Maduro, el hombre tras la crisis

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No niego la virtud de sorprender del Presidente de la República. Tiene una capacidad increíble para potenciar situaciones negativas. Cuando uno creía que ya no lo podía hacer peor, porque la ineficiencia de su Gobierno propulsó la inflación, la escasez y la inseguridad a niveles estratosféricos, montó un teatro para darle "navidad a todos los venezolanos" con la idea de asegurar votos en las elecciones de diciembre pasado para su partido y rebajó todos los productos, sobre todo los televisores pantalla plana, neveras y lavadoras por decreto, con lo cual logró, no solo que desaparecieran hasta hoy, sino un terrible efecto cascada.

El panorama de noviembre y principios de diciembre en las principales ciudades venezolanas fue de larguísimas colas frente a las tiendas, algunas de las cuales cerraron para no abrir más y otras permanecen peladas hasta hoy. En enero, el desabastecimiento y el desempleo hacían olas. Todo gracias a la idea maravillosa de Maduro para acabar con el malestar por la inflación y la carestía.

Después, estudiantes que protestaban por la violación de una compañera dentro del campus universitario, que querían una respuesta a sus problemas de inseguridad y que se hubieran conformado con una  mesa de discusión para que los tomaran en cuenta, fueron a protestar frente a la casa de Gobierno  del Táchira y fueron recibidos a trancazo limpio. No hubo mesa de discusión, sino insultos y golpes. El resto es historia.
El pésimo manejo de una crisis universitaria no solo revivió a las "manitas blancas" en todo el país, sino que reforzó a la oposición radical y sumó de nuevo multitudes de ciudadanos a marchas de protestas que no se han detenido hasta hoy.  La misma Guardia Nacional reconoce que ahora la emboscan civiles armados en las avenidas de Caracas. ¿De dónde salieron? ¿No y que éramos un pueblo feliz que estaba celebrando, primero la navidad y luego el carnaval, en pleno ejercicio tercermundista de los puentes y fiestas populares para tapar el hambre y las colas con el circo?
Maduro nunca tendió una mano a los manifestantes. Para él, siempre fueron revoltosos malintencionados y delincuentes. Pero, obligado por las circunstancias: Decenas de muertos y más de 1.000 detenidos, convocó una conferencia de paz donde no había ningún representante verdadero de la protesta, es más, del lado del Gobierno se destacaban no los conciliadores, sino los políticos vociferantes, haciendo méritos con el régimen, tipo Blanca Eekhout y Aristóbulo Istúriz. Como diría felizmente Henrique Capriles, nadie va a conversar con una pistola en la cabeza. Ahí se acabó con el arbitraje y la paz. No hubo sino más insultos, barricadas, piedras y bombas lacrimógenas los días siguientes. 

Pero, Maduro es una cajita de puro asombro. Pensábamos tal vez ingenuamente que el conflicto era puramente interno. Sin embargo, en efectivo manejo de la crisis, la volvió a poner peor.

En vista de una "campaña internacional" que muestra los excesos y la escalada de violencia en Venezuela, Panamá (a la que le debemos 2.000 millones de dólares) insistió en una reunión de la OEA para ver si se lograba el arbitraje que había fracasado en Caracas, bajaba la represión del Gobierno y por ende las llamadas de auxilio de los venezolanos en todo el planeta, que deben tener fastidiado a más de uno. 

Aunque el embajador Chaderton hizo un pase de torero a ver si evitaba la convocatoria y el canciller Jaua protagonizó una gira internacional para lo mismo, el presidente panameño Martinelli insistió.
La reunión hubiese podido resolverse tal vez con unos cuantos discursos encendidos, porque si a ver vamos, la había precedido una declaración tibia del secretario general, (qué raro) José Miguel Insulza, aseverando que en Venezuela no había ruptura de la democracia "por lo cual no debía realizarse una reunión de consulta de cancilleres", sino enviar una misión "si los dos lados la aceptan". 

Pero Maduro no pudo con eso. No se calló ni dejó pasar el asunto. Volvió a la carga, rompió relaciones con Panamá, insultó a Martinelli, mandó al mismísimo infierno a la OEA, por ende a su Secretario General y provocó una crisis diplomática de proporciones con un país al que Venezuela le debe el oro y el moro, simplemente por un vicio administrativo, sin recordar que a Chávez estos excesos  le quedaban graciosos, según algunos,  pero a él no. A lo mejor, el asunto no hubiese pasado de unos cuantos discursos encendidos y dos saludos a la bandera en la famosa reunión de la OEA. Ahora, quedó de bulto que los estudiantes y quienes protestan en Venezuela tienen enfrente a un gobernante fuera de sí y que es cierto todo lo que se dice de las constantes violaciones a los derechos humanos por parte del ejército y los grupos paramilitares del Gobierno en Venezuela, porque si  Maduro insulta, amenaza y rompe relaciones con esa facilidad, ¿qué no hará con un opositor desarmado?

En Caracas, Valencia, Mérida, Táchira, Nueva Esparta, el manejo autoritario del conflicto provoca encuentros armados en avenidas residenciales, el diálogo parece cada vez más lejano y las conferencias de paz que preside el Gobierno forman parte de la  escenografía. Nadie espera que en realidad en ellas se siente nadie a hablar de ningún tema válido para acabar con la crisis. Maduro agota sus armas, mientras los radicales toman las calles. Y la comunidad internacional, insultada y escupida, toma nota. 

 

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