Albersidades

La proverbial voracidad de los regímenes socialistas, comunistas o “socialistas del siglo 21”, como los quiera usted llamar, amigo lector, ha llevado al deterioro, cuando no la pérdida, de todas las instalaciones.

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Ni luz, ni agua, ni un c…

Notitarde.- La proverbial voracidad de los regímenes socialistas, comunistas o “socialistas del siglo 21”, como los quiera usted llamar, amigo lector, ha llevado al deterioro, cuando no la pérdida, de todas las instalaciones y equipos que prestan los servicios básicos a los habitantes de ciudades y pueblos de Venezuela. La corrupción nos ha hecho retroceder más de cien años en calidad de servicios, y ya no podemos contar con electricidad, agua o gas doméstico confiables, continuos y de buena calidad. Según es voz popular, muchos funcionarios públicos de gran envergadura son ahora poseedores de cuentas en dólares o euros de más de siete u ocho cifras.

La consecuencia de esta rapiña se presentó rápidamente, en forma de apagones masivos y prolongados, cuyos culpables, según los irresponsables nuevos ricos, eran iguanas, zamuros, morrocoyes y todo bicho de uña que se les ocurriera. La situación se ha ido agravando con la crisis económica; no hay repuestos, no hay equipos, no hay ganas de nada. La inflación se ha ido comiendo los salarios que devengan los empleados de esas empresas públicas, y no han tenido otro remedio que abandonar sus cargos y emigrar para sobrevivir.

Las empresas que expropió el difunto que reposa en el CDLM quebraron enseguida, y hoy son elefantes blancos (más bien rojos, diría) que languidecen produciendo de vez en cuando unos pocos rubros que no llegan ni a la tercera parte de lo que producían bajo la administración privada. Los lóbregos galpones, donde antes había actividad productiva al 100%, son ahora tristes espacios donde sus únicos ocupantes son dos o tres perros durmiendo en los rincones.

Y el botón que le faltaba al chaleco es el servicio de agua, supuestamente potable. El descuido y abandono en que han dejado las estaciones de bombeo y las plantas de tratamiento de agua, así como las tuberías que reparten el líquido, forman un sistema obsoleto y cochambroso, con bombas que no funcionan, estanques de sedimentación de donde el agua sale tan impura como entra, y tubos subterráneos más flautas que tubos.

A las partes más altas, donde no solamente hay viviendas de gente pudiente sino también de gente de muy bajos recursos, no llega jamás el agua. Es que no se les puede dar más presión al sistema para que el agua pueda subir, a riesgo de que nuevos agujeros se abran. El régimen, a todas estas, no da explicaciones. Para escupir para arriba, atribuyen el problema al robo de cables, de equipos, o de cualquier cosa, reconociendo tácitamente que en las estaciones de bombeo y relevo no hay vigilancia, y que todo está a la buena de Dios, disponible para cualquier malandro que quiera llevarse cables, tubos y piezas metálicas. De esa desidia y falta de vigilancia tenemos el ejemplo más vergonzoso: el robo de las guirnaldas de bronce al Monolito de la Plaza Bolívar.

Pero esa falta de agua, para la suspicacia de los venezolanos que ya olemos la corrupción desde lejos sin verla, hace sospechar intereses ocultos en la distribución de agua por camiones cisternas a las viviendas y comercios. Alguien más que el gremio de transportistas de agua en cisternas, tiene gran interés en que el agua no nos llegue por la vía normal. Por cada despacho de agua pagamos los suscritos al acueducto público entre 30 y 60 millones, dependiendo de la distancia desde el llenadero, y la mayor o menor pendiente de la calle donde se ubica la vivienda a surtir. Es que los cansados camiones sufren con las subidas muy fuertes.

¿Cuánto habrá para que las bombas no funcionen?

[email protected] @peterkalbers

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