Olía a muerta, pero no se daba cuenta (2398034)

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El olor de la muerte es particularmente siniestro. Aparte del consabido y vulgar hedor putrefacto de tejidos de descomposición que se han de comer los gusanos, hay algo más. Es un olor siniestro al que algunos llaman el olor de  las feromonas de la muerte , también conocidas como necromonas, las cuales desprende el ser antes de sucumbir aun sin saber lo que está a punto de pasarle.

Dicen algunos que este  olor , que puede ser detectado por gatos, perros y otros animales, es real y que los científicos creen que se trata de esas feromonas que libera el cuerpo de manera inconsciente para avisar a sus congéneres que se aparten de él para que continúe la especie. Otros son más subjetivos y juran que la muerte huele a flores e incluso a limón.

Pero la verdad es que cuando un vivo  huele a muerto , aun sin estar aparentemente enfermo, la gente tiende a darse cuenta, captando las señales por medio del sexto sentido. Todo esto viene a colación porque en febrero de 2014 hubo un caso en que una mujer de apenas 25 años, sana, inteligente, bonita y  echá pa lante , olía a muerta, hasta el punto que muchos de sus conocidos se lo advirtieron.

Quienes veían a Andreína Padrón (aun los de menor sensibilidad psíquica) le decían que  se veía demacrada y enferma . Ella, siempre muy vital y emprendedora, que no se dejaba llevar por las opiniones adversas, pues su autoestima era contagiosa positivamente, creyó que quienes le decían eso estaban equivocados, pero por si acaso, se realizó varios chequeos médicos de los cuales salió  como una uva .

 Hueles a limón y a flores

Pese a que se había demostrado que no padecía cáncer, ni ninguna otra enfermedad terminal, Andreína decidió olvidarse del curioso asunto, por más que la gente seguía insistiendo en verla como si estuviera a punto de morirse, pese a que su aspecto exterior e interior era definitivamente rozagante y rebosante de vida.

Un día en que Andreína regresaba con un poco de bolsas de hacer algunas compras en una tienda por departamentos del norte de Valencia, decidió darle una limosna a un ciego que estaba sentado en una acera.

Este invidente le agradeció encarecidamente a la chica por su buen corazón, y a modo de agradecimiento, le hizo un comentario sobre el perfume que él creía ella estaba usando:  huele a limón y a flores, señorita; muchas gracias .

Ella a su vez le dio las gracias al invidente, aunque le pareció extraño, pues su perfume era un Carolina Herrera y no tenía esa fragancia. Lo que ignoraba era que muchos solían asociar el olor a la muerte con el limón y las rosas.

Una muerte nada natural

Un día, Andreína desapareció. No se supo de ella por varios días. Sus amigos del bufete de abogados donde era socia se preocuparon, no porque hubiera descuidado los casos, sino porque era extraña su desaparición.

Como ella no tenía familia en la capital carabobeña, sus amigos juristas llamaron a Peter, su esposo, pero como éste tampoco respondía al celular, decidieron dar parte a las autoridades, antes de alertar a los familiares de la chica, no fuera a ser que se tratara de una falsa alarma. Cuando los investigadores de la Policía Científica llegaron a la casa de la pareja ubicada en la urbanización El Trigal Sur, vieron una escena dantesca.

Cuando los conocidos que le habían visto  cara de muerta a Andreína supieron de esa espantosa tragedia, comprendieron con escalofríos que sí  habían olido su muerte , pero no era porque ella se fuera a morir de muerte natural& ¡sino porque la iban a asesinar!

 ¡Me has matado, desgraciado!

Los pormenores de este espantoso drama se conocieron con lujo de detalles entre los amigos y familiares de Andreína. Lo que había ocurrido era que el hombre a quien ella había elegido para tener una relación de  amigos con derecho se había obsesionado tanto, que la acosaba a toda hora y la sometía a su celopatía despiadada.

Se supo que Peter la acosaba tanto, que cuando ella llegaba al apartamento de El Trigal Sur donde vivían alquilados, esperaba a que se durmiera y revisaba su cartera, su ropa interior y demás cosas, buscando alguna evidencia de infidelidad.

La noche del crimen en que Andreína llegó al apartamento, consiguió que Peter había estado revisando su Facebook y que le pedía explicaciones por las fotos que ahí aparecían, donde ella aparecía compartiendo con clientes y compañeros del bufete de abogados en actividades sociales.

Andreína montó en cólera y le dijo a Peter que ya no se lo calaría más y que esa misma noche se iría a un hotel, dando por terminada la tortuosa relación porque  tú estás enfermo , le dijo ella mientras armaba su maleta.

Peter no dijo nada, pero en su mente enferma algo explotó. Mientras Andreína hacía su equipaje, él fue a la cocina, agarró un filoso cuchillo de carnicero, regresó al cuarto y sin pensarlo dos veces& ¡se lo enterró a ella por la espalda!

Andreína apenas si pudo emitir un grito ahogado en sangre. Peló mucho los ojos y volteó a ver a Peter.  ¡Me has matado, desgraciado! , fueron sus últimas palabras antes de caer muerta sobre la maleta abierta sobre la cama.

Tapaba el olor a muerte con el aroma del café

Tocado por el rayo de la locura, Peter cargó a la ensangrentada Andreína y la acomodó en la cama. Le puso una almohada y hasta la arropó  pa que no le diera frío . Luego fue a la cocina, enjuagó el cuchillo que le desencajó de la espalda y con este mismo utensilio le preparó medio pan campesino con tomate, jamón, queso blanco, amarillo, salsa de tomate, mayonesa y un toque de mostaza, como a ella le gustaba. Preparó café y le llevó todo a la difunta.

En su desquicio asesino, Peter permaneció varios días montando vigilia al lado del cadáver de Andreína sin comer ni beber. Al percibir que el cadáver empezaba a descomponerse, Peter trató de  tapar el nauseabundo olor, regando café en polvo sobre el cadáver de la chica.

En los terroríficos cuatro días que permaneció al lado del cadáver, usó al menos cuatro kilos de café que espolvoreó sobre la difunta y que al mezclarse con los coágulos de sangre, le dieron un aspecto más aterrador de lo que ya era.

Lo más irónico era que Andreína, muy adicta al café, era quien había comprado tanto de ese producto para que nunca le faltara en su casa. Jamás habría imaginado que ella nunca se lo bebería y que el desquiciado de su pareja lo usaría para aplacar el olor de su muerte.

La confesión del enloquecido inquisidor

Cuando los funcionarios de la Policía Científica llegaron al tétrico apartamento, el mismo Peter les abrió la puerta y les señaló hacia el cuarto donde estaba el cadáver. Mansamente se dejó poner las esposas y desde ese momento no paró de justificar su injustificable y abominable crimen por el que iría a parar a la quinta paila del infierno.

Con las retorcidas y falseadas razones de un malvado inquisidor de la época oscura, Peter dijo que había matado  a su amada Andreína porque ella le estaba  pegando los cachos . Aquel monstruoso ser en que se había convertido Peter se hundía más cada vez que hablaba, cada vez que respiraba, cada vez que pensaba.

Cuando fue enviado tras los muros del penal de Tocuyito, apenas si duró una semana. Lo consiguieron ahorcado, con la lengua amoratada de corbata sobre su pecho y con la boca y la garganta grotescamente atapusadas de café en polvo. Pese a los líquidos que chorreaba el cadáver colgado de Peter, algunos de los testigos en esa sucia celda juraban que en el aire había un extraño olor a flores de muerto y a limón. Era el olor de la muerte, invisible, sentada sobre los hombros de aquel asesino que escoltaría hasta el infierno.

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