La muerte también va al salón de belleza (2135000)

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Dos vehículos iban “raspando a toda velocidad” por la autopista Valencia–Campo de Carabobo bajo un ardiente sol del mediodía de julio de 2013. A ambos vehículos parecía que se les iban a salir los pistones por los tubos de escape, dado el supremo esfuerzo que sus conductores les exigían.

Al ver el celaje de los bólidos, escuchar el rugir de sus motores y el chirriar de sus cauchos, daba la errónea impresión de que estaban haciendo piques o practicando para participar en Nascar o en Turagua; pero en realidad, aquello era una vertiginosa persecución policial.

El Mustang GT de 2010 de color negro y franjas blancas, reportado como robado, donde viajaban los presuntos asesinos y ladrones, parecía un misil imparable, pero el poderoso Mustang King Cobra 1978 donde iban los agentes para casos especiales del Cicpc hacía mucho más que defenderse. Era algo realmente impresionante que dejaba sin aliento a quienes los veían pasar con rumbo hacia Campo de Carabobo.

Cuando los delincuentes se dieron cuenta de que no podían desprenderse de los policías, el que viajaba en el asiento del copiloto sacó la 9 mm por la ventanilla y disparó hacia sus perseguidores. Una de las balas atravesó el cristal de seguridad y mordió la carne del costado del agente Mario Pinto que no protegía el chaleco antibalas de Kevlar.

Solo es una pequeña herida

Mientras se aferraba al volante, Mario gritó: “¡Me dieron, me dieron!”; su compañero Carlos Salinas disparó también contra el Mustang negro, pero no logró darle a nadie. Con agilidad, metió la mano por la espalda, por la parte debajo del chaleco de Mario, y tocó el líquido rojo que se impregnó en la yema de sus dedos.

Carlos sabía que habían herido a su amigo, pero le engañó diciéndole: “¡No estás herido, es solo sudor!”. Mario le creyó y continuó la persecución impulsada por el torrente de adrenalina que no le hacía ni sentir el dolor.

Cuando estaban a punto de tomar la carretera hacia Cojedes, los agentes que seguían la persecución desde el helicóptero de la policía estatal vieron impresionados cómo el Mustang de los malhechores se coleaba peligrosamente, para luego ir hacia un costado de la vía, encunetarse y salir catapultado como una roca hacia la vegetación. El espectáculo fue escalofriante. En instantes, el imponente vehículo quedó convertido en un “carrancho humeante”, de donde salieron los dos criminales chorreando sangre de sus cabezas y otras partes del cuerpo.

Mario talló los frenos y junto a Carlos corrieron al sitio con sus armas en posición de ataque, pero no hubo necesidad; los maleantes no se enfrentaron, así que fueron esposados. A la vera del camino, mientras aguardaban las otras comisiones para llevar a los maltrechos delincuentes al ambulatorio de Tocuyito, Mario se quitó el chaleco y se vio el agujero de bala que salía al otro lado de su carne. “¡Sí me habían dado! ¡Dijiste que no, rata!”. Su compañero le explicó que eso era una pequeña herida, que no era nada del otro mundo y que si lo engañó, fue porque no vio la necesidad de parar la persecución. “Tú entiendes, ¿verdad?”. Mario no entendió. Cayó desmayado. Ya con los torrentes de adrenalina suavizados, su mente exageró la situación y el organismo actuó en consecuencia. Pronto se recuperaría, en realidad la herida no era nada, como afortunadamente había presumido Carlos.

Horas antes de la persecución

En retrospectiva, el origen de la aparatosa persecución había comenzado muy temprano en la mañana de ese día. Los agentes para casos especiales del Cicpc Mario Pinto y Carlos Salinas estaban buscando desde hacía una semana a un hombre que había asesinado a sangre fría al cliente de una peluquería ubicada en Las Parcelas del Socorro, municipio Libertador del estado Carabobo.

Según los testigos del escalofriante hecho de sangre, la víctima, un abogado apodado “Johnny Walker”, por su afición al whisky (sobre todo si era gratis), había llegado a cortarse el cabello en el establecimiento unisex “HairStyle”. Antes de la llegada del abogado, estaba en el salón de belleza un individuo anodino, quien solo había pedido que le hicieran un corte platabanda.

En lo que “Filiberto”, el dueño del local, terminó con su corte, el sujeto se vio al espejo complacido con el corte rapado a los costados de la cabeza y pinchos arriba. Luego, con total sangre fría, y como si aquella acción fuera su pan de cada día, peló por una pistola 9 mm, se apartó al peluquero que atendía al abogado y delante de todo mundo ¡¡pummmm!! Le voló la cabeza.

La bala atravesó el cráneo del jurista, arrancándole trozos de hueso, masa encefálica, sangre y cabello, que fue a chispear el espejo y la mesita frente a la víctima, así como la ropa del despiadado asesino y la cara del aterrorizado peluquero. Aún con el ruido del disparo gravitando en el local, el asesino volteó y, con la serenidad de un cirujano, le metió un tiro a Filiberto en la pierna y se largó.

Tras el autómata homicida, los clientes salieron a la desbandada, dejando tras de sí el cadáver del abogado sentado en la silla, echado hacia adelante y con los sesos gelatinosos de fuera, chorreando sobre la superficie de la mesita frente a él. Por su parte, Filiberto quedó tendido desangrándose sobre el suelo tamizado de capas y capas de cabello cortado. Afortunadamente fue llevado al hospital, donde pudieron salvarle la vida.

Cuando llegaron a la escena del crimen, los agentes especiales Carlos y Mario no obtuvieron ninguna pista que los ayudara a identificar al asesino. Así que, como método común, decidieron investigar la vida y las actividades de todos los presentes a la hora del crimen. Lo que descubrieron fue algo sorprendente.

Lo mataron por “cobrón”

y por peluquearse gratis

El primero en caer implicado en el caso fue el mismísimo dueño del salón de belleza. Pese a que fue herido en la pierna, se supo que Filiberto era en realidad quien había contratado al asesino identificado como “El Jonaiker”. Este descubrimiento fue reforzado cuando los agentes pidieron a la fiscal gestionar la orden para revisar los registros telefónicos del peluquero.

Los mensajes de texto, WhatsApp y las llamadas al teléfono robado y trampeado de “El Jonaiker” fueron las pruebas más poderosas, que aunadas a un depósito bancario por 10 mil bolívares en la cuenta de la mujer del sicario, concluían en que Filiberto era el autor intelectual del crimen. Lo que nunca se esperó fue que por hacer “negocios con el Diablo”, este criminal también le dispararía a él y que para “disimular mejor y que no lo relacionaran a él con el asesinato del abogado”.

También se supo que el móvil que llevaría al peluquero Filiberto a mandar matar al jurista era que tenía una deuda astronómica con este “hombre de leyes” por haberle sacado a un hermano de la cárcel. “Ya no soportaba que me estuviera cobrando todo el tiempo y que encima quisiera ir a mi negocio como si fuera el dueño y a querer peluquearse gratis”, declaró en su lecho de convaleciente Filiberto antes de ser imputado y enviado a la cárcel con “El Jonaiker” y el otro delincuente que manejaba el Mustang GT.

Básicamente al abogado “Johnny Walker” lo mataron por “cobrón” y por querer peluquearse gratis. Fue precisamente luego de la confesión del peluquero Filiberto cuando los agentes especiales subieron al Mustang King Cobra 1978 de Mario y fueron a una zona de Fundación CAP, donde información de inteligencia decía que estos sicarios vivían y que de paso andaban en un “tremendo carro” que se robaron al norte de Valencia. El resto ya se lo contamos al principio. Caso resuelto.

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