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Se preguntó qué hora sería. No lo sabía, no le interesaba o tal vez ambos. Seguía pensando. Pensaba muy profundamente, ya que, a esas alturas, lo único que podía hacer era pensar. No tenía problemas de sueño y, sin embargo, no podía dormir. Tampoco podía comer. Y todo esto parecía romper su perfecta rutina de armonía. Su tan deseada rutina ideal. Aunque para nada rompía su rutina real. Se soltó el cabello y puso a calentar una pequeña cacerola con agua. Mientras el líquido se calentaba, ella jugaba con uno de sus mechones dorados. Lo enrollaba en su dedo, lo mantenía fuertemente allí, y acto seguido lo soltaba, dejándolo descansar. Pero ella no descansaba, sus ojos permanecían constantemente en un estado de vela, casi como si estuvieran entrenados para eso especialmente. Ella siempre fue muy observadora. ¿Descansar? La sola idea de hacerlo la hacía reír. No. Reír no. Ella nunca reía y jamás reirá. Reír era un acto innecesario para ella. Después de todo, no necesitaba compartir o expresar sus sentimientos a nadie. Sonreía... Sonreía ante una idea tan absurda como la del niño que piensa que al decir una mentira estará protegiéndose. Una mentira. Eso es lo que había sido su matrimonio todo ese tiempo. Una amarga, irónica y cruel mentira ácida. Sus ojos verdes, sus deliciosos ojos verdes (ese verde veneno) inspeccionaron la cocina una vez más. Siempre hacía eso. Era inevitable. Las costumbres son conductas difíciles de eliminar, y en ello radica la belleza principal de la rutina. El agua hervía. Salió de su ensimismamiento para dirigirse a la hornilla y echar una tableta y unas dos cucharadas de leche en polvo. Trató de volver a sus pensamientos, pero fue inútil. Ya sus ideas viajaban por un limbo lejano e inaccesible incluso para la imaginación. Bostezó. Debía de ser tarde, todo era oscuridad alrededor, como en una cueva. Y hacía que ella a nadie esperaba. Bostezó de nuevo. ¿Descansar? Ja! Patética idea. Descansar en esas circunstancias era casi imposible. No, en realidad, para ella sí era imposible. Hacía horas que un perro insistente e impertinente ladraba sin cesar. Además la posibilidad de refugiarse en su cuarto quedaba descartada inmediatamente, incluso sin pensar mucho la respuesta. No había que ser un genio para saber que su esposo roncaba. Y cómo roncaba! Nunca la dejaba dormir o pensar en algo concreto cuando ella estaba cerca de él. Parecía el sonido de antiguos engranajes oxidados, deformes e incompletos, tratando inútilmente de acoplarse entre ellos sin ningún resultado más que ese sonido infernal. Lo odiaba. Odiaba ese sonido. Lo odiaba a él y todo lo relacionado con él. Detestaba estar con él en la noche tanto como en el día. Cuando le hablaba expulsando frágiles hilos de humo hacia su cara, cuando la besaba con su aliento lleno de alcohol y cuando la abrazaba con sus manos sucias y llenas de tantas cosas que nadie podía saber si su marido era un carnicero, un artista o simplemente algún mecánico. Se asfixiaba, y se sentía desvanecer cada vez que estaba con él. Por eso iba a la cocina. En la cocina se sentía bien, se sentía libre, limpia, en paz... Hasta que el perro empezaba a ladrar... Empezó a revolver el líquido lentamente, con parsimonia. Llevaba semanas así, con la nueva y horrorosa rutina que se tragó a su delicada, perfecta y bella rutina anterior, produciéndole una terrible migraña que desembocaba en las lágrimas silenciosas y cortas, como si una sordina habitara en su garganta. Después callaba. El silencio. El silencio total comenzaba al albor. Cuando la cocina empezaba a iluminarse, el perro callaba, su esposo callaba, todos seguían durmiendo y, por un instante, la calma se restablecía. Como sí nada de eso hubiera sucedido, como si nada hubiera pasado y estuviera de nuevo, una vez más, en el último día en que duró su rutina perfecta. Apagó la hornilla. Con un guante tomó la olleta y vertió el contenido de la pequeña cacerola en una taza de arcilla, grande y vieja, con un corazón grabado en su interior y donosas flores en su exterior. El líquido hervía. Agregó dos cucharaditas de azúcar y un poco de crema. Al ver el sol por la ventana sintió como si todo lo de anoche sólo hubiera sido un mal sueño. Olió el aroma dulce y lo llevó a sus labios, pero no lo probó. Ya era de día, tendría que ir a ver si su esposo estaba bien. Automáticamente vació el contenido de la taza en el fregador, y olvidándose de sus problemas fue a su habitación mecánicamente, a despertar a su esposo, sin darse cuenta de que, bajo el fregadero (lleno de restos del líquido dulce y espeso rodeado por moscas), yacía una pila entera de tazas con restos del mismo líquido que ella bebía siempre todas las noches antes de volver a su cama vacía.
(*) Estudiante de 2do. Cs. en la UE. Colegio Calasanz. Cuento ganador del 1er. lugar en el Concurso de Cuentos del Colegio Calasanz.
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