Valencia, 31 de agosto de 2008

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Dos cuentos de Andrés Cerceau

GUERRA

Muchas veces, en una ciudad en guerra, nos resulta fácil abrir un muro, un trozo de algo que pareciera ser una calle deformada por las bombas, e ingresar en un mundo más pacífico. Nada deslumbrante; quizás un pequeño jardín escoltado por edificios que ahora yacen en ruinas. Un parquecito interno habitado por un árbol noble, y cicatrizado por un tendedero con ropa que ya nadie recogerá, que nos permite refugiarnos del dolor que nos rodea.

Cada uno de nosotros libra una guerra propia dentro de sí, la cual se proyecta a una escala superior. Las ciudades son, así mismo, organismos vivientes que convulsionan bajo los efectos de sus catástrofes intestinas, pero la mente humana está llena de habitaciones vacías y pasadizos en donde la conciencia puede escapar del sufrimiento, y también los tienen las urbes.

Es increíble la cantidad de seres humanos que escapan día a día a su realidad, o a una de sus realidades, y penetran en una interminable red de caminos, parques, patios traseros, subterráneos, en donde la paz parece no haber muerto del todo. Duermen en las calles, o en algún hogar ajeno que ya nadie reclama. Algunas veces lloran por los que se han ido, aunque la mayor parte del tiempo permanecen rígidos, y uno puede reconocerlos por su mirada serena, como la mirada de la gente que esta acostumbrada a la pobreza, si convive el suficiente tiempo en su mundo.

Con escasa comida, juntan todo lo que pudieron salvar de las bibliotecas en llamas, y se reúnen a discutir sobre temas que en otro entorno resultarían triviales. Los viejos cuentan historias folclóricas a los más jóvenes con una memoria tan precisa que llena de esperanzas y permite olvidar, por momentos, la destrucción de obras de arte y libros invaluables que está teniendo lugar a tan solo un par de metros.

Fueron las condiciones de horror, las que me condujeron a esta suerte de secta humanista, en la que han vivido hasta ahora. Ha sido la única manera que han tenido de sobrevivir. Muchos dicen que lo único que hacen es construirse un mundo irreal para escapar de su entorno. Quizás tengan razón, pero en este mundo paralelo son más felices, o al menos no tan desdichados. En un mundo sofocado por la crueldad, esta existencia de paria es la única que les resulta tolerable.

 

EL MONJE

El monje, sin saber lo que tenía en sus manos, o sin considerarlo de mayor importancia, rompió el trozo de pergamino que más tarde sería solicitado por las autoridades de la abadía. Durante años de su vida, el monje se dedicó a recuperar los fragmentos desiguales y confusos de este texto misterioso. Deterioró su visión con un cristal de mal aumento, uniendo y restaurando los pedazos de un códice que comenzaba a revelar los secretos que la memoria, debilitada desde los comienzos de la Historia por el uso de la escritura, había olvidado hacía tanto tiempo. Se trataba de un manuscrito que recogía, ahora lo recordaba, uno de los muchos intentos fallidos de calcular la trayectoria de un proyectil.

Habiendo concluido su labor, aunque sin haber encontrado rasgos de relevancia en el papel, se dirigió, siguiendo las instrucciones del abad, a la biblioteca del monasterio, pero nadie parecía recordar el sofocante deseo de recuperar el manuscrito perdido, que hasta no hacía mucho, invadía a todos los miembros de la orden. Nadie excepto, tal vez, una nota torpe, probablemente del ahora difunto abad, que indicaba que el texto debía ir a parar a manos del rey.

Y partió de esa forma el monje, con poco dinero y un trozo recompuesto de pergamino, que el tiempo ya se encargaría de deshacer nuevamente. Pero nadie quiso atenderlo. En la corte, los sabios despreciaron el trabajo de toda su vida, y negaron las peticiones del rey por conservarlo. Tampoco mostraron gran interés por él, el obispo de la ciudad o el jefe del ejército. Nadie en todo el reino dio importancia a aquel pedazo escrito de piel de cabra, y éste no tuvo más opción que resignarse a la voluntad del desuso.

 

Andrés Cerceau (Valencia, 1990). Escritor, fotógrafo y cineasta. Promotor de la Cinemateca Korova. Ha publicado ensayos breves y artículos en el Semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo. Volver es su primer cortometraje, basado en el cuento homónimo del poeta José Joaquín Burgos. Su obra fotográfica no se ha exhibido en público; sin embargo, está organizando su primera muestra individual. Posee tres cuentos en la "Antología Terrorista" del Grupo Li Po (Fundación Editorial El perro y la rana, Sistema Nacional de Imprentas, Carabobo; en proceso de edición).

 

 

 

 

 

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