"La Llorona" y la muerte del señor Artemio (2125507)

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Una lluviosa noche a finales de mayo de 2013, en que el cielo era cruzado de parte a parte por rayos que rasgaban en sedal de profundidad nocturna y en que la luna llena trataba inútilmente de mostrar su frío rostro plateado por entre las nubes, ocurrió el espantoso caso que a continuación les relatamos.

En un próspero hato ubicado en los confines del estado Apure, a orillas del río Apure, cerca de una localidad conocida como Abajo Higuerón, a unos 100 kilómetros de Guasdualito, municipio Páez, se llevó a cabo el escalofriante drama de ribetes sobrenaturales.

Aquella lúgubre noche, el señor Artemio Rodríguez regresaba a su hato proveniente de la casa de su compadre Arnoldo en la localidad del Estero Río Chiquito. Pese a su edad (70 años), Artemio era un veguero nato y estaba acostumbrado a esas jornadas en su cabalgadura.

Sobre su yegua alazana había andado unos 10 kilómetros y ya estaba en las tierras de su propiedad. Solo faltaba apenas menos de 1 kilómetro para estar en su casa, pero de repente… lo escuchó. Era un grito lastimero y escalofriante que le helaría la sangre “al más pintao”.

Algo agitado como su cabalgadura, tomó su escopeta y se dispuso a enfrentar el espectro que parecía querer cortarle el paso entre unos árboles del “sendero viejo”. No era la primera vez que escuchaba los gritos espectrales de “la Llorona”, pero esta vez su desventaja era que viajaba solo y que se le había hecho realmente tarde. De haberle echo caso a su compadre Arnoldo, no se le habrían dado las 11:00 de la noche en esos caminos olvidados de la civilización.

“La cosa más espantosa del mundo”

Armado de valor, disparó su escopeta con la intención de ahuyentar el espanto; luego avanzó a todo galope hacia la selva de galería que lo separaba de su casa para cruzarla como el rayo. Pero cuando pasaba bajo algunos poderosos samanes centenarios, “se descolgó del negro cielo la figura más espantosa del mundo”, según relataría más tarde el anciano en su febril lecho de muerte.

Era una mujer de rostro blanco cadavérico, con enormes colmillos, cabello aterradoramente desmelenado, ojos enormes y rojos, con la boca chorreando sangre que caía sobre los pliegues flotantes de su amplio vestido semitransparente y gusanos carcomiendo parte de los jirones de carnes putrefactas de sus huesos. El espanto voló sobre él y le clavó sus garras afiladas, abriéndole una enorme herida en el pecho y en el costado antes de seguir su vuelo demoníaco hacia los otros árboles.

Los gritos y los disparos de la escopeta hicieron que Roberto, el joven capataz de 25 años del hato (quien era como un hijo para Artemio), seguido de un grupo de peones, llegara al sitio. El fuerte ventarrón de la tempestad que mecía los árboles, sumado a la visión de Artemio, ensangrentado y tirado en el fango del camino, mientras que la yegua había huido sola en dirección a los establos, encogió el corazón de todos. Pronto se elevaron oraciones silentes y rezos escandalosos de los obreros, tratando de evitar que la demoníaca aparición volviera mientras ellos auxiliaban al patrón.

El día siguiente, fue particularmente gris. Artemio estuvo delirando. Gritaba alternativamente que le alejaran del espanto. Sudaba copiosamente y la fiebre ya no le abandonó jamás. Murió en su cama antes de que llegara el doctor que vendría de Guasdualito, acompañado de una comisión de la División para casos especiales del Cicpc, que al enterarse del asombroso hecho, decidió encargarse del caso.

En la subdelegación de San Fernando, les indicaron a los agentes para casos especiales, Carlos Salinas y Mario Pinto, que esto de pretender resolver esa muerte era algo descabellado. Pero ellos, aprovechando que estaban en Apure y movidos por la curiosidad profesional, decidieron por lo menos averiguar. Al llegar al hato, interrogaron a todos los obreros y a Roberto, el capataz. Era inútil, todos decían lo mismo: “al patrón se lo llevó ‘la Llorona’ ”.

Una luz sobre el misterio

Las mentes científicas y deductivas de ambos agentes aceptaban que en el mundo había cosas raras, pero aun así, decidieron aplicar la racionalidad y el método deductivo para tratar de esclarecer en algo aquella misteriosa muerte.

Duraron una semana en el hato. En ese tiempo, se mantuvieron en comunicación con la sede de la agencia en San Fernando, e hicieron algunos importantes descubrimientos. A la tercera vez de interrogar al capataz, le anunciaron que era el principal sospechoso de homicidio, pues no les había dicho que él era el heredero de la mitad de todos los bienes, como lo había dejado en su testamento el difunto Artemio.

El joven Roberto se estremeció. Su imponente figura de 1,80 de estatura, su recio rostro canela, sus cabellos lacios, sus manazas de lija y hasta sus ojos inquietos fueron inundados por la sorpresa y hasta el agradecimiento. Aunque era de pocas palabras, su sangre indígena indómita corría a torrentes por todo su cuerpo y decidió contar lo que sabía, por agradecimiento al único padre que había conocido en su vida, según dijo.

Artemio lo había rescatado de la muerte cuando, apenas con 7 años de edad, lo consiguió a la deriva en una canoa en el río Apure. Siendo Artemio un hombre soltero, lo crió como mejor pudo, con la fortaleza necesaria para sobrevivir en aquellas inhóspitas regiones que tanto amaban.

Explicó también que Artemio tenía una hija de unos 26 años, quien jamás había visitado el hato por considerarlo una zona salvaje. Esta muchacha odiaba el llano con la intensidad con que ellos lo amaban. Roberto dijo que solo sabía de ella que se llamaba Josy y que en varias oportunidades Artemio le había dicho que ella llevaba una vida de perdición en la ciudad de Caracas y que un día le escribió para exigir su herencia. Cuando la chica se enteró de que Artemio estaba a punto de desheredarla a favor de Roberto, le escribió maldiciones y juró que se vengaría.

Antes estas revelaciones, los agentes se emocionaron por la perspectiva e hicieron investigar en la lejana Caracas a la mala hija de Artemio. Se conoció que ella no estaba en la capital. Hacía días había volado a San Fernando de Apure, pero nunca había llegado al hato.

Rastreando sus tarjetas de débito y crédito, se conoció que estaba hospedada una semana antes de la muerte de Artemio en un hotelucho de Guasdualito. De ahí había salido dos días antes de la muerte de Artemio y ya no se sabía su paradero.

La cabaña de “la Llorona”

Los agentes preguntaron a Roberto si había llegado algún forastero al hato en los últimos meses, y la respuesta fue afirmativa. El señor Artemio se compadeció de un citadino que le pidió trabajo y le asignó habitar una cabaña río abajo, para que cuidara una plantación de hortalizas.

Los agentes Carlos y Mario les pidieron a Roberto y a una cuadrilla de peones que los acompañaran a esa cabaña. La sorpresa fue mayúscula. Ahí consiguieron al forastero y… ¡a la hija de Artemio!

Brevemente, Carlos y Mario les explicaron a los hombres que ella era “la Llorona”. Había mandado a su amante para que pidiera trabajo a su papá Artemio y una vez ahí, conociera los pormenores de sus idas y venidas. Así que sabiendo que Artemio cada vez visitaba a su compadre en Estero Río Chiquito y que a veces volvía muy tarde, diseñaron el plan para matarlo haciendo creer que el espanto de “la Llorona” había sido el asesino.

Los agentes explicaron que se dieron cuenta de que en la escena del crimen no había huellas más que de la yegua y de Artemio al caer. Eso hizo parecer que un espanto volador lo había atacado. Cuando la verdad era que al revisar los grandes samanes de la zona, descubrieron restos de sogas de alpinista y equipo de los que se utilizan en los saltos de bungee.

Al investigar a la hija del pobre Artemio, se descubrió que estaba enredada con un chulo también adicto a los deportes extremos y hasta alpinista. Ella por su parte, actriz medianamente aceptable de obras de teatro de bajo presupuesto, consiguió el disfraz y con un impresionante sistema de poleas y sogas de alpinismo hatadas de un árbol a otro, lograron un espectacular y aterrador efecto sobre la víctima. La herida infligida a Artemio no fue por las garras de “la Llorona”, sino por un cuchillo que la infame hija llevaba en sus manos al pasar cerca de él y lanzarle para asesinarlo.

Los confundidos vegueros preguntaron entonces cómo era que el pobre señor Artemio dijo haber visto hasta gusanos y sangre saliendo de la boca del esquelético espanto, a lo que los investigadores respondieron: “eso fue parte de ‘los efectos especiales’ fabricados en la misma mente del señor Artemio. Cuando el cerebro está asustado, magnifica el peligro, hace que los ojos vean visiones y trata de que el cuerpo se defienda de una manera sobrenatural movido por torrentes de adrenalina”.

Las pruebas de que la hija y su amante asesinaron Artemio estaban todas en la cabaña: el cuchillo, el disfraz de “Llorona”, el aparato portátil para amplificar el sonido, las cuerdas y el resto de las cosas. En realidad, ella mató a su padre por nada. Ya él la había desheredado. Solo le dejó un negocito y una casa en Caracas para poder vivir. Pero en el testamento, quedaba plasmado que Roberto, su hijo espiritual, solo le cedería una parte de la fortuna a ella si demostraba ser digna.

Una noche antes de salir para San Fernando para poner a orden de la fiscalía a la pareja de asesinos, un grito aterrador se dejó escuchar en la distancia. Carlos y Mario se vieron confundidos, y Roberto y otros baquianos solo dijeron: “ésa sí es ‘la Llorona’ ”. Caso resuelto.

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