La tragedia de los inocentes

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Cada vez que alguien decía que “la infancia era la época más feliz de los seres humanos”, mi papá invariablemente acotaba  “para algunos”.  En la Venezuela de hoy los niños son las víctimas inocentes del país depauperado, desvalijado y destrozado.

Es verdad que siempre han existido instituciones para acoger niños huérfanos o expósitos. En épocas anteriores, cuando no había profilaxis para las enfermedades, había muchos huérfanos. También había niños abandonados. El expósito más famoso de nuestra historia es, sin lugar a dudas, Simón Rodríguez. Pero hoy se presenta una situación distinta, mucho más grave que las de tiempos pasados: los niños están siendo abandonados por hambre, algo inconcebible en un país petrolero.

Y sí, las mujeres siguen saliendo embarazadas. No hay pastillas anticonceptivas ni condones y cuando se consiguen, son imposibles de comprar para alguien de bajos recursos (que es la mayoría del país). Encima, un gobierno irresponsable ofrece bonos a quienes se embaracen, bonos que no les alcanzan ni para pagar un pañal. Pero pareciera que de eso se enteran después de que nacen los niños. Muchas de esas mujeres famélicas no pueden amamantar a sus bebés. Las fórmulas sustitutas de la leche materna –que tampoco se consiguen- están vendiéndose en los mercados de bachaqueros a precios absurdos. Y el régimen sigue insistiendo en que “hay que estimular el consumo de leche materna”. Eso sería estupendo en un país donde el consumo de proteínas fuera una regla, no una excepción.

Las pocas cifras que se disponen de los embarazos precoces deberían haber encendido todas las alarmas, pero no: en Venezuela ya nada espanta. Lo cierto es que cada día hay más embarazos y cada día hay más niños abandonados, pasando hambre y necesidades, sufriendo toda clase de enfermedades y encima, desescolarizados. Las historias que he conocido son dantescas. No quiero imaginar cuántas otras más habrá… Cada día vemos más niños en las calles, cada vez más pequeños en edad, que andan de su cuenta, buscando comida, viviendo solos, cuando deberían estar entre su casa y la escuela, aprendiendo, formándose, soñando.

La tragedia de esos inocentes signará el futuro del país. Y no habrá nada, ¡nada! que excuse a los culpables de esa situación.  A cada cochino le llega su sábado… ¡Anótenlo!

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