Miseria y Opulencia

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David Mendoza - notitarde

La economía venezolana hoy es una acumulación de distorsiones con un gravísimo impacto sobre la vida de la gente. Un rasgo resaltante es la dolarización de facto. Nuestra economía progresivamente, en casi todos los aspectos de la cotidianidad, muestra un incremento en las transacciones en divisas sin que la mayoría de los trabajadores reciban dólares por su trabajo. La consecuencia evidente de comprar en dólares, pero recibir un salario en bolívares es que existe una economía dual en la que un segmento pequeño de la población puede vivir y otro, mayoritario, solo puede especializarse en morir de mengua o por inanición.

El premio nobel de economía, Joseph Stiglitz, define una economía dual de la siguiente manera: «una sociedad más dividida entre ricos y pobres, un país donde los ricos viven en urbanizaciones cerradas, envían a sus hijos a colegios caros y tienen acceso a una atención sanitaria de primera calidad. Mientras tanto, el resto vive en un mundo marcado por la inseguridad, por una educación a lo sumo mediocre y una atención sanitaria racionada a todos los efectos, donde la gente espera y reza por no ponerse gravemente enferma» y, agrega, «dos sociedades que viven una al lado de la otra, pero que apenas se conocen, que apenas imaginan cómo es la vida al otro lado». Pregunto a la opinión pública ¿Es esa la sociedad que los venezolanos merecemos? ¿Esa es la nación que soñaron los libertadores?

Una sociedad dividida, extremadamente desigual, como la que estamos construyendo a punta de una dolarización de facto, decidida por un gobierno de facto, puede generar algunas burbujas de prosperidad. Algunos negocios, profesionales y lugares podrían experimentar incluso opulencia pero esas burbujas tendrían que construir paredes perimetrales cada vez más altas porque estarían rodeadas de cuadros de miseria cada día más deshumanizantes.

Los servicios públicos dejarán de ser tales, como en efecto hoy podemos evidenciar que quien tiene dinero para construir un pozo, tener una bomba hidroneumática y un tanque: ¡tendrá agua! Quien pueda comprar una planta eléctrica: ¡tendrá luz!, quien pueda pagar en dólares atención sanitaria y colegio para sus hijos podrá proteger a su familia. Pero quien solo tenga en sus manos bolívares, no podrá hacer nada de eso, sin importar cuánto trabaje.

Esta situación no solo está reñida con los principios éticos en los que se fundamenta una república democrática, en la cual todos somos nacidos iguales, en derechos, libertad y dignidad, sino que también está reñida con la eficiencia. Ninguna empresa, en un contexto como el que describimos, tendría acceso a personal competente para sus operaciones (pocos podrían capacitarse, muchos otros serían inutilizados por los efectos perniciosos de la desnutrición sistemática), a su vez la inseguridad personal será un desafío de complejidad creciente y, por lo demás, una sociedad tan dividida no podría ser una democracia plena y estable sino, contrariamente, se consumiría en conflictos de gravedad persistente.

Los funcionarios que están en Miraflores, hacen grandes esfuerzos propagandísticos para intentar convencer a los venezolanos que esta realidad de la dolarización de facto, de distorsión de precios, precariedad laboral y desigualdad creciente es la consecuencia del comportamiento de inescrupulosos empresarios, de la «guerra económica» y las «sanciones» pero la verdad es que este infierno en la tierra es un diseño, una decisión tomada y la acción deliberada de quienes toman decisiones en el núcleo duro del poder autocrático. No podemos caer en un encuadramiento artificial del debate para enfrentar empresarios contra trabajadores o comerciantes contra clientes, este conflicto es de los de abajo contra una ínfima minoría atornillada al poder.

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