Mirándose el ombligo

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En algún libro de Estadísticas leí en mis años mozos el cuento de un noble francés que atravesaba a Alemania en carruaje (por supuesto, en el siglo XIX, si no ¿quién viajaría en carruaje?). Mientras se detienen en una posada para cambiar los caballos, el noble, turista curioso, interroga al pelirrojo mozo de cuadra: ¿Cómo te llamas, muchacho? Otto, le responde el joven alemán. El francés anota una conclusión en su diario de viajes: “Los alemanes tienen el pelo rojo y se llaman Otto”.

También tuve y tengo una tía que me insistía, comenzaban los años 70, que todo el mundo en Venezuela tenía carro, y me lo probaba contundentemente: “Tu papá y tu mamá tienen carros”, y luego me nombraba uno a uno a mis tíos, de los cuales el único que no tenía carro en esa época era mi tío Ángel. Andaba, creo, cerca de mis 18 años, y sólo faltaba que descubriera a Descartes el dubitativo para que yo me acostumbrara a desconfiar de mis propios ojos. Lo cual, a mi modo de ver, es algo muy sano.

Porque esa generalización apresurada y sin sustento, basada en una percepción limitada, la enfrentamos a diario. El que la sostiene lo hace con el inflexible dogmatismo de un monje, puesto que, claro, “lo vi con mis propios ojos”.

Parece mentira, pero hasta sangre nos ha costado esa debilidad epistemológica. Aquí, luego de una elección, han salido a la calle unos derrotados a drenar su rabia en la vida ajena porque no les cabe en las mientes que la visión de su familia, amigos, compañeros de trabajo y vecinos no fuera la mayoritaria (por supuesto, también salió el que sabía que eran minoría pero igual le daba coraje el despreciado pueblo ignorante que no comparte sus creencias).

Sí, evidentemente es la clase media la que más practica ese dialogismo. 

En Venezuela, la clase media debe ser cerca del 18% de la población (creció dos puntos desde el 2002, “por culpa de Chávez”, por supuesto). Pero el que sea solo la quinta parte de la población es algo inconcebible. Para ella. La mayoría puede vivir perfectamente día tras día sin necesidad de salir de su entorno. La urbanización, la escuela de los hijos, el banco, el trabajo, el mol, la tasca, el parque. Claro, también mira a otros entornos, aunque sea a través del vidrio del automóvil, o en corta conversación con el vendedor de frutas.

Pero hay otro factor reforzante del aislamiento además de la reclusión de la vida geográfica-social: los medios de comunicación. En ellos las visiones de los sectores medios dominan en mayoría desproporcionada. En los medios impresos, los escribidores (periodistas y opinadores) son de clase media, lo que no sería malo si pudieran zafarse de las gríngolas. En los audiovisuales, las técnicas de venta y comunicación han sido desarrolladas desde hace décadas para influir sobre el sector medio (que es el que compra y reina en sus estereotipos). En los virtuales, aún la popularización del uso no llega a tanto, y la clase media sigue teniendo una mayoría determinante.

Es fácil, viviendo sasí, no dejar de creer que lo que creo (creemos) es lo que es.

La clase media, pues, se mira el ombligo y jura que es el Universo.

Por eso está condenada a dolorosos y sorpresivos desencantos. Que, decía Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Recuerden cómo entró en shock anafiláctico por meses luego del 13 de abril de 2002.

Ocurre en todas partes del mundo, es verdad. Quizás lo peligroso es que los políticos de Oposición que les funciona el coco se plieguen a ese dictamen. Nunca entendí cómo un Granier y un Ravell, manipulando las creencias de la clase media y azuzándola sin remordimientos, dirigieran durante años a la Oposición ante el silencio de Ramos Allup o de Petkoff, evidentemente políticos más formados y realistas.

Lo alarmante es pretender hacer política con prejuicios y visiones ombligueras.

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