La muerte no juega carritos (2239200)

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    “La avaricia rompe el saco”, no es un dicho de ningún filósofo confuciano ni ningún antiguo griego, es solo una verdad cardinal en la que insistía la abuela y que es muy oportuna para el caso que ahora relatamos. Resulta que la tarde-noche de abril de 2013, al salir de la Universidad de Carabobo, un muchacho de 20 años de edad, de nombre “Hans” de origen alemán, fue visto por sus propios compañeros cuando le pusieron un pistolón en las narices y a empujones, era subido a una camionetica Daewoo “Damas” de color blanco con franjas rosas y algunas flores en los costados, según relatarían después los testigos.

    El afeminado vehículo, que era lo último que uno creería podrían usar malvados secuestradores, enfiló por la avenida Universidad de Naguanagua y a todo lo que daba su famélico motor, siguió por la carretera vieja como si se dirigiera hacia Las Trincheras.

    Los estudiantes que vieron aquel inusual plagio, usaron sus celulares y a pocos minutos de haber dado la alarma, varias comisiones de la policía regional y de la policía científica, pasaban “raspando” en sus poderosos vehículos en la dirección donde fue vista por última vez la camionetica.

    Qué raro…

    no hicieron transbordo

    Parecía que a la camionetica se la había tragado la tierra, pues no la consiguieron por ningún lado. Lo más extraño de todo era que los delincuentes no la habían abandonado a orilla de carretera. “¡Qué raro, no hicieron transbordo!, les debe gustar mucho esa camioneta”, comentó uno de los agentes especiales que acompañaban al Comando Especial Antiextorsión y Secuestro. Este comentario no cayó en saco roto, pues Carlos Salinas, uno de los agentes del equipo para casos especiales que conformaba la comisión, peló los ojos como si hubiera recibido algún tipo de revelación cósmica.

    De inmediato le informó al agente Mario Pinto, su compañero de equipo, lo que se le había ocurrido y ambos pusieron a trabajar a todo gas sus sagaces, científicas y deductivas mentes holmeanas.

    Primero analizaron la ruta y máxima velocidad que podría alcanzar ese vehículo “de juguete” con su motor enclenque. Aunado a los elementos de capacidad, baches en la carretera vieja, oscuridad, entre otros, llegaron a la conclusión de que habiendo ellos llegado a las 7:00 p.m. al sitio de los acontecimientos (una media hora después del plagio), ese vehículo no pudo haber seguido hacia Puerto Cabello sin gastarse por lo menos hora y media en el recorrido. Esa hipótesis fue confirmada al contactar con las autoridades en el peaje de Puerto Cabello, quienes no reportaban haber visto un vehículo sospechoso similar.

    Al día siguiente, al ser analizados los vídeos de las cámaras nocturnas, instaladas en sitios ocultos de ese puesto ubicado a la entrada de El Palito, confirmaron que en efecto, de 6:00 de la tarde a 8:00 de la noche, no había pasado por ahí un carro con esas características tan peculiares. Los agentes determinaron entonces que la camionetica era una pieza clave para resolver el caso y que sus ocupantes habían retornado a Valencia.

    Queremos

    un billete gordo

    Los agentes iniciaron de inmediato el contacto con los familiares de la víctima y la misma noche los plagiarios habían llamado a la mamá, al papá, hermano y hermana mayor de Hans. Los padres dijeron consternados que uno de los tipos, con voz distorsionada, había pedido “un billete gordo”, que lo sacara de la cuenta de la familia en Panamá y que lo iba a depositar en una cuenta que ellos le dirían, también en el extranjero.

    Indagando sobre el entorno de amistades de Hans, el agente Carlos Salinas hizo una de sus preguntas capciosas: “¿Alguno de los amigos de Hans tiene una camionetica Damas?”. Quien respondió fue Herbert, el hermano mayor, quien era el que estaba más sereno y pensativo.

    Herbert, apartándose con los funcionarios para que su familia no escuchara, explicó que una vez que por casualidad coincidió con su hermano en la playa (pues cada quien andaba con sus distintos grupos de panas), había visto un vehículo así que pertenecía a una de las supuestas conquistas de Hans.

    La cosa se estaba aclarando ya. Los agentes iban entendiendo por qué (como era usual en esos casos), los secuestradores no abandonaron el vehículo robado donde se llevaron a su víctima y por qué tampoco hicieron un transbordo. Era que si lo abandonaban, se descubriría de inmediato la verdad. Aquello tenía pinta de ser un autosecuestro.

    Para hacer más fuertes sus sospechas, Herbert dijo a los investigadores que “su hermano era dañado y que había dilapidado ingentes cantidades de dinero”. Alois, el padre de ambos, quería mandarlo a Alemania para rehabilitación, pero, como Hans se negaba, el señor Alois estaba a punto de expulsarlo de la familia con el dolor de su alma. “Como Hans es el menor, mis padres hicieron de él alguien muy mimado, sin responsabilidades, y aquí están las consecuencias (…), lo más extraño es que cuando llamó el secuestrador, usó las mismas palabras que usaba Hans para pedir dinero a nuestro padre… “quiero billete gordo”, dijo apesadumbrado Herbert, quien parecía intuir que aquello no terminaría nada bien.

    Le sacaron las

    tripas a machetazos

    Los agentes descubrieron el nombre de esa amiga misteriosa de Hans y supieron que la familia de ella tenía una finca en los confines del municipio Miranda. Al tercer día del plagio, las comisiones llegaron al sitio, rodearon la casa de campo y al entrar… se consiguieron con una visión horripilante: ahí estaba Hans, atado de manos y pies a una silla de madera en medio de la sala, con las tripas afuera. Lo habían matado a machetazos.

    En su desorden mental, posiblemente inducido por las drogas, los asesinos lo habían dejado ahí y huido, creyendo que nadie se acercaría a esa casa, casi abandonada, muy alejada del pueblo de Miranda.

    Al ser capturados los asesinos identificados como “El Pran”, “Robert”, “Mauricio” y la dueña de la afeminada camionetica Damas, de nombre “Penélope”, apodada “La Penélope”, se supo toda la verdad. Ella era pareja eventual de Hans, y entre ambos, planearon el secuestro de él para recibir grandes cantidades de dinero. Fue ella la que concibió la idea, fue ella la que contactó a los otros sujetos que iban también a lucrarse de la estafa a la familia de Hans, pero fue solo él quien llamó a la desgracia y a la esquelética señora de la guadaña.

    Luego de ser detenida, la malvada Penélope confesó que “Hans era un estúpido. Luego de todo lo que habíamos hecho, quería arrepentirse. Se puso histérico, pero lo amarramos a una silla y lo golpeamos pa’ que fuera serio… pero se nos pasó la mano. Robert le iba a dar unos planazos con un machete en el estómago y en vez de darle de planchazo, le dio de filo, abriéndole horriblemente la barriga. Fue espantoso ver cómo Hans, amordazado, gemía infinitamente y pelaba los ojos aterrorizado, viendo como se le salían las tripas y la sangre de su barriga.”

    Lo más irónico era que la llamada para pedir el “billete gordo”, si la había hecho el mismo Hans, sin sospechar que estaba sirviendo la mesa para ser el artífice de su desgracia y la de su familia, por la codicia desmedida y su mala cabeza. Cuando Hans se subió a aquella camionetica Damas, tentó al destino y se puso a jugar con la muerte, sin saber que ésta “no juega carritos” y de un tajo le cortó el hilo de la vida.

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