Mujer y Revolución. Una mirada histórica

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A propósito de celebrarse este 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer, he querido escribir sobre la mujer y su participación en movimientos libertarios, desde una perspectiva histórica. 

“La mujer de la nueva sociedad será plenamente independiente en lo social y lo económico, no estará sometida lo más mínimo a ninguna dominación ni explotación, se enfrentará al hombre como persona libre, igual y dueña de su destino”. Este enunciado extraído de la obra de August Bebel (1840-1913) La mujer y el Socialismo da cuenta de lo que algunos pensadores marxistas exponían sobre la necesidad de igualdad entre hombres y mujeres. Pero ¿cómo era considerada la mujer antes de la Revolución Francesa (1789)?: la desigualdad jurídica de los miembros de la sociedad era la norma. Nobles y clérigos gozaban de privilegios (exención fiscal, monopolio de los altos cargos públicos, leyes y tribunales especiales) a los que no podían acceder la mayoría de la población. La ausencia de derechos políticos (voto) y libertades (expresión, reunión, religión) era otra característica del régimen imperante. En el caso de las mujeres, a todo lo anterior se le debía unir su función social circunscrita a lo doméstico, a las labores de la casa, de la procreación y del cuidado de los hijos; y su subordinación legal al hombre, padre o esposo. Antes de la revolución hubo mujeres que desde una posición individual plantearon reivindicaciones en pro de la igualdad femenina, un ejemplo es la ilustrada española Josefa Amar con sus libros Importancia de la instrucción que conviene dar a las mujeres (1784) o el Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1769)); sin embargo, fue con la llegada de la Revolución Francesa cuando la voz de las mujeres comenzó a expresarse de manera colectiva. Condorcet (1743-1794), quien fue uno de los ilustrados franceses que ayudó con la elaboración del programa ideológico de la revolución francesa, reclamó el reconocimiento del papel social de la mujer y comparaba la condición social de las mujeres de su época con la de los esclavos. Con el inicio de la Revolución Francesa, ya en la Francia de 1790, las mujeres comenzaron a organizar grupos y crearon instituciones que representaran sus propios intereses. Guérin (1974) recrea el activismo de Olimpia de Gouges, quien en 1791 publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana que era, de hecho, un calco de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional Francesa en agosto de 1789. Aludiendo al gran documento programático de la revolución, Olimpia de Gouges denunciaba el hecho de que la revolución hubiera olvidado a las mujeres en su proyecto igualitario y liberador. Su encarcelamiento y ejecución durante el período de la dictadura jacobina simbolizó, para muchos, el fracaso de las reclamaciones feministas durante la revolución. Sin embargo, las mujeres en sus luchas reivindicativas formulaban peticiones al gobierno, organizaban revueltas por el pan y por el control de los precios. Iniciaron los episodios de la “tasación popular”, saqueando y apoderándose de comida y mercancías. 

Como ciudadanas pasivas dentro de la nueva república francesa, las mujeres entraron a formar parte del Estado y, como miembros de la multitud, en los tribunales revolucionarios públicos y, desde las galerías del público de los clubes revolucionarios, hicieron sentir su presencia. Es así como en febrero de 1793, cientos de parisinas radicales forman la Sociedad de Mujeres Republicanas Revolucionarias -SMRR-. Siendo uno de los primeros grupos organizados para velar por los intereses de la mujer trabajadora, la SMRR afirmaba que su propósito era “ser armadas para acudir en defensa de la patria”. Sin embargo, en octubre de 1793, los jacobinos declararon ilegales todos los clubes y asociaciones de mujeres, ya que según el Comité de la Seguridad General, las mujeres “están poco capacitadas para los pensamientos elevados y la meditación seria…Creemos por tanto, que una mujer no debería dejar a su familia para meterse en asuntos de gobierno”. Es más, en el Código Napoleónico de 1804, que consolidó muchos de los logros revolucionarios para los hombres, las mujeres perdieron terreno y fueron clasificadas junto con los niños, los criminales y los locos como incompetentes legales.

Este sentido de la participación de la mujer en la sociedad se repitió durante las revoluciones de 1848. Por ejemplo el gobierno provisional revolucionario de Francia retrasó la concesión del voto a las mujeres. Los varones revolucionarios nunca permitieron que las mujeres votaran, ni siquiera en sus clubes políticos, y la prensa revolucionaria solía burlarse de los clubes de mujeres. La derrota de los gobiernos republicanos intensificó aún más la exclusión de las mujeres de la política. Después de 1851, en Francia y los estados alemanes, la ley prohibía que las mujeres participaran en actividades políticas y periodísticas. A decir de Anderson y Zinsser (ob. cit.: 776) en la década de 1860 los socialistas varones abogaron porque “las mujeres permanecieran en casa”. 

A pesar de que tanto la Revolución Francesa como las demás revoluciones liberal-burguesas, plantearon como objetivo central la consecución de la igualdad jurídica y de las libertades y derechos políticos, pronto surgió la gran contradicción que marcó la lucha del primer feminismo: las libertades, los derechos y la igualdad jurídica que habían sido las grandes conquistas de las revoluciones liberales no afectaron a la mujer. Los “Derechos del Hombre y del Ciudadano” que proclamaba la revolución francesa se referían en exclusiva al hombre no al conjunto de los seres humanos. A partir de aquel momento, en Europa Occidental y Norteamérica se inició un movimiento, el feminismo, que luchó por la igualdad de la mujer y su liberación. 

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