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Miércoles Criminal

martes, 18 de agosto de 2015

Investigación criminal

Dejó calcinar a su familia, pero él ardió en el infierno (2485835)

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Dejó calcinar a su familia,  pero él ardió en el infierno (2485835)

Hay una frase célebre del político y veterano de la guerra civil estadounidense, Robert Green Ingersoll que dice:  en la vida no hay premios ni castigos, sino consecuencias . Lamentablemente el macabro protagonista de la historia que a continuación relatamos parecía ignorar olímpicamente que sus actos delictivos lo llevarían a las más nefastas consecuencias.

Todo ocurrió al sur de Valencia, estado Carabobo, a principios de año. Un chamo de 18 años de edad, que se creía que se las sabía todas más una, ignoró los consejos de su abnegada madre y los de su hermana mayor y abandonó los estudios para agarrar el camino de la delincuencia.

El muchacho, de nombre Óliver Benítez, dormía de día y salía en las noches como un atormentado espíritu para, al amparo de la más abyecta oscuridad, tratar de saltar sobre sus víctimas y destrozarlas a zarpazos de cuchillo o desbaratarlas a tiros sin piedad, para luego huir con los despojos como un carroñero.

Ni la madre, la señora Olga Benítez, de 55, ni la hermana Patricia Benítez, de 25, entendían por qué Óliver, de un año para acá, se había transformado. No tenía razones para eso. Nunca había pasado trabajo, pues aunque luego de su nacimiento el padre los había abandonado a los tres para nunca más volver, la señora Olga siempre se había partido el lomo vendiendo empanadas y planchando ajeno para que sus dos hijos no pasaran trabajo.

Incluso Olga, antes de cumplir la mayoría de edad, ayudaba a trabajar a su mamá y siguió estudiando hasta lograr graduarse de licenciada en enfermería, por lo que había obtenido un buen trabajo en una clínica privada del norte de la ciudad. Pero sin darse cuenta, entre ambas habían convertido en un sinvergüenza a Óliver, a quien le toleraban de todo por ser el más chiquito de la casa.

No se dieron cuenta, pero Óliver andaba en malas juntas y hacía meses que ya se había hecho un adicto a las drogas. Este hecho, que la madre y la hermana se negaban a aceptar, era la razón de que ahora  su muchachito se hubiera convertido en un sangriento depredador social que podría llevarlas a ellas mismas a la perdición.

Amenazó con detonar a

su mamá y a su hermana

Los últimos días del mes de julio de 2015, las cosas empeoraron. Ya ni la mamá ni la hermana podían negar que Óliver se estuviera metiendo porquerías en el organismo, porque él mismo se lo confesó descaradamente y hasta las amenazó con  explotarles las patas si sapeaban a sus panitas o a él mismo con la Policía .

Era espantoso. Ni la señora Olga ni Patricia reconocían a Óliver. Ya no era él; la droga había hecho su trabajo de convertirlo en un monstruo y reconocieron que hasta ellas mismas estaban en peligro.

Una tarde, Óliver robó dinero a su madre y se llevó el televisor que había comprado Patricia, vendiéndolo por  cuatro lochas para completar y comprar su dosis de droga. Otro día, llegaron buscándolo a la casa unos sujetos extraños que golpearon a madre e hija porque no le decían dónde estaba Óliver. En otra oportunidad, fue la Policía la que allanó la casa en busca de Óliver, a quien acusaban de haber asesinado a un colector de una camionetica de pasajeros.

Una copa de rebosante venganza

A tal punto llegaron las dos mujeres, que hubieron de arriesgarse a correr a Óliver de la casa. Éste se largó, pero antes& les hizo una escalofriante predicción:  se van a morir quemadas en el infierno .

Pasó apenas una semana y la señora Olga y su hija Patricia, con todo el dolor de sus almas, estaban arreglándolo todo para vender la casa y mudarse a otra zona donde no estuvieran tan a merced de Óliver ni de las acciones que cometiera y que pudieran afectarlas a ellas.

Desgraciadamente, por esos días, Óliver participó en el asesinato de un adolescente de 16 años, al cual sacaron a arrastras de una camionetica de pasajeros, le metieron una brutal paliza y lo ajusticiaron a tiros mientras que suplicaba desgarradoramente por su vida. Óliver y sus demás compinches asesinos huyeron, pero la desgracia no terminaría ahí.

Tres de los compinches del adolescente asesinado juraron tomar su copa rebosante de sangrienta venganza. Fue así que un fin de semana, llegaron a la casa de Óliver. Los vengadores gritaban frente a la vivienda para que saliera, pero solo dieron la cara la aterrorizada mamá, Olga, y su hija Patricia. Trataron de hacer entender a los enceguecidos sujetos que iban por la cabeza de Óliver que él no estaba en la casa y que ellas lo habían corrido.

Dos humanos y tres

perros calcinados

Los demonios enardecidos les cayeron a tiros a la pobre señora Olga y a Patricia. Ambas, víctimas de los dementes asesinos, cayeron sobre un enorme charco de sangre en el umbral de la puerta.

No conformes con esa monstruosidad, como una horda de hunos, pasaron sobre los cadáveres de las dos mujeres, pateándolos y disparando nuevamente por placer diabólico sobre ellos. Se llevaron lo que pudieron y le metieron candela a la casa, la cual se quemó hasta sus cimientos, calcinando los cadáveres de la señora Olga y de su hija Patricia.

Tres perros que estaban en el patio de la vivienda también murieron asfixiados por el humo y sus cadáveres también se quemaron hasta el hueso. Nadie en la comunidad se atrevió a intervenir. Fue solo cuando los asesinos malditos se largaron que algunos vecinos intentaron extinguir las llamas y llamaron a los bomberos y a la Policía.

Según se dijo en la zona, el hijo de la pobre señora Olga ni se acercó a la casa convertida en una ruina humeante, ni siquiera para ver los cadáveres calcinados de su madre y de su hermana, quienes pagaron las consecuencias de sus viles acciones.

Lo esperaban en la quinta

paila del infierno

Algunos vecinos dirían después que los tres asesinos de la señora Olga y de su hija Patricia fueron muriendo uno por uno en extrañas circunstancias en un lapso de tres meses y todos por quemaduras. Al saber de eso, el perverso Óliver quiso escapar de la muerte que parecía le estaba pisando los talones. Se mudó a Puerto Cabello y por allá duró unos tres meses más. Pero como no aguantó, regresó al barrio del sur de Valencia donde había crecido, pero evitando pasar cerca de la antigua casa donde había muerto su única familia.

Quienes conocieron a Óliver dijeron que un día en que andaba completamente drogado, empezó a gritar desgarradoramente y afirmaba a sus compinches que su mamá y su hermana lo estaban persiguiendo. Al día siguiente, le vieron de nuevo sus compinches y se reían de él, pero aun pensando que se había vuelto loco, lo invitaron a tirar un atraco.

Se robaron un vehículo Logan de color negro funerario y emprendieron la huida. Le dieron ruleta al carro y hasta se lanzaron varios asaltos. Pero luego se perdieron con lo robado hacia los confines del sur de Valencia, de Plaza de Toros pa bajo, y como el chofer corría tanto como si quisiera sacar los pistones por el tubo de escape al carro, en una curva se estrellaron violentamente contra un robusto árbol.

El carro de inmediato agarró candela. Los tres compinches de Óliver abrieron las puertas y salieron, pero éste se enredó con el cinturón de seguridad que por mamadera de gallo se había puesto. Gritaba espantosamente mientras sus manos y nariz estaban pegadas al cristal de la ventanilla cerrada. Sus compinches quedaron petrificados viendo cómo Óliver gritaba algo sobre el diablo que lo esperaba en la  quinta paila del infierno . Aquella visión y palabras tan aterradoras los espantaron tanto, que no se atrevieron a hacer nada por Óliver. Le vieron morir entre humo y llamas. Uno de ellos relataría luego que aun cuando las lenguas de fuego le salían por los ojos y la boca, Óliver seguía vivo y gritando, pidiendo el perdón de su madre y de su hermana muertas.

Así se consumió la vida de Óliver, un joven que perdió una familia amorosa, una vida brillante y prometedora, para elegir las drogas que lo convirtieron en un monstruo que fue a parar al infierno que eligió para la eternidad.

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