La inseguridad le ha impuesto un "toque de queda" a la diversión

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Barcelona / Puerto La Cruz, 22 febrero 2015.- El robo ocurrido la tarde del viernes 26 de diciembre en playa Arapito (estado Sucre), situada a unos 15 kilómetros de Puerto La Cruz (Anzoátegui), no sólo causó temor entre propios y visitantes sino que demostró que los hechos violentos que ocurren a diario en el país  siguen cambiándole la rutina a los ciudadanos.

Los sujetos, que acabaron con la tranquilidad de quienes disfrutaban del balneario, llegaron a bordo de un bote y despojaron a varias familias de sus objetos  en pleno mediodía. 

“Gracias a Dios estoy vivo, no pasó nada, sólo se llevaron el carro y nos dieron tremendo susto”. Son algunas de las frases a las que se han ido acostumbrando a repetir los venezolanos que han sido víctimas de la inseguridad,  que parece no tener freno.     

Parafraseando a Simón Díaz y su Caballo Viejo, la violencia “no tiene horario ni fecha en el calendario”, pero tampoco lugar específico, ni distingue clases sociales.    

Desde el ciudadano más humilde, el de a pie, empleado, ejecutivo, empresario han sido sacudidos alguna vez por el hampa, aunque sea para robarle unos zapatos o una cartera.    

Sin permiso   
    
Algunos han despertado en sus viviendas mientras son apuntados por delincuentes.    

“Eso es lo peor que te puede pasar… Es una imagen horrible que marca tu vida para siempre, yo sólo pensaba en mis hijos que estaban en la habitación de al lado”, contó la barcelonesa Katherine Valerio, quien estuvo sometida durante tres horas por sujetos que irrumpieron una madrugada en su domicilio ubicado en una urbanización adyacente a la avenida Jorge Rodríguez, en la capital de Anzoátegui.    
   
La abogada, quien vive con sus hijos y padres, dice que se siente prisionera en su casa porque cada año le pone más rejas para evitar seguir siendo visitada por el hampa.    

“Después de tres robos dentro de la casa en los últimos cinco años, sin contar los anteriores, ya no tenemos jardín, patio, porche, pero sí más rejas hasta en el techo del garaje. Esta es una zona tranquila y de clase media, no de ricos, y vivimos acosados por la delincuencia… No hay vigilancia”.    
 
Contó que la primera vez que los sujetos entraron a su residencia, fue de madrugada tras envenenar a sus mascotas, burlar el paredón y sacar un aire acondicionado que no tenía protector.    
  
“Eran cinco sujetos. Tres entraron por el hueco donde iba el aire y dos esperaban en un carro, en el que metieron todo lo que pudieron; incluso dieron dos viajes. Nos sometieron a todos en nuestras habitaciones y no nos dejaban tener contacto para que nos portáramos bien y dijéramos dónde estaban las cosas de valor. Las otras dos veces fueron de día que me abordaban abriendo el portón cuando llegaba con los niños”.    

Valerio no sale de su casa después de las 9:00 pm ni antes de las 6:00 am, a menos que sea una emergencia porque los vecinos están resguardados.    

“Mis papás, que pasan de 70 años, sienten que vivimos un eterno toque de queda por la inseguridad, igual que en los otros dos sectores (Boyacá I y Colinas del Neverí) donde viven mis hermanos. Sólo nos reunimos de día, y si se hace muy tarde nos quedamos todos en la casa donde estemos”.    
 
Señala que sus padres “se deprimen porque no pueden salir a caminar por la urbanización, ni siquiera al frente de la residencia, porque la inseguridad nos arrebató la tranquilidad. A muchos vecinos los han agarrando regando las matas o barriendo el jardín y los meten a las casas para robarles todo”.    

Sin distinciones    

No importa si es famoso o no, rico o pobre, joven o adulto mayor, dónde vive ni qué hace, lo cierto es que poco a poco la inseguridad le ha ido cambiado la rutina a los anzoatiguenses, quienes ahora viven encerrados, con las salidas nocturnas restringidas y con el miedo de ser despojados de sus carteras, celulares, incluso las compras del mercado, cuando están en sitios públicos.    

A plena luz del día (9:45 am), un sábado de diciembre y en la avenida Jorge Rodríguez, una de las más transitadas de la zona norte del estado, Yoniray García fue despojada de su cartera tras ser sometida por un hombre de unos 45 años mientras esperaba un bus en la parada de Cerro Amarillo, en Puerto La Cruz.    

“Ese día dejé el carro haciéndole servicio en el taller y bajé para irme en un autobús porque iba cerca, pero no pasaron ni cinco minutos cuando el tipo que estaba en la parada me apuntó con una pistola y me quitó la cartera donde llevaba dos celulares, las llaves de mi casa y de la tienda, mis documentos, pinturitas y todo lo que cargamos las mujeres”.    

La administradora de 35 años y madre de un niño de cuatro, no se imaginaba que su victimario la iba a someter con un arma de fuego. “Se veía un señor serio y tranquilo, de unos 45 años, y por eso me paré allí, pues pensé que estaría acompañada, pero no pasaron ni tres minutos cuando sacó la pistola y me quitó la cartera”.    

Después del incidente la comerciante no baja sola a la parada cuando no anda en su carro, y si debe salir espera que la vaya a buscar algún familiar, amigo o llama a una línea de taxis. “En mi carro ando vidrios arriba y seguros abajo porque hasta en las colas para ir a Lechería o en cualquier vía de la zona norte te quitan el celular… La inseguridad es como una epidemia que está en todos lados”.    

A García le impresiona como la delincuencia les impide ir tranquilos en bus, estar en su casa, caminar a algún comercio, centro porteño o en su poblado natal Bergantín, ubicado en la zona rural del municipio Simón Bolívar.    

Bergantín, donde vive su mamá, era un pueblo tranquilo, pero ahora ya una no se puede sentar al frente de la casa o en el porche porque pueden ser robados en cualquier momento. Ahora se reúnen en el patio los fines de semana, y si se hace tarde se quedan a dormir allí.    

“Vivo en Puerto La Cruz y todos los fines se semana me voy al pueblo, pero el domingo 8 de febrero me tuve que quedar allá porque se hicieron las 6:00 pm y no podemos agarrar la vía a esa hora porque lanzan objetos a los carros para que uno se pare. Así no importa si el niño pierde un día de clases, primero su vida”.    

La anzoatiguense comentó: “Tú sabes que es triste y difícil en estos momentos ir para tu pueblo, donde creciste y que recorrías a toda hora, y tener que quedarte encerrado y viviendo un toque de queda porque nadie sale después de las 6:00 pm. El día que me quedé mataron a un hombre e hirieron a dos cerca de donde vive mi familia. Cómo hago con mi hijo que lo saco de un encierro para llevarlo a otro”.    
A las autoridades sólo le pide dos cosas: más seguridad y justicia para combatir la impunidad y la delincuencia. “Para eso se eligen los gobiernos”.    

Siempre aterradas    

Dice que vive con el Jesús en la boca. Tiene 22 años. Trabaja en una tienda en un centro comercial porteño.    

En marzo comienza a estudiar administración en la Universidad de Oriente (UDO) Núcleo Anzoátegui. Reside con su familia en Boyacá II (Barcelona) y no sale a sitios nocturnos porque le da terror ser víctima del hampa.    

Aura Marín se describe como una persona muy nerviosa que se siente acechada por la delincuencia, esa que la priva de rumbear los fines de semana y de subirse sin miedos a un bus.    

“Mis padres me repiten a diario que deje los nervios, que eso atrae cosas negativas, pero cómo hago si lo que escucho es de robos, atracos, asesinatos por un celular, zapatos, una cartera. Eso no es vida”.    

Su rutina la inicia más temprano para llegar a tiempo a su trabajo, porque no se monta en autobuses que cubren la ruta avenida Argimiro Gabaldón-centro porteño así el trayecto sea más corto.    

“Ni loca me voy por esa vía en bus, prefiero calarme las megacolas de la Intercomunal, que es más céntrica y no tan insegura. No tengo un súper celular pero lo cuido y casi siempre lo dejo en mi casa, porque no me voy a pasar otro susto por cargarlo”.    

La joven que se ha montado hasta en tres buses yendo de su casa a Puerto La Cruz, se baja cuando ve gente con actitud rara y miradas sospechosas con los colectores de las unidades.    

“Hasta en el bus nos sentimos acorralados por el hampa. Esto es horrible. Vivo así desde que tenía como 10 años, cuando iba con mi abuela por la iglesia Santa Cruz (Puerto La Cruz), al salir de una escuela de música que quedaba cerca y un tipo nos persiguió y le arrancó la cadena. Pero la delincuencia de ahorita no tiene comparación”.    

Lo insólito, lo que Ada María Rodríguez nunca imaginó ver, lo presenció varias veces: motorizados arrebatándole a las personas las bolsas con los productos regulados que compran en el Central Madeirense de Nueva Barcelona cuando hay colas.    

“Vivo detrás del establecimiento y ya he visto tres veces esta escena. Es increíble, pero muy cierto. Hay que ir en carro al mercado para que no nos roben las compras. “Es increíble lo que nos ha hecho la inseguridad”, dice la cosmetóloga.

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