente brillante posiblemente sopesó todos los pros y los contras. Era un sujeto de constitución física envidiable para sus pares. Su aspecto físico muy bien podría cubrir los tontos estándares del concurso de los misters o de alguna revista de modelos masculinos. Odiaba las tonterías como las telenovelas de Telemundo (y su vida estaba a punto de convertirse en uno de esos guiones sin imaginación), el reggaetón y las indignidades de la guerra, entre otras cosas. Pero tenía más capacidad de amar que de odiar.

    Entre dos extremos

    Mientras que el vallar de sus dientes inmaculadamente blancos crujía de tanto que los apretaba, pudo haber recordado que el que se hubiera graduado con honores de ingeniero hidráulico en la UCV y que su tesis fuera una laureada joya que hablaba de cómo controlar y sanear el lago de Valencia, y que hasta existiera la posibilidad de irse a trabajar en la compañía de los canales de Holanda, nada de esto lo eximiría ante los ojos de sus padres si decía lo que pensaba.

    Con solo pensar en las diametralmente opuestas personalidades de sus padres, Aquiles pensaba que aquello no iba a salir bien. Pero debía hacerlo. Su madre María Magdalena, de 50 años, era la antípoda de su padre Francisco (Pancho) Coronado, de 51. Ella, una mujer de pasado emprendedor, administradora de una gran fortuna que heredó de sus padres, se había hecho fanáticamente religiosa, luego de que perdiera a su segundo hijo, que de haber sobrevivido al parto habría tenido apenas un año menos que Aquiles.

    Esta mujer, que Aquiles tanto amaba, había acabado ella misma con la relación con su esposo, pues parecía que su vida se quedó atrapada en el eterno luto, opacada bajo el negro velo de la desesperación y las cuentas del rosario. Los mismos amigos y amigas de Aquiles le decían a éste que ella fácilmente pudo haber llegado a presidir un tribunal de la inquisición. Pero Aquiles no la juzgaba; solo la entendía y la quería.

    En cuanto al padre, una vez que la relación con su mujer María Magdalena se fue deteriorando, se volcó a enseñar a su hijo todo lo que sabía de los negocios. Le obligó a estudiar Ingeniería Hidráulica, solo porque así podría ser capaz de encargarse de las empresas familiares. “El agua lo es todo. Es más valiosa que el petróleo”, le decía una y otra vez su padre, hasta que Aquiles llegó a entender que era cierto. Desgraciadamente, este padre tenía su lado oscuro. Era abiertamente racista y homofóbico. Muchas veces le había escuchado decir que “prefería un hijo muerto que marica”. Y lo decía en serio.

    Cuando Aquiles tenía apenas 8 años, Pancho quiso enseñarlo a cabalgar para “hacerlo hombre”, pero sus métodos dejaban mucho que desear. Subió al niño a un brioso caballo y le arreó un fustazo a las ancas del animal. Aquiles se despertó una semana después en el hospital, casi se había partido el cuello al caer. Cuando pensó que sus padres iban a consolarle por ese accidente, solo consiguió los reproches glaciales de su papá y la madre (en vez de acogerlo en su seno) se enclaustró, dando gracias al Cielo por no haber perdido a su otro hijo, pues eso sería una mala señal para salvar su alma.

    Helena, la novia de Aquiles, era otro carácter demoledor. Era la típica niña mimada y rica que se mofaba abiertamente de las debilidades de las personas y hasta de quienes tenían defectos físicos. Su belleza y todo “lo buena que estaba” eran directamente proporcionales a su necedad.

    Aquiles soltó “la bomba”

    Esa fría noche de domingo de mayo de 2013, los relámpagos que iluminaban las negras nubes con sus destellos azules anunciaban que se aproximaba la gran tormenta. El reloj de la sala familiar apenas si marcaba las 7:00 p.m. y ya la señora María Magdalena, el señor Pancho y Helena esperaban que Aquiles bajara de su habitación para sentarse a cenar en el amplio y acogedor comedor. Mientras tanto, cada uno estaba en lo suyo y las dos muchachas de servicio ponían la mesa.

    Finalmente, armado con la valentía digna de los guerreros griegos, Aquiles bajó las escaleras de caracol iluminadas por la lámpara de araña que colgaba del inmaculado techo blanco y que con sus bujías que arrojaban luz de oropel, iluminaban la estancia como si fuera el perfecto escenario para una tragedia.

    Luego de saludar, Aquiles se mantuvo de pie en su sitio de la larga mesa de caoba. Con los ojos cerrados parecía estar diciendo una plegaria. Luego, miró a su familia y… ¡soltó la bomba! “Soy gay”, dijo. Esas palabras parece que desencadenaron una glaciación súbita, congelando el mundo alrededor.

    Luego de milenios de silencio, la primera en hablar fue Helena. Al entender que Aquiles hablaba en serio, se hizo la mártir, la engañada. Luego, pasó a arrojar sus palabras corrosivas sobre él, quien permanecía inmóvil. A estas recriminaciones se unieron las de la mojigata señora María Magdalena, quien en su arrebato, sin compasión alguna por su hijo lo insultó, excomulgó y condenó al segundo círculo del infierno de Dante Alighieri.

    Como una nuclear reacción en cadena, tronó la voz del padre, quien apretando los puños, desató toda su airada indignación exigiendo a Aquiles se retractara de esas “malditas palabras”. Aquiles no se inmutó. Se sentía culpable y merecedor de todo el desprecio de los suyos, pero sus principios le indicaban que debía ser sincero, y lo que sentía no era algo inventado. Incluso en su búsqueda había visitado médicos que le dijeron que su “condición” tenía todas las características de ser genética. No era su culpa ser quien era. Así que no debía sentir vergüenza… pero la sentía.

    La fría noche del crimen

    Los investigadores para casos especiales conocieron toda la escabrosa historia, luego de que horas después de ese grotesco episodio familiar, el cadáver del pobre Aquiles fuera conseguido con un disparo en la sien en una habitación de uno de los mejores hoteles de la ciudad. El asesino había utilizado un arma con silenciador, pero cuando el botones tocó a la puerta para cambiar las sábanas y nadie abrió, dio la alarma.

    Carlos Salinas y Mario Pinto intervinieron en este drama porque aquello que quiso hacerse ver como un suicidio, en realidad era un homicidio. Aunque el cadáver tenía el disparo en la sien, se dieron cuenta de que no pudo habérselo hecho él mismo. Así lo indicaba el que el ángulo de disparo fuera muy recto. Otra persona apuntó y mató a la víctima.

    Otro de los elementos de la investigación era la supuesta carta que Aquiles escribió para despedirse del mundo. Eso no cuadraba con que hubiera comprado un boleto de avión en Iberia para dirigirse a Holanda con escala en España. Era evidente que quería olvidar el pasado y comenzar una nueva vida, y quizás algún día sería perdonado por su familia. Aunque eso le pareciera improbable.

    La carta fue analizada por los expertos grafólogos y se consiguió que la mano que la había escrito era temblorosa, y que, aunque imitaba muy bien la de la víctima, había palabras patrón que éste no utilizaba. En pocos días, los agentes especiales lograron resolver el caso al que catalogaron desde el punto de vista técnico como “muy fácil, pero humanamente muy triste”.

    Determinaron que Aquiles, luego de recibir una brutal golpiza por parte de su padre, se marchó de la casa y llegó al hotel con intención de partir al día siguiente para Europa. Lo tenía todo arreglado. Pero “alguien” lo siguió y como un verdadero inquisidor, quiso “lavar sus pecados con sangre”. Quien haló el gatillo no fue otra que ¡su propia madre! Esta desquiciada religiosa intolerante creyó que asesinar a su hijo era un acto piadoso y que así expiaría su “mortal pecado” para llegar a los brazos del Altísimo.

    Su intento por tapar el filicidio fue tan burdo como irracional era la intolerancia religiosa de esta mujer. Todos en el hotel vieron cuando llegó y que a visitar a Aquiles, quien acababa de entrar. Aunque ella usó peluca y otras vestiduras, nunca se dejó del velo de luto, y su cara ajada indicaba que era un familiar, posiblemente la madre de la víctima. Cuando los empleados del hotel dieron estas características, todo estaba claro.

    La desquiciada María Magdalena fue detenida mientras estaba de rodillas rezando en la catedral de la ciudad, y sus manos, manchadas de pólvora y restos de sangre de su propio hijo, fueron su condena para la justicia de los hombres y la justicia divina.

    Caso resuelto.

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