#InvestigaciónPolicial: Le arrancaron el corazón y lo dejaron en el hotel fantasma

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    “Espantosa” es una palabra bonita comparada con la que realmente se necesitaría para describir el caso que a continuación relatamos. Todo comenzó una noche tormentosa y fría de domingo del mes de mayo de 2011, cuando dos parejitas de atestados motorizados decidieron que en vez de pagar para ir al “Triángulo de las Bermudas” en San Diego, mejor subían a las ruinas de un hotel que nunca fue terminado y que se localiza en las estribaciones de los cerros del este, sobre la urbanización El Trigal, en Valencia.

    Los dos hombres y las dos mujeres, exaltados por el cannabis y las piedras de crack, remontaron la serpenteante carretera asfaltada que se alejaba de las casas de la zona y se adentraba en un paraje que de no estar tan desolado, sería en definitiva el sitio ideal para el funcionamiento de aquel hotel malogrado por diversas circunstancias trágicas, pues desde su ubicación, que sería la envidia de una fortaleza medieval, se dominaba gran parte de la ciudad.

    Desprovistos del miedo, la cautela y otros indicadores de supervivencia, los motorizados se pararon ante aquella estructura esquelética, fantasmagórica y olvidada, que bajo la luna llena que se asomaba tímidamente por entre las espesas nubes de tormenta, daba la impresión de ser el mismísimo castillo del Conde Drácula en las lejanas tierras rumanas.

    Las motos se detuvieron ante la construcción inconclusa y aunque el par de chorros de luces de los faros intentaban alumbrar “la boca de lobo” que era la entrada, no lograban espantar las tinieblas.

    Los cuatro inventadores decidieron entonces que iban a entrar y a tender unas mantas que habían llevado con ellos para dispararse una desenfrenada orgiástica. La cosa por donde se le viera era una completa locura, pero para aquellos cerebros intoxicados, era una tremenda idea. Al día siguiente se largarían y contarían su aventura sexual extrema a sus panas y quizás hasta aumentaran los participantes y la frecuencia de la aventura.

    El abrazo del cadáver

    Al bajar de las motos, las parejas comenzaron a “comerse a besos” y se adentraron en la boca de la construcción como si ésta fuera una gruta que llevara a las puertas del inframundo donde les esperaría el mismísimo cancerbero. Pese a que sus cerebros estaban alterados por las drogas, sintieron escalofríos cuando las bocanadas de aire pestilente a muerte acariciaron sus caras y mecieron las telas de araña que, como macabros doseles, lucían los desnudos pilares de concreto.

    Apenas si se adentraron unos pocos pasos y usando una linterna para conseguir el sitio ideal para su juerga, vieron lo que se proyectó para ser una fuente alrededor del lobby frustrado, pero que ahora era como una fosa donde podían caber ataúdes.

    Pese a que sus cerebros y sus sentidos estaban desequilibrados por la funesta droga, los dos hombres y las dos mujeres se miraron con miedo creciente. Ya como que no les hacía gracia estar ahí, y sin decir una sola palabra, en un momento determinado, cuando se disponían a girar sobre sus talones para salir corriendo… vieron el espectáculo más aterrorizante del mundo.

    La serpiente y el corazón

    Los cuatro amantes atiborrados de estupefacientes pelaron los ojos cuando los haces de luz amarilla de las linternas alumbraron un cadáver suspendido, con las piernas y brazos abiertos como si quisiera abrazarlos. Pero para más terror, también estaba una serpiente que se mantenía erguida delante de su víctima con el pecho abierto y amarrado de tobillos y muñecas con cuerdas cuyos otros extremos estaban atados a objetos perdidos en las tinieblas.

    Por fracciones de segundo, los cuatro quedaron petrificados, detallando la infernal escena. Podría decirse que en esa posición como de forzado “hombre del Vitrubio”, el cuerpo semejaba haber caído en una de las telas de araña que adornaban el siniestro lugar.

    La enorme y grasienta serpiente del tamaño de un humano sacó su bífida lengua y mostró sus colmillos ponzoñosos, mientras que en una de sus manos tenía un corazón que aún latía y chorreaba la sangre que bombeaba.

    Fue demasiado. Los cuatro amantes salieron chocando entre ellos. Pegando alaridos horrísonos, los dos hombres montaron en las motos y arrancaron a todo puño, dejando a las mujeres atrás, quienes hubieron de bajar corriendo de la montaña con la energía y capacidades físicas sobrehumanas que da el terror absoluto.

    En su carrera loca, los dos motorizados fueron interceptados y detenidos por funcionarios de la policía, así como las dos mujeres que corrían tras ellos. Durante el interrogatorio, los agentes pensaron que esas personas, que evidentemente estaban bajo el influjo de alguna droga, habían perdido la razón, pues no paraban de decir cosas absurdas.

    Ante esta situación extraña, los policías llamaron al Cicpc, quienes al amanecer enviaron a los agentes para casos especiales, Carlos Salinas y Mario Pinto. Ellos también interrogaron a los sospechosos, pero solo pudieron sacarles un relato que más bien parecía salido de una película de horror.

    El psiquiatra del equipo forense también se entrevistó con estas dos parejas y al escuchar que hablaban de cadáver atado, culebras con patas, con corazones palpitantes en sus garras, opinó que eran alucinaciones producto del tipo de droga que tenían en sus organismos. “Lo mismo pudieron haber visto una tortuga ninja que un dinosaurio”, dijo.

    El templo del Jaguar

    Sin embargo, los agentes Carlos y Mario y su equipo subieron la colina mencionada para verificar aquel sórdido asunto. Al llegar eran como las 12:00 del mediodía. Hacía un sol espléndido y la atmósfera no era la enrarecida que habrían experimentado los motorizados y sus mujeres; no obstante, ahí estaba el cadáver colgando de las cuerdas, como una prueba estremecedora de que había una base de verdad en lo que decían habían visto la noche anterior.

    La víctima, a quien le habían efectivamente arrancado el corazón con objeto filoso y metálico, tenía el aspecto de un indígena centroamericano. Al trasladarlo a la morgue de Valencia, sus facciones rudas y nariz ancha hicieron que el antropólogo forense lo calificara rápidamente como del tipo mexicano. Efectivamente, resultó que se llamaba Juan Solís de 18 años de edad, quien había emigrado a Venezuela con sus padres desde el estado de Michoacán, México, cuando apenas tenía 10 años de edad.

    En la escena del escalofriante crimen no se consiguieron cueros de serpiente ni nada, pero sí plumas del ave quetzal, el arma homicida y mucha sangre de la víctima en un cuenco de arcilla, así como de otra persona. Con esta última muestra hematológica, no hubo problema para identificar a esa otra persona, quien era posiblemente el asesino, y poder esclarecer el asombroso hecho.

    Los resultados de ADN estuvieron listos en una semana. Ambas muestras indicaban que víctima y victimario tenían coincidencias genéticas, pero sin ser familia. Uno (como ya se dijo) era mexicano y el otro fue catalogado entre los ancestros de los mismísimos mayas asentados en la península de Yucatán, específicamente de Petén, en Guatemala. Con esos datos, se redujo la búsqueda a todos los guatemaltecos residentes en Valencia, estado Carabobo.

    Uno de ellos llamó poderosamente la atención, porque tenía un negocio de antigüedades mayas. Al hacerle la visita domiciliaria, el sujeto disparó contra la comisión del Cicpc. Pero finalmente Carlos Salinas y Mario Pinto lo capturaron cuando intentaba subir a su automóvil para dejar el pelero.

    Lo que descubrieron no fue menos descabellado que lo que habían contado los aterrorizados motorizados gozones. El detenido, quien respondía al nombre de Pedro Kukulkán (Quetzalcóatl para los aztecas), era un enfermizo fanático de las predicciones del pueblo maya del que era descendiente. Se había obsesionado tanto con los rituales de esa poderosa civilización mesoamericana precolombina, que en su desequilibrio optó por llevar a cabo los sacrificios humanos para con la sangre de las jóvenes víctimas apaciguar a los dioses, como lo hacía siglos atrás su pueblo en templos como los del Jaguar en Chichén Itzá, Tikal y otros.

    En su desvarío, este Kukulkán aseguraba que no era un asesino, sino el salvador del mundo, pues con la sangre que él había extraído de la que fue su primera víctima (tenía planeados otros sacrificios) habría de parar la destrucción del planeta que se avecinaría al completar calendario maya el Baktum 13 para el solsticio de diciembre de 2012.

    Hasta ahí, el caso estaba tomando forma; pero aún faltaba la serpiente con patas que habían visto las víctimas frente al cadáver del sacrificado. Esto fue explicado por el traje ritual que vestía el asesino cuando fue sorprendido por los motorizados. Estaba ataviado como la serpiente emplumada Quetzalcóatl, el dios de la mitología centroamericana que llegó de los cielos para gobernar a los mortales. Esto fue lo que vieron los testigos y que sus cerebros tergiversaron y magnificaron al estar intoxicados por la droga. Kukulkán fue a parar tras las rejas y aún sigue jurando que el mundo no se acabó gracias a que él sacrificó a la inocente víctima. Caso resuelto.

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