Liberación

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San Agustín de Hipona, en sus Comentarios a los Salmos, afirma que el alma humana dominada por el pecado se asemeja a un país ocupado por un ejército extranjero. Esta comparación sintetiza, como lo señala el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, los diferentes “niveles de significación” de la palabra “liberación” (Teología de la liberación. Perspectivas, Ed. Sígueme, 1990).

El alma individual sólo llega a ser auténticamente libre, cuando se deshace de la tiranía que el pecado ejerce sobre ella. Y es esta libertad la que nos permite amar al prójimo sin los obstáculos impuestos por nuestros apegos o ataduras a “las cosas del mundo”. En el fondo, se trata de la misma idea plasmada en la famosa frase de San Pablo “Ama et fac quod vis” (“Ama y haz lo que quieras”). En términos no religiosos, diríamos que la conciencia sólo llega a ser plenamente libre cuando se desprende de los condicionamientos alienantes que subyugan su voluntad, su inteligencia y su sensibilidad.

El otro nivel de la liberación en el símil de San Agustín es el de la independencia nacional, que sólo se alcanza cuando los habitantes de un país logran gobernarse a sí mismos, sin estar sometidos al poderío de un Imperio extranjero. Un sinónimo moderno de este concepto de liberación sería el término “soberanía”.

Los fundadores del marxismo se ocuparon, en el siglo XIX, de la dominación ejercida sobre los trabajadores por los propietarios de los medios de producción. El sistema económico capitalista se caracteriza, desde esta perspectiva, por el antagonismo irreductible entre la burguesía (industrial, comercial y financiera) y el proletariado. Este último constituiría el sujeto histórico destinado a abolir la explotación burguesa. La liberación material y espiritual de los trabajadores se alcanzaría en la futura sociedad comunista, una vez que la revolución proletaria socialice o estatice la propiedad de los medios de producción, lo que traerá como consecuencia la desaparición progresiva de las clases sociales y del Estado.

Para Gutiérrez, la dimensión individual y la dimensión colectiva de la liberación se alimentan mutuamente, y ninguna de las dos es posible sin la realización plena y simultánea de la otra. En otras palabras, ningún individuo puede ser verdaderamente libre mientras forme parte de una sociedad clasista o su país esté ocupado por una potencia extranjera, y ninguna nación llegará a ser realmente soberana mientras se halle dividida en clases y la conciencia de sus ciudadanos siga siendo presa de la alienación.    

A las dimensiones anteriores habría que añadir la liberación femenina de la opresión ejercida por el hombre sobre la mujer en las sociedades patriarcales. Esta dominación de género es, a juicio de la antropóloga Riane Eisler (El cáliz y la espada, Ed. Cuatro Vientos, 1990), anterior al modo de producción capitalista, pues se remonta a finales del período Paleolítico. Su origen provendría de los pueblos nómadas dedicados al pastoreo y la veneración de dioses masculinos, que se vieron forzados a abandonar el Medio Oriente a causa de la desertización de los suelos. Estos pueblos arios, en busca de agua y tierras fértiles, ocuparon por la fuerza los territorios de antiquísimas comunidades mediterráneas adoradoras de las Diosas-Madres, con roles paritarios para hombres y mujeres. Para las feministas, la liberación de la dominación patriarcal traerá consigo el florecimiento de una nueva era de relaciones armoniosas y equitativas entre los géneros.   

El teólogo brasileño Leonardo Boff (San Francisco de Asís: Ternura y Vigor, Ed. Sal Terrae, 1990) llama la atención sobre otro enorme desafío: la emancipación de todas las criaturas vivientes de la depredación y el exterminio al que han sido sometidas por la voracidad de las sociedades industriales. La “fraternidad cósmica” sería el resultado ético-político de esta ampliación de la liberación amorosa de nuestra especie al ámbito planetario de la ecología.  

Todas estas expresiones del anhelo humano de liberación revelan que se trata de un problema complejo, multidimensional y en permanente transformación. El imperialismo es apenas uno de los rostros del monstruo de siete cabezas de la dominación. Por tanto, su derrota definitiva sólo será posible cuando nos emancipemos también de la alienación de la conciencia, de la dominación de clase, del patriarcado, del colonialismo y de la destrucción mecanizada de la naturaleza. Es una larga batalla la que tenemos por delante, en todos estos frentes, para alcanzar nuestra auténtica y completa liberación.

(*) Doctor en Estudios Culturales

E mail: [email protected]

Blog: culturacaribe.blogspot.com

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