Madure, señor Maduro

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Quien oye consejo, llega a viejo. Y la sordera puede ser la peor desgracia que pueda ocurrirle a un gobernante. En la historia universal abundan los ejemplos. Aquí van algunos.
Al presidente Lyndon B. Johnson le aconsejaron hasta el cansancio que buscara cómo negociar un tratado de paz en Vietnam. Hizo caso omiso y eso le costó su carrera política. A Nixon le dijeron que debía decir la verdad cuando explotó el asunto de las cintas de watergate. No hacerlo le costó la Presidencia y el posterior descrédito.
A Simón Bolívar le aconsejaron que diera mayor peso a Venezuela en la estructura organizacional de la creada Colombia. Su arrogancia la pagó con el separatismo que impulsó al despreciar a los venezolanos.
A Fujimori le sugirieron que descartara a montesinos. No tener el valor de hacerlo le costó la Presidencia, prestigio y cárcel.
A Carlos Andrés Pérez le reclamaron que en su segundo Gobierno dejara como la guayabera a miembros de su partido y armara gabinete con "ajenos". Desoír consejos le costó la Presidencia. Y esa multitud que había votado por él no lo defendió cuando lo botaron.
A José Antonio Páez le aconsejaron no tener estrechez con Monagas. Todos sabemos cómo terminó la amistad. A Cipriano Castro le alertaron de la peligrosidad de su compadre Juan Vicente Gómez. El benemérito se comió en caldo e'ñame a El Cabito y luego solemnemente escupió sus históricos huesos.
Si uno curucutea en la historia reciente de Colombia, hallará claros indicios de cómo Santos quería serrucharle el coroto a Uribe. Frases, declaraciones, comentarios y una avalancha de alabanzas. Y miren cómo está hoy la cosa. Nunca se ha sabido a ciencia cierta quién mató a Luis Donaldo Colosio, pero siempre se ha sospechado que fue un crimen encargado por gente de sus propias filas a quienes no convenía los cambios que quería hacer. A Julio César lo mataron sus íntimos.
No me cansaré de aconsejar al presidente Maduro. El peligro lo acecha y no precisamente desde las filas de la oposición, o desde el "imperio", o los vecinos. Le han sembrado una paranoia. La cicuta empero la tiene en su entorno, pues es allí donde hay más interés en que su Gobierno falle. Maduro podría hacerlo medianamente bien, o al menos regular. No hay razón para estas tortas que está poniendo, o que lo obligan a poner. Su Gobierno no tiene por qué ser este caos cotidiano, este dramón de teleculebra.
Parece que buscara el pleito, que anduviese alborotando avisperos por puro placer. Dice y hace inconveniencias. Y da permanentemente la sensación de no estar en control del coroto. El control de nada, de ninguna decisión, de la agenda de Gobierno. La gente lo comenta en la calle, en la arepera, en el metro, en el autobús, en las oficinas. En las colas en los mercados y farmacias. En todas partes. Dicen que habla sin parar pero que el guión lo escribe otro. U otros… y otras. Dentro y fuera de Venezuela. Dicen que el Gobierno está en otras manos, no precisamente santas. Dicen que hay todo tipo de intereses creados. Que la debacle de Venezuela beneficia a algunos. Y dicen que no saben bien si lo del Presidente es ingenuidad, bobería o complicidad.
Madure, señor Maduro. Mire las encuestas. Ponga el oído en la tierra. La gente está hablando clarito. El pueblo, señor Presidente, no está para nada contento. Se está indignando en serio. Y eso es peligroso, muy peligroso. Se lo digo de veras. De buena nota. Haga caso. Mire que el cambur verde mancha.

 

El silencio es el asesino de la democracia

 

(*) Comunicador social
E-mail: [email protected]
Twitter: @solmorillob
www.soledadmorillob.blogspot.com

 

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