Valencia, 20 de mayo de 2007

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Aguas Destiladas

Pedro Parra Delaud

Las lecturas que nos gustan son escasas. No están de moda. O lo estuvieron hace mucho tiempo. Leemos y releemos a distintas horas y a trancos. A veces nos sorprende un lenguaje orgulloso y brillante. Lo que nos hace el día feliz. Ese viejo lenguaje podría pasar ahora por áspero, rústico y torpe. Sin embargo, unos siglos atrás, fue el lenguaje cotidiano de claros ingenios de la lengua. Los catedráticos se han encargado de limarles las asperezas y hacerlo potable, hasta convertirlo en insípido, como las aguas destiladas.

Buscamos una novela picaresca del siglo XVI, en edición moderna. Nos llevamos tremenda decepción, porque recordamos ciertas frases de nuestras lecturas adolescentes (hechas en viejas ediciones) en las que el castellano se batía brillante y agudo. En la edición recién adquirida, el lenguaje ha sido amañado por el editor, suponemos que para hacerlo más comprensible y acercarlo al lector contemporáneo.

En un escrito divertido, Augusto Monterroso, el desaparecido escritor guatemalteco, cuenta de cómo se aficionó a la lectura de los llamados "clásicos". No fue por encumbradas virtudes, ni por un decir casto y grave. No. Lo cautivaron unas desvergonzadas palabras latinas, citadas al margen de una obra. No recordamos bien las palabras en latín, pero era la promesa de alguien que, arrepentido por una mala acción pasada, invocaba al dios tutelar: No volveré a cagarme en tu templo.

La Vida es sueño de Calderón, excelente. De los nombres de Cristo, inmejorable. Aquella hermosa égloga de Garcilaso, cuyos son estos versos: "Corrientes aguas, puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas". Qué decir de tantos otros tesoros. Sin embargo, para no desmayar de las delicias que se pueden encontrar en estos libros, acostumbramos tragar algunas píldoras de Quevedo, que al lado de su Julio César y de La cuna y la sepultura escribió su Buscón, o también, su Discurso de las ventajas y desventajas del ojo del culo, además de graciosos y picantes sonetos y letrillas. Y no solo en nuestra lengua sucede el fenómeno. Métase alguno en la lectura de Racine traducido (a veces pienso que hasta sin traducir) y verá como pronto la abandona. Pierre Corneille, una ladilla. Las Meditaciones de Bossuet, algo más que un bodrio. Si hasta el gran Moliere nos hace desesperar. Con muy buena voluntad se entra en el Infierno de la Divina Comedia de Dante, pero llegado al Cielo, no queda menos que decir que nos revienta. Los Triunfos de Petrarca se nos convierten en fracasos. Véase, en cambio, la alegría cuando se entra en la atmósfera del planeta llamado Rabelais. De solo imaginar al enorme Gargantúa orinando sobre París, nos destornillamos de la risa. Ese capítulo debería ser el inicio de toda enseñanza literaria.

En ocasiones vemos a los buenos padres buscándoles lecturas a sus hijos. Cosa muy natural. Es importante la cultura. Y los libros son cultura. Quien esto escribe se gana la vida como editor de libros para niños. Hay temas tabú en este negocio. La muerte es uno de ellos. Otro, las groserías. Por eso tratamos de ser correctos. Pero a veces "lo correcto" raya en la bobería. Y la bobería se convierte fácilmente en una de las formas de la hipocresía.

Destilar cualquier lectura es librarla de sus asperezas, para ofrecerla, donosa y limpia de toda rudeza, de toda vulgaridad. A veces, sin embargo, la vulgaridad no está en lo que se dice, sino en el tanto descascarar.

 

 

 

 

 

 


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