#InvestigaciónPolicial: ?Se tomó una selfie con la muerte!

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    El hombre ya estaba muerto, pero no lo sabía. Aunque respiraba, sudaba y se echaba gases indiscriminadamente delante de sus “amigos”, a quienes presumía de su dinero y de sus influencias, podía decirse que estaba marcado con flechas de neón para que la muerte no se perdiera al ir a buscarlo.

    Y es que inversamente proporcional a su gran fortuna, eran su imprudencia e irresponsabilidad. Nunca salía sin hacer gala de eso, sin anunciarlo al mundo utilizando las redes sociales, pues estaba adscrito a todas las que conocía. Podía decirse que solo su teléfono era mucho más inteligente y comedido que él mismo.

    El día en que se tomó aquel fatídico selfie, estaba en el puente de su suntuoso yate anclado en la marina de Puerto Cabello. Era domingo, y le acompañaban al menos media docena de panas que se aprovechaban para chulearlo como les daba la gana. Él sabía por qué ellos estaban ahí, pero su personalidad egocéntrica necesitaba un auditorio que le hiciera la comparsa y los aplausos.

    El día en que la guardia costera localizó su embarcación, ésta estaba a la deriva en alta mar. No había nadie a bordo. Las cervezas de la lujosa nevera aún estaban bien frías y en la mesa de la cocina aún había una generosa bandeja rebosante de paella aún calentita como para zampársela un pequeño ejército.

    En la cubierta y en la cocina, también había regadas en borracho caos al menos media docena de botellas de whisky Johnnie Walker; como si en su derroche, cada uno de los asistentes al desparpajo hubiera agarrado una para cada uno como si de botellas de cervezas se tratara.

    Lo usaron como ancla

    Todo esto era lo que analizaban los investigadores para casos especiales del Cicpc, los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto, luego de que la guardia costera hubo llevado la pomposa embarcación “Nereida” al muelle para iniciar las averiguaciones del crimen.

    Lo más bizarro de todo era que el dueño de “Nereida”, el millonario al que nos referiremos solo como señor Nelson, había sido asesinado de un arponazo por la espalda. Cuando la guardia costera realizó el abordaje, eran como las 2:00 de la tarde. Los motores estaban detenidos, pero aún calientes; el ancla estaba echada, pero la verdad no servía para nada, pues los más de 4 metros de cadena no tocaban el fondo, y por lo tanto no había agarre.

    La cosa daba escalofríos. Parecía una escena del Triángulo de las Bermudas, pero cuando los costeros subieron el ancla para remolcar el “Nereida”, emergió que todo eso no era más que una escena del crimen. Ante los ojos de los costeros, el cadáver del señor Nelson estaba atado al ancla metálica que fue izada a un costado de la proa.

    Una vez en tierra, Juan, el forense del Cicpc, hizo un análisis rápido de los restos humanos macabramente utilizados como carnada de pesca, pero que aunque sí estaban un poco mordidos por los peces, no estaban mutilados por ningún tiburón.

    Se determinó que en efecto era el señor Nelson. Una data de muerte de aproximadamente 3 horas por ataque de arpón y también le habían mutilado el pene. Lo primero que hicieron los agentes especiales fue ubicar la parranda de vagos y chulos que la mañana de ese soleado domingo habían sido vistos abordando el “Nereida” junto a la víctima, pero nadie sabía del paradero de ninguno.

    La investigación se hizo más interesante desde el punto de vista criminalístico. En vez de uno, parecía que podría haber 6 cadáveres más. Fue analizado cada centímetro cuadrado de los 22 metros de eslora del “Nereida” y se determinó que los anaqueles del piso inferior donde se guardaban los trajes de neopreno y los equipos de buzo, estaban completamente vacíos. Pudiera ser que “las ratas hubieran abandonado el barco después del crimen”, pensó el agente Salinas, pero algo no cuadraba. Eran 6 sujetos, y el yate solo llevaba 4 trajes. En la cubierta solo había restos de sangre del señor Nelson. Y a menos que sus acompañantes hubieran sido abducidos por alienígenas, debieron haber abandonado el yate aún con vida.

    “La isla del tesoro”

    Todo comenzó a tener forma cuando se analizaron las imágenes del impresionante teléfono que la víctima tenía en el bolsillo derecho de su bermuda. Este aparato, tan caro como tecnológicamente avanzado, había aguantado el agua salada como si nada mientras estuvo sumergido. Su recubrimiento con una película sintética de alta tecnología lo hizo resistir.

    Los agentes entonces vieron la última selfie que el señor Nelson se hizo en su vida. La misma mostraba claramente a él, con otro de sus panas conocido como “Wilkin”. Pero al fondo, se mostraba una silueta negra. Evidentemente las curvas denotaban que era una mujer “bien buenota”, enfundada en uno de los trajes de neopreno y que llevaba en sus manos algo así como un rifle, pero que luego se determinó era un arpón.

    Eso dio un nuevo giro a la investigación. Partiendo del hecho de que Nelson y sus panas eran unos mujeriegos activos y reconocidos, los investigadores comprendieron entonces por qué habían partido del puerto ese domingo en la mañana sin ninguna mujer para su juerga desenfrenada. Era que evidentemente iban a conseguirse con ellas en alta mar, o en una isla.

    Esta sospecha fue correcta. Tomando en cuenta las coordenadas donde había sido conseguido a la deriva el “Nereida”, se ubicó un cayo cercano de los muchos que salpican la costa desde Falcón al estado Carabobo. Según las cartas de navegación, este pequeño islote era poco, o casi nada visitado, perfecto para piratas.

    Dos días después del hallazgo del cadáver del señor Nelson, el martes por la mañana, los agentes especiales del Cicpc, Carlos Salinas y Mario Pinto, embarcaron en un patrullero de la armada y con un selecto grupo de desembarco, arribaron a la referida isla. Una vez en la isla, el equipo de desembarco comenzó a buscar, aunque no sabían qué exactamente.

    Los agentes especiales dijeron que se dejaran llevar por sus instintos y que de seguro “una X marcaría el sitio”. Creyendo que los agentes estaban locos o que habían visto muchas películas de piratas o leído mucho “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, iniciaron la inspección.

    Aunque parezca increíble, pronto consiguieron dos palmeras, apoyadas una sobre la otra, formando una “X”. Al pie de ellas, era evidente que habían excavado recientemente. Enterradas, había muchas de las cosas menos valiosas robadas del “Nereida” y varias armas automáticas en bolsas plásticas, pero no había tesoro. Quizás marcaron el sitio para volver luego y buscar las armas.

    Las maletas de dinero que la extravagante víctima tenía en el yate, según dijeron su banquero y su abogado, habían desaparecido, así como joyas, relojes y otros artículos de oro y plata. Todo esto se determinó que tendría un valor aproximado de 15 millones de dólares. Suficientes para que los 6 compinches, y las 3 mujeres que estaban esperando en la isla para la rumba, se confabularan y asesinaran al señor Nelson, para luego salir del país con rumbo desconocido.

    También se consiguió en el sitio el arma homicida, es decir, el arpón con el que mataron al irresponsable de Nelson. La punta aún estaba teñida con su sangre. Se determinó que el señor Nelson se había tomado la selfie con “El Wilkin” antes de bajar a la isla y se guardó el Smartphone en el bolsillo; pero que en eso, subió a bordo una de las tres mujeres confabuladas con “El Wilkin” (y con los otros 5 chulos) y asesinó al señor Nelson.

    Mientras lo saqueaban todo, condujeron a alta mar, lo amarraron al ancla y lo arrojaron al mar olvidando que tenía el teléfono en el bolsillo. Luego dejaron la embarcación a la deriva y huyeron en otro yate de menores dimensiones, pero suficientes como para salir de las aguas nacionales con la inmensa fortuna.

    Todos los participantes de este crimen fueron identificados. Pero aún deben estar tomando piñas coladas en una isla del Caribe con otras identidades. Aunque no los han capturado, ya los agentes especiales están planeando con la Interpol darles captura. Caso resuelto… parcialmente.

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