Nietas

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Mi problema personal, más que familiar, es el de no saber, realmente, hablando de princesas, qué diferencia hay entre la más bonita y la más bella. Porque sucede que tengo dos nietas y, por supuesto, una es la más bella y otra es la más bonita del mundo. Pero hasta ahora no he podido diferenciarlas y saber cuál es la más bonita y cual la más bella. La mayor: Blayliceth del Valle  (una chama, pero ya graduadada de ingeniero industrial),  blanca, ojos negros, cabellera endrina, larga, con un mechón blanco, poeta desde que  aprendió a hablar, leer y escribir. La menor, María Laura,  trigueña, larga cabellera endrina y poeta también en plena acción creadora a sus todavía no cumplidos diez años. Una, la más bonita y la otra, la más bella, pero no sé, realmente, cuál es cual. Y en ese dilema, ennietecido, como dice Jesús Villegas Miliani, y  abueleando, como decía mi fraterno y sabio amigo el poeta Dr. Rafael Betancourt Moreno. Menudo problema, pero maravilloso, regalo de Dios.  Y así ande con las angustias, los miedos, los desencantos y desengaños que acechan por doquier, por dentro siempre se me aviva la alegría que significa tener ese par de princesas floreciendo en las semillas de mi corazón…

En estos días de obligado reposo por mandato del corazón, del calendario y de los médicos, entre precavido y temeroso, como buen llanero, siento correr el tiempo. Veo  crecer a mis nietos. Y me siento feliz. Ellos son mi vida. 

Ayer, por cierto, Blay celebró su cumpleaños. Con sus "viejos", que para Licelia y para mí son todavía unos chamos. Mababita celebrará el suyo en mayo. 

Dos reinas, ciertamente, dos latidos, sístole y diástole de un ya maltrecho pero fiel corazón. Y dos varones. Cuatro nietos (todos cesarianos) que  son la canción de mi alegría perenne. (Gracias, lector, por  estas tontas indocencias tan personales… viejuras y chocheras, vale).

 

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