No solo del sueldo puede vivir un policía en el estado Carabobo

En estos momentos, cuando al trabajador no le alcanza el jornal para cubrir el sustento de la familia, algunos hombres de azul pululan por los mercados vendiendo productos para conseguir una entrada extra.

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Sin placa, sin rolo, vestidos de paisanos, merodean por los mercados populares con su carga de necesidad como cualquier mortal. Foto: referencial

Notitarde.- La crisis económica actual en Venezuela hace que la creatividad en el ciudadano común, para rebuscarse un dinero extra, surja como erupción en el volcán y que avance como agujas en el reloj. Y es que son muchas las tareas que al venezolano le ha tocado aprender, e ingeniárselas, para ponerlas en práctica y así tener una entrada adicional de dinero que le permita, en parte, cubrir sus necesidades básicas como alimentación, educación, vivienda, entre otras.

Muchos emprendedores en distintas tareas se dan a conocer a través de las redes sociales que más les convengan, de acuerdo a la mercancía que posean. Otros aprovechan las ventas de garaje, que en las últimas semanas se han puesto de moda en reconocidos hoteles de la zona norte de Valencia, para exponer lo que creen les dejará buena cantidad de dinero.

Y es que actualmente ya no es sorpresa que alguien se acerque para ofrecer cualquier cosa; ropa usada, muebles, alimentos, electrodomésticos, zapatos, uniformes, tornillos, cauchos viejos, repuestos, herramientas, jabones, productos de limpieza y hasta alfileres.

No solo del sueldo puede vivir un policía

En estos momentos, cuando al trabajador no le alcanza el jornal para cubrir el sustento de la familia, algunos hombres de azul pululan por los mercados vendiendo productos para conseguir una entrada extra.

No solo de sueldo vive el policía. Sin placa, sin rolo, vestidos de paisanos, merodean por los mercados populares con su carga de necesidad como cualquier mortal. Aun cuando el oficio que ejercen estos funcionarios no cuenta con el prestigio que debía tener como guardianes del orden, resulta plausible que se dediquen a la buhonería en sus horas libres. Lejos, tal vez, del “chantaje” y de la “matraca”, actividad ésta ejercida por otros que no guardan el debido respeto al uniforme que portan ni a la comunidad a la cual prestan servicio.

En los últimos meses, estos guardianes se han dejado ver cargando sobre sus hombros sacos de verduras, maíz y hasta frijoles. En otros casos ofertando jugos de frutas en las adyacencias de los concurridos mercados populares de la Gran Valencia.

Un testigo de esta cruda realidad es Juancho, como cariñosamente es conocido. Es policía con dos décadas al servicio de la seguridad ciudadana, casado desde hace 19 años y con su hogar en una popular barriada de la zona sur de la ciudad.

Juancho se atrevió a contarnos cómo la crisis económica llegó a su casa hace unos dos años. Sentado en un banquito de madera y fijando su mirada en la libreta de apuntes, arrancó su historia diciendo: “noté que el dinero no me estaba alcanzando cuando tuve que vender mi bicicleta para completar la suma que me permitiera comprar los estrenos de mis muchachos. Meses después, ya estaba negociando mi moto para pagarle la universidad a mi hijo mayor”, a quien describió como un excelente estudiante de 17 años de edad, que aspira a graduarse de odontólogo.

Para no quedarse sin sus corotos, Juancho decidió incursionar en mercados y garajes y ejercer la venta ambulante los días en que está franco de servicio. Es que a este hombre lo que le sobra son hombros para cargar los sacos de yuca que vende al detal en una acera de las calles adyacentes al Mercado Periférico de La Candelaria, lugar donde también ofrece frutas y hortalizas, limones y cilantro, pero no tanto, que, según él, cosecha en el patio de su casa. También en su rincón de trabajo vende un dulce de limón que prepara su esposa, postre que ya es conocido en esa cuadra por su buen sabor, resaltó.

Tras una sonrisa que Juancho muy bien combina con una mirada fugaz al firmamento y un inmenso suspiro, continúa su relato diciendo que su esposa trabajó 9 años, pero la falta de transporte público y de recursos económicos la sacó del aula para dejarla en casa con otra matrícula, la de sus vecinos, quienes le compran el dulce de limón y las tetas de frutas que ella misma elabora. A ella también le toca vender yuca mientras Juancho cumple el horario como funcionario policial.

“Gracias a Dios nos va bien. Conseguimos para comer y darles a nuestros dos chamos lo que necesitan. En mi hogar todos trabajamos. Mi niña de 12 años ya es toda una señorita; en sus ratos libres colabora con las tareas de la casa y se ha convertido en la mano derecha de su mamá; ambas planifican y organizan todo. Nos tienen controlados”, Juancho al final se da ánimo diciendo: “¡así se cabalga la crisis, carajo…! Unos fracasan como emprendedores novatos, pero otros salimos exitosos”.

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