Pablo Larraín: "La Iglesia no teme al infierno, teme a la prensa"

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Berlín, 9 febrero 2015.- Dos años después de acariciar el Oscar con "No", sobre el referéndum que expulsó del poder a Augusto Pinochet, el cineasta chileno Pablo Larraín vuelve a dar que hablar. Y esta vez, lo hace cargando las tintas contra la hipocresía moral de la Iglesia católica en "El club", que cosechó una rotunda ovación en la Berlinale. 

"Fui a un colegio católico y allí conocí a tres tipos de sacerdotes", cuenta Larraín (Santiago, 1976) en entrevista con dpa. "Los que son buenas personas y buscan en la Iglesia el camino a Dios, otros que ahora están en la cárcel o enfrentados a la Justicia y los que conocí pero no sé dónde están". 
Investigando sobre estos últimos, descubrió que desde hace "400 ó 500 años" la Iglesia "lleva escondiendo sistemáticamente a estos curas". Según afirma, en 1954 "incluso se creó una congregación para ellos en Estados Unidos que luego ha ido extendiéndose a otros países". Y en una de esas casas de retiro y supuesta penitencia es donde tiene lugar "El club". 
En su quinta colaboración con Larraín, el actor Alfredo Castro da vida a uno de los cuatro sacerdotes que llevan una tranquila rutina de oración y recogimiento en esta casa junto a la playa de la Boca. Los supervisa una guardiana (Antonia Zegers), que no obstante también les permite "vicios" como apostar en las carreras de galgos. 
Pero esta frágil cotidianeidad se ve súbitamente alterada por la llegada de un quinto inquilino que despierta suspicacias. Y es que con él, como la voz de una atormentada conciencia, se asoma a la casa un vagabundo drogadicto (Roberto Farías) que removerá a gritos sus secretos más oscuros. 
Larraín lanza una crítica demoledora hacia la doble moral de la Iglesia, que reniega de los tribunales civiles porque cree "que sólo Dios puede juzgarles"; una impunidad que le "violenta". Pero "lo más interesante es que el gran pavor de la Iglesia no es el infierno, sino la prensa", añade. "Por eso, quien hoy administra la prensa en el Vaticano es casi tan importante como el Papa". 
Así, preguntado por la actitud reformista del nuevo pontífice, declaró que Francisco tiene una oportunidad "única en la Historia". "El papa tiene que lidiar con una Iglesia que viene muy complicada, en donde ha habido tres papas consecutivos encubridores de distintos casos, y vamos a ver qué hace", añadió. 
Con un realismo que golpea como una bofetada, "El club" saca a la luz algunos de los crímenes encubiertos entre sotanas, desde la pedofilia y los abusos sexuales a robo de niños. "En Chile fue un problema de clase, en el que los ricos se llevaron los bebés de los pobres a espaldas de sus madres", cuenta Larraín poniendo como ejemplo el escándalo del sacerdote Gerardo Joannon. 
Y aunque según el cineasta "la sexualidad es el gran problema de la Iglesia", la película, como añade Castro, "abarca una humanidad mucho más amplia y profunda". La negación de la culpa, la expiación y la imposibilidad de dejar atrás el pasado son ejes centrales en este filme que busca sumar desde el arte su granito de arena para denunciar "eso que está en boca de todos, pero que nadie dice". 
Haciendo uso de una buena dosis de humor negro, Larraín logra ser aún más mordaz dando voz a esa lucidez del loco, que en "El club" se eleva como metáfora del purgatorio. Y a ello se suma una envolvente atmósfera brumosa, que Larraín consigue gracias a unas lentes anamórficas rusas como las que utilizó Andrei Tarkovski en los años 60. 
Cómo se recibirá "El club" en el católico Chile, donde se estrena el 28 de mayo, es algo que les produce una combinación "entre placer y pánico". Y ahí radica, según el cineasta, la magia del cine: ese extraño equilibrio entre control y descontrol que se captura en un instante para luego montarlo. Y después, que cada espectador decida. 

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