Látigo y piel

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Aunque tarde, la noticia llegó de lejos. Murió Emiliana. Tez blanca, de baja estatura, parecía un hada intachable. Aparecía y desaparecía en el misterio que eran sus pisadas. No se escuchaban sus pasos, pero tampoco asustaba su cercanía.

Sonreía mucho. Decía las palabras exactas, después desaparecía, sabiendo que había introducido la profundidad de los que todos buscan escapar. 

Hubo una noche en que la casa colonial tembló en su pasado. Retumbaron los corceles oscuros y un ánima, vino a poseer un cuerpo humano.

La eligió a ella. Salieron de su cuerpo unos rictus extraños y por su delgada boca se mostraron torceduras y barbaridades.

Llegaron brujos, espiritistas y curas. 

Nadie podía con la noche de Emiliana, la mayor de cinco hermanos. El menor y único varón, Inocencio, estuvo metido en un baúl lleno de telas. No salió hasta que un amanecer le dijeron que todo había regresado a la normalidad.

Sin embargo él no la buscó inmediatamente. Quince días después de lo sucedido, se le acercó, con abrazo que casi la tumbó, cuando la vio debajo de uno de los dos esplendorosos Taguapires floreados, que aún siguen allí, después de más de doscientos años, en el patio de esa hacienda, depósito de caballos, esclavos y tibio porvenir.

Al encuentro fue porque ella estaba vaporosa. Hermosa. La palidez siempre le sentó bien a esos ojos oscuros, grandes para su rostro ovalado. Ambos  se emocionaron.

Entonces volvió todo a ocurrir de nuevo. Ella se transformó en la cosa rara que estuvo atada a una cama y él en un gigante, abundante de miedos, devastaciones y compasión.

El descampado de esa tarde los ayudó. Les pertenecía y a la vez era de nadie; y de todos también.

Inocencio sintió un timbre en su corona. Una especie de luz penetró su cabeza. Un rayo, al parecer, certero y magnífico, que vino desde arriba, a través de las hojas y las ramas dispersas del árbol.

No hubo necesidad de llamar a religiosos, expertos o aprendices. Ella a sí misma se hizo, a partir de ese momento. Jamás se casó. Vivió como una santa. Tuvo grandes períodos de encierro. Comía poco. 

Miraba y hablaba como si tuviera una gran fe en los seres humanos.

Como si creyera que todo era posible y todo resurgiera dentro de una fantasía abismal.

Silenciosa, no pensaba mucho en ella y era tan agradecida que parecía haber vivido en múltiples lugares sin haber salido de esa casona, con techos de caña brava, que querían penetrar el barro de sus paredes y la terracota de los pisos, adecuados una y otra vez, contra la vorágine del tiempo. 

Nunca negó que seguía escuchando voces. Pero dejó de alimentarlas, como decía. Ese terreno tenía demasiada historia, inmoderado dolo. 

Nadie la vio rezar. Pero lo hacía. Más de la cuenta para las hermanas que decían que miraba como ida, hacia otra dimensión.

Inocencio dibujaba lo que muchas veces Emiliana le contaba, sin que ambos se comunicaran siquiera. De hecho, cuando él estuvo ausente por largos veinte años, ella rellenó sus cuadros, espacios de látigo y piel, sin que él lo supiera. 

Las flores del Taguapire más cercano, aquella tarde, cayeron todas sobre ellos y la tierra que estaba allí entre reseca y húmeda. Si ellos sintieron que el tiempo se les vino encima, el árbol excretó sus adentros. No estaba reseco, como muchos pensaban al ver ese tronco resquebrajado. Estaba rebosante de la protección que aún brinda en esa casona amplia, que ha observado todo tipo de hombres y mujeres. 

Emiliana ahora sigue el oficio favorito de su hermano. Dibuja sobre el cielo de la hacienda sus flores masculinas y eterniza las estrellas que más le importan, rescatando el desenfado de ciertas noches. Sabe que la alegría brilla sobre cualquier superficie, por eso tez blanca y ojos oscuros, fueron siempre la gran provocación de los corceles desfigurados de cierta intemperie que vino a ceñir sus sueños. 

Acaba de juntarse con los hombres que desencadenaron masacres en esos llanos que tuvieron sangre por tierra y desde allí, vencerá. 

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