La obra siniestra de su propio padre

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    Los vecinos del poblado lo decían siempre. “El jefe de esa familia es un hombre peligroso, iracundo, borracho y más inútil que cenicero e’moto”. La siguiente es una historia trágica, ilógica, rústica por sus características, pero por sobre todo…, terrible.

    Ocurrió en un apartado paraje de Güigüe, estado Carabobo. Sus protagonistas fueron un muchacho de nombre Manuel Tortolero Jr. y su padre Manuel Tortolero. Tal como la contó un viejecito de alma sencilla (al que no le alcanzaba el asombro para explicar lo sucedido), el signo de la tragedia comenzó a tomar forma desde mucho antes de que el joven Manuel dejara de ser un niño.

    La mente y el cuerpo del muchacho se forjaron bajo la presión inclemente del severo padre, que lo sometía, insultaba y le daba de trancazos como si en vez de estar modelándolo para una vida futura de adulto, estuviera esclavizándolo antes de que creciera y tratara de rebelarse con violencia ante tales infamias.

    A través de los años, Manuel Jr. llevó coscorrones, patadas, bofetones y hasta fue obligado a abjurar de su condición de ser humano para complacer al perverso dictador que tenía por papá. Abominable era aquel yugo feroz. Otro en su lugar se habría graduado con alto deshonor en el mundo de la delincuencia, pero no, el espíritu natural de este muchacho era de tolerancia, estoicismo y bondad. Lo suyo era trabajar y estudiar para algún día largarse con su mamá y su hermana menor.

    Su progenitora, mujer débil y sumisa a los designios del marido, sólo se limitaba a curar las heridas de su bebé Manuel cada vez que el borracho Manuel el viejo la acometía contra el primero. La madre lo aconsejaba y atemperaba con suaves y azules palabras el infierno que vivía.

     

    El cuervo de Edgar Allan Poe

    “Madre, algún día Dios le va a cobrar todo”: era lo que en más de una oportunidad, sin trazas de rencor, auguró el muchacho que sucedería. Al comienzo de 2013, Manuel arribó a su cumpleaños número 21. Seguía siendo reconcentrado, dócil y muy proclive a “poner la otra mejilla” para que le dieran su bofetón. 

    Como si su mente estuviera atormentada por el funesto cuervo de Edgar Allan Poe que le anunciaba la muerte desde el busto de Palas Atenea, el pobre muchacho se encerraba en su cuartucho, cada vez que su padre se aparecía cual aberración monstruosa y junto a sus amigotes, se instalaba en la sala a escuchar música y beber aguardiente.

    Las notas (que no eran precisamente la polonesa heroica de Fréderick Chopin) se colaban hasta la cama del joven, asustándolo, y anunciándole terrores indescriptibles. Con la cobija hasta la cabeza, sabía que con aquel reguetón con vallenato trapiao venían los alucinógenos y las perversiones, las insultaderas y los golpes.

    Más de una vez tuvo que presenciar cómo ese mezquino ser que lamentablemente era su padre le daba una golpiza salvaje a su mamá, sin que él pudiera hacer nada por ella. “José, vamos a defender al que le pegó a mi mamá”, le dijo un día a un primo que se había quedado en la casa, cuando despertándose, escuchó el golpe sordo de una patada en el estómago de aquella martirizada mujer.

     

    Tanto da el cántaro…

    A pesar de que ahora era un fuerte y saludable hombre de 21 años, Manuel Jr. todavía le tenía miedo a su degenerado padre. Sentía en sus venas la punzada de miles de agujas cada vez que escuchaba la voz etílica y nefasta de aquel esperpento que cada día se iba hundiendo más y más en el fango de la indignidad.

    Por lo pronto, el enloquecido padre pisoteaba a todos en la casa. Una vez incluso quiso “picharle” a su hija menor a un sádico compadre que le ofreció regalarle una botella y una cajita de cervezas por los “servicios” de la joven.

    Como los inmemoriales y ya desaparecidos ríos que abrieron los gigantescos canales del planeta Marte, así, el odio feroz y progresivo horadaron  la resentida zanja en el alma del sometido Manuel. Por eso, el 15 de marzo de 2013, cuando el sometedor llegó y comenzó a amenazar con suplicios inquisitoriales, algo en el cerebro de Manuel le dijo que no se dejara: “dale su merecido a ese viejo hijo de…”, sonaba una voz en su cabeza, que como el martillo pertinaz del herrero, fraguaba la tragedia.

    Tratando de espantar esos pensamientos vengadores, Manuel se replegó a uno de los cuartos y allí permaneció sumido entre las sombras. En la sala, las chocantes risas se mezclaban bordando un tapiz siniestro que los interlocutores “adornaban” eructando blasfemias. Afortunadamente esa noche su hermanita y su mamá no estaban en casa.

    Desde la sala, los chillidos demenciales, el ruido de cristales rotos y la locura más abyecta hacían erupción y amenazaban con extenderse hacia toda la casa. Recluido en el baluarte de su cuarto, Manuel no se atrevía ni a salir a orinar.

    El sueño tampoco era posible conciliarlo, parecía que la muerte jugaba a las barajas con los terrores nocturnos allí mismo en la sala y que pronto se encompincharían para ir a por él, sacarlo de la cama arrastrando por los cabellos y ajusticiarlo sin piedad.

    Habiendo rebasado la frontera de la madrugada, el despreciable padre comenzó a llamar a su hijo. “¡Ven aquí, rata sucia, para que nos destapes unas cervezas!”. En su desasosegado lecho, Manuel se despabiló con los tremendos golpes contra la puerta de la habitación.

    Algo le dijo que no saliera, que se agazapara y no contestara. Arrinconado como un animal aterrorizado, comenzó a temblar. Fuera, el padre seguía gritando estridentes maldiciones. Ahora Manuel escuchó otro ruido. “Ku-Klux-Klan”, era el chasquido de un arma al ser armada.

    -¡Sal de allí ahora mismo o parto la cerradura de un tiro con la escopeta de mi compadre y te voy a matar, hijo de p…!

    -Padre, por favor, cálmate!-, gimió Manuel Jr.

    Impelido por el instinto de supervivencia y terriblemente asustado, el acorralado Manuel tropezó entre la oscuridad. Buscaba ansiosamente algo con qué defenderse, pero que a su vez no le hiciera daño a su enloquecido padre. Desgraciadamente, recordó algo: su padre guardaba una pistola en una de las gavetas para cometer sus marramucias. Tanteando, dio con el artefacto pesado y frío.

    El enloquecido padre disparó y destruyó la cerradura. Antes de tumbar a patadas la puerta, con una voz que ya no era la suya, Manuel se escuchó decir: “papá, no entres. Si lo haces, voy a matarte. Lo juro”.

    Riéndose por aquella amenaza desprovista de cualquier sentimiento, el padre entró, tratando de adaptar la mirada a la oscuridad reinante. Desde un rincón, la transformada voz de su hijo emergió: “te lo dije, papá”.

    Las balas atravesaron el cuerpo del hombre, haciéndole saltar nubes rosas y gritos ahogados en sangre. Convulsionando y abriendo mucho los ojos, la víctima no se creía todavía que lo hubiera matado aquel hijo suyo que consideró poco menos que un ser insignificante e incapaz de matar una mosca.

    Hoy día, acurrucado, tiritando y gimiendo entre los oscuros y sucios rincones del Penal de Tocuyito, el muchacho es atormentado por los demonios internos y por los señalamientos de aquellos que sin ambages lo condenan como asesino, sin tomarse la molestia de conocer el espantoso drama que está detrás de aquel reprobable crimen. Nadie supo nunca la razón de tanto odio.

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