Matar al bachaquero

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Hay una actitud  que me preocupa entre los venezolanos que hoy hacemos frente a nuestra tremenda crisis económica. Uno de nuestros personajes  más comunes, omnipresente en las colas y en la frontera, es alguien  que llega súper temprano a las filas que esperan por alimentos y que tiene como oficio quedarse allí  para comprar lo que haya,  que después revende  en la ciudad o pasa de contrabando por la frontera para obtener ganancias en otro país. 

Tanto es así, que  se le ha dado el hombre de un insecto fuerte y temido, el bachaco. 

Comprar barato y vender caro, siempre ha sido la base del éxito económico, pero en Venezuela esa actividad está complicada con la política, porque la escasez actual viene precisamente de la decisión  del gobierno de favorecer la importación y a empresas extranjeras más que a las nacionales. De combatir a los empresarios porque en su mayoría son contrarios a la ideología socialista, debido al uso extremo de los controles de producción.

Los gobiernos socialistas y comunistas, sostienen la máxima intervención del Estado en la economía.  Regular la producción  completamente, desde los precios a los inventarios, pasando por el transporte de mercancía, su importación o exportación es su obsesión. Por eso, este gobierno bolivariano y por definición “antiimperialista”, se opone a la actividad del empresario venezolano, medio que se levantó en una democracia abierta al libre mercado y alérgica a los controles. 

En esa guerra, Venezuela ha vivido durante estos  regímenes  bolivarianos  una lenta y angustiosa eliminación de grupos empresariales. Apostaron por expropiar para hacer producir a empresas dirigidas por sindicatos afines al gobierno. Pero esa vía fracasó. Acabaron con los plátanos del sur del lago, con las azucareras de occidente, con los sembradíos de café de la frontera, con el papel, casi han terminado con la explotación pesquera y con las cadenas de frío, así como con los proveedores de materiales agrícolas.

Los retardos de las empresas que aún quedan en los pagos a las casas matrices o a sus proveedores, las grandes estafas que se produjeron con importación de alimentos vencidos o por vencer (Pdval) o de  productos que se abandonaron porque alguien no pagaba un derecho inventado por gestores, que  ganaron millones desde sus puestos de trabajo, inclusive inventando centros de acopio de gasolina para desviar la producción  a Colombia (uno de los últimos desastres descubiertos en Pdvsa), otorgando contratos a dedo a empresas extranjeras que nunca hicieron nada (Fondo Chino) o simplemente  aprobando “dólares de Cadivi” a empresas de maletín (Giordani dixit), nos trajeron estos supermercados vacíos, estas farmacias sin pañales ni inyectadoras, estas colas de todos los días. A estas gritaderas en las puertas de las empresas de celulares porque a alguien le dieron el pitazo que estaban “llegando teléfonos”. 

En este cuadro, hay cantidad de gente  que antes dependía de una misión, de esas que inventaron  para hacer clientelismo político y ahora les pagan tarde, mañana o nunca. O que perdió el trabajo. Que no tiene empleo estable, pero encontró qué hacer para conseguir dinero. Guardar puestos en las colas. Irse con la familia a comprar café, harina precocida, leche, champú, suavizante, lo que sea. Unos lo revenden debajo de un puente o en una acera, otros van a llevarlo a peluquerías, oficinas, notarías, universidades, colegios. Ya tienen sus clientes. También hay quienes dependen de unos jefes que los usan como un ejército de compradores y  poseen la estructura y contactos suficientes para vender tras la frontera o surtir a empresas  o a grupos.

Matan uno y quedan mil, precisamente como los bachacos. Y la gente que va a comprar una vez a la semana y que se cala colas de dos o tres horas, los mira con rabia, porque cree que el efecto es la causa.

Y no, es como cuando a uno le dan una mala noticia y se nos ocurre matar al mensajero.

No hay que matar a los bachaqueros. Son simplemente un efecto. No son ellos los que acabaron con la abundancia en los estantes de los supermercados, ni los que terminaron  con la harina, el fregapisos, el jabón azul, las pinturas de labio, las toallas sanitarias, los tampones, las medicinas, las afeitadoras o  las múltiples marcas de champú. 

Es la política del control de precios, de la sustitución de importaciones por una producción nacional que nunca arrancó,  corroída por la desidia, la corrupción y la ineficacia.  De la eliminación de la “burguesía nacional exportadora”, del estrangulamiento de los puertos venezolanos, de mano ancha con los corruptos y estrangulamiento a los importadores de verdad-verdad, que ha paralizado la entrada de los pocos productos que pueden  lograr llegar al país e hizo desaparecer nuestra producción nacional. ¿Cómo podemos encontrar harina, carne, granos en un país donde  el control de los camiones de los empresarios enemigos es feroz,  a base de las famosas guías y donde se pena tener inventarios de más de dos días?

De esas torpezas no puede ser responsable ningún bachaco por antipático que nos parezca. No matemos al bachaquero. Él no creó esta crisis. 

 

Lucy Gómez (*)

(*) Periodista; editora jefe de la corresponsalía de Notitarde en Caracas.

E-mail: [email protected]

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