Lo asesinaron por un puñado de billetes (2130741)

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El escritor, historiador y filósofo francés Voltaire (1694-1778) dijo una vez que quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciéndolo todo por el cochino dinero. Aunque él no utilizó la palabra “cochino”, pudo haberlo hecho de haber conocido la sociedad actual, dado que este bien tan preciado es el móvil principal de los crímenes que se cometen alrededor del mundo, muy por encima de las ideologías, las religiones, los celos, la ira, el egoísmo, entre otras vilezas humanas.

El escabroso caso que a continuación relatamos ocurrió un caluroso día de febrero en una entidad bancaria del municipio Puerto Cabello del estado Carabobo. Un joven de 25 años de edad, de nombre Mauricio Rendón, vestido con camisa azul, pantalón jean y zapatos deportivos, acudió a retirar una suma de 20 mil bolívares con la cual iba a comprarse una moto para trabajar como mototaxista.

El cajero del banco, un sujeto blanco, “chupao” y flaco como un pollo sin sangre, le atendió de una manera muy cordial y le contó en su cara dos veces la cantidad al impaciente cliente, quien metió la plata en una bolsa de papel como donde meten los panes en las panaderías, y salió feliz.

Frente al banco, se le ocurrió usar mil para comprar otra cosa en el camino y cometió la imprudencia de sacar una paca y ponerse a contarla ahí mismo en la calle, sintiéndose confiado porque había mucha gente “normal” a su alrededor.

Los zamuros de la muerte

Fue en ese instante cuando llegaron los zamuros de la muerte a bordo de una moto. Con agilidad rapaz, el motorizado le frenó “en los pies” a Rendón, mientras que el diabólico parrillero le descerrajaba un demoledor tiro en la cabeza al pobre hombre, a quien solo le dio tiempo de pelar los ojos y gritar un “¡nooooo!” escalofriante.

La bala le destrozó el cráneo, proyectando un horroroso chorro de sangre y sesos hacia adelante, mientras que su cuerpo fue impulsado hacia atrás por el poderoso impacto. Al caer, la sabandija asesina saltó sobre su presa arrebatándole la bolsa donde llevaba el dinero. Fue tal la codicia del criminal, que hasta se entretuvo recogiendo los billetes ensangrentados que la víctima había soltado regándolos por el suelo. Luego, subió a la moto y se largó con su cómplice en el crimen.

Al llegar los agentes para casos especiales del Cicpc a la escena del crimen, se percataron de que los criminales fueron tan hábiles en esperar a que su víctima caminara fuera del rango de las cámaras de seguridad de la fachada del banco, y que en los locales cercanos no había este tipo de aparatos de vigilancia.

Un carrancho ‘e moto

y un pollo raquítico

Los testigos dijeron que los asesinos tenían pasamontañas, por lo cual no era posible hacer un retrato hablado para su identificación. Sobre la moto, dijeron que era “un carrancho ‘e moto” que echaba mucho humo, pero no pudieron verle la placa. Sobre la ropa y el aspecto de los tipos, nadie supo dar detalles. Todos coincidieron en que “eran los dos flacos raquíticos como esqueletos”. Pero eso no servía de mucho a la investigación. Parecía otro caso destinado a archivarse sin que los asesinos pagaran por su culpa.

Esa posibilidad era chocante. Así que los investigadores Carlos Salinas y Mario Pinto decidieron apuntar sus baterías a un objetivo más lógico, que sorprendentemente casi siempre era pasado por alto pese a su implicación en casos de motobanquistas: ¡el cajero del banco!

El pollo raquítico, que era el cajero que ese día había atendido a Rendón, fue citado para interrogatorio. Negó rotundamente su participación en el hecho e incluso se ofendió por la sugerencia. Los agentes pidieron una orden a la fiscal para averiguar las llamadas y los mensajes de texto del cajero, y la obtuvieron.

Un WhatsApp sospechoso

El día del crimen, el cajero no había llamado a nadie. Pero había escrito un WhatsApp a un número sin nombre grabado en el aparato. El mensaje decía solo: “Ca. Mdb”. Eso fue descorazonador, pero también un buen indicio. Los agentes pidieron a la fiscal acusar al cajero por lo menos de concierto para delinquir, pero la fiscal casi los patea. –“¿Están dementes? ¿Qué dirá el juez si le muestro este mensaje como evidencia? Eso puede significar cualquier cosa. Incluso ‘comí arequipe. Me duele la barriga’ ”.

Los agentes no se dieron por vencidos. Estaban seguros de que el mensaje en clave decía: “Camisa azul. Metió el dinero en la bolsa”. Era una especie de contraseña no incriminatoria. Quizás el cajero era muy astuto, pero sus cómplices motobanquistas eran bestias primitivas y ahí estaba el punto flaco del crimen y robo “perfecto”.

Habiendo pasado apenas 2 días del crimen, los agentes decidieron ubicar la calle por donde algunos testigos circunstanciales indicaron que había huido la moto. Así que, en ese mismo sector, ubicaron varias tiendas que tenían cámaras de seguridad en funcionamiento y pidieron la colaboración de los propietarios para analizar los vídeos.

El que por billete mata,

por billete muere

Cerca de la hora y fecha del homicidio, vieron pasar una moto destartalada que echaba humo, a lo largo del malecón, en dirección hacia la antigua Compañía Guipuzcoana. Seguros de que ése era el coto de caza de los motobanquistas, los agentes vigilaron la zona de incógnito, pero no consiguieron nada. Pero al tercer día, decidieron que era mejor esperar de incógnito a que el cajero saliera del banco. Le siguieron y… ¡bingo! Constataron lo que estaban sospechando. A través de los cristales oscuros de su carrito Century año 87 que usaban para vigilancia, fotografiaron en el malecón, a orilla del mar, la entrevista entre dos sujetos que llegaron en una moto echando humo y el cajero.

Cuando tenían las pruebas fotográficas que podían ser usadas en un juicio (pese a que no estaban identificados los motorizados), los agentes le dieron la voz de alto al trío del mal. El cajero, quien era el cerebro maligno de la operación, se rindió chillando incondicionalmente, pero uno de los motobanquistas peló por una pistola y les cayó a plomo a Carlos y a Mario.

Se salvaron de chiripa. Ellos respondieron y el sujeto que había disparado cayó abatido en una nube atomizada de sangre sobre los adoquines del malecón. El otro se rindió llorando a moco suelto que no le hicieran nada. El individuo abatido era el parrillero que asesinó al joven Rendón. Por justicia divina o por ironías del destino, así como su víctima, el matador también pereció empuñando los billetes, pues al momento de ser descubierto, los tenía en las manos para darle su parte al maléfico cajero de banco, que junto al otro criminal que conducía la moto, fue a pasar “unas largas vacaciones al penal de Tocuyito”. Caso resuelto.

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