Messi barre

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Peters Albers
Peters Albers

Albersidades

Podría uno suponer que a Venezuela viene algún turista. Tendría que ser uno de esos a los cuales les gusta el peligro, uno de esos amantes del llamado “turismo de aventura”, a quienes, en lugar de las comodidades de un buen hotel, del disfrute de una apacible playa a la sombra de unos cocoteros o el tranquilo paseo por un sendero montañoso, les apetezca el transitar por calles oscuras donde pululen los delincuentes mejor armados que los policías, los secuestradores al acecho del incauto poseedor de dólares, los hambrientos en busca de un pedazo de carne podrida, dispuestos a cualquier cosa para satisfacer sus semanas o meses de hambre. Porque, a pesar de sus riquezas y bellezas naturales, este es un país al cual nadie desea venir y del cual muchos desean irse.

Pero sigamos con nuestro hipotético turista. Supongamos también que se le ocurre venir a esta ciudad. Un reciente estudio, hecho por una empresa que se ocupa de esas cosas, concluyó que cuatro de nuestras ciudades (Caracas, Maturín, Puerto Ordaz y Valencia) están entre las veinte ciudades más peligrosas del mundo, así que esa visita de ese hipotético turista es absolutamente inconcebible, pero, de todos modos, supongamos que el tipo es tan valiente que se arriesga a visitarnos para admirar las bellezas valencianas: nuestra hermosa Avenida Bolívar, adornada por alambradas y materiales de construcción, oxidados y enmontados, en los sitios donde alguien debería estar construyendo las estaciones de nuestro quelónido Metro; contemplaría nuestras calles decoradas con montones de basura; y se maravillaría viendo la manera como nuestros vehículos son conducidos, sin atender a los semáforos ni a los rayados, por alienados conductores por cuyas venas corre sangre envenenada de agresividad y absoluta falta de respeto a las leyes, y “controlados” por policías de tránsito a la caza de un fajo de billetes que les resuelva su ambición o, al menos, su propia hambre.

Pero lo que más le llamaría la atención es ver cómo los jugadores de fútbol de “la Vinotinto”, en los momentos cuando no están de gira o entrenando, se dedican a barrer las calles. Le parecería un gesto demostrativo del amor de esos futbolistas por nuestra ciudad, una manifestación de desprendimiento y de sentido de pertenencia nunca visto. ¿Se imaginan los españoles el impacto publicitario que sería ver a los jugadores del Real Madrid barriendo la Gran Vía, o los alrededores de la Puerta del Sol, o a Leo Messi y sus compañeros acicalando los parterres de la Rambla? Pero que no se engañe el turista, pues no son los muchachos de Dudamel quienes, altruistamente, colaboran en el embellecimiento de Valencia. Son empleados del gobierno regional, uniformados así por nuestro flamante gobernador, aficionado al balompié hasta el punto de disfrazarse, en su campaña electoral, de delantero de la selección venezolana.

No podrá entender nuestro hipotético turista, por más que se lo expliquemos, que es una costumbre muy venezolana el asociar los servicios públicos con el gobernante de turno, como si su propiedad privada fueran las patrullas de policía, los camiones recolectores de basura, las ambulancias de protección civil, o cualquiera otro objeto que le sirva de propaganda política a sus efectistas acciones administrativas. Los funcionarios y servidores públicos visten uniformes al antojo del jefe de turno. Las instituciones no tienen un logotipos; el jefe sí.

No hay sentido de pertenencia patriótica ni regional: pertenecemos al gobernante de turno.

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@peterkalbers

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