País de sordos (2388284)

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Hace un tiempo, un canal de TV transmitió un reportaje donde los presentadores mostraban la preocupación por el rechazo de ciudadanos colombianos en países extranjeros a los cuales han emigrado, debido a su mala costumbre de celebrar frecuentes fiestas nocturnas, donde suenan vallenatos, cumbias y merengues a todo volumen, a costa del desvelo de los vecinos nacionales, no acostumbrados a esos escándalos y sí a sus labores que deben comenzar muy temprano. Las quejas son frecuentes, pero los colombianos hacen mayoría en el barrio, del cual se han hecho dueños, y no admiten quejas de nadie. Por si alguien se ofende, aclaro que el canal es el internacional de la red Caracol de Colombia, y los presentadores lo que hicieron fue mostrar su preocupación por la mala imagen que los escandalosos compatriotas hacen a su gentilicio. Venga y le digo&

Y los venezolanos nos estamos pareciendo. Ya es usual que algún vecino nos desvele con su mariachi, sus vallenatos o sus reguetones hasta las tres de la madrugada, sin importarle el descanso de los demás; o que algún joven, a bordo de un agresivo  machito haga retumbar nuestra ya cansada humanidad con el retumbar de su equipo de sonido a todo volumen cuando se detiene en el canal de al lado con la luz roja, sin importarle si nos gusta o no su estruendosa pachanga donde predomina el  pum, pum, pum de un bajo insistente y monótono. Hay que oírla, a juro, hasta que cambie la luz a verde y el joven y su  machito se pierdan en la distancia a toda velocidad.

En una oportunidad, le reclamé cordialmente a un amigo, excelente tecladista por cierto, el altísimo volumen de su equipo de sonido al acompañar a un cantante que  animaba la celebración de una boda.  Es que si le bajo el volumen, el cantante se queja, porque se le nota cuando desafina fue la respuesta de mi amigo tecladista. Y los invitados teníamos dos opciones: o nos desgañitábamos intentando conversar, a riesgo de amanecer afónicos, o simplemente nos quedábamos callados, soportando en silencio el abuso de volumen. Algunos jóvenes bailaban, sin aparentar molestia alguna por el estruendo. Sordos, tal vez…

Hace unos cuantos años (ya no vamos al cine) estábamos en una sala llena de jóvenes que, antes de comenzar la película, conversaban bulliciosamente con acompañamiento de ruido de paquetes de chucherías. Al iniciarse la proyección, con un volumen que a nosotros nos pareció ensordecedor, comenzaron los gritos de los jóvenes:  ¡Volumen, volumen! . Al contrario de lo que pensamos, era que no oían el sonido y reclamaban por mayor intensidad. Tenemos una juventud sorda&

Las tres de la mañana / no he podido dormir& Así cantaba Alfredo Sadel su desvelo, por culpa de una llamada que no llegaba de su amada, en una de sus canciones. No de las mejores, por cierto. Y no por una llamada, sino por culpa de una destemplada voz a todo volumen, me encontraba sin poder dormir a esa misma hora del pasado sábado. Algún joven, recién superada la pubertad, tal vez con peinado a lo puercoespín, zarcillitos y todo tipo de guilindrajos en rostro y orejas, y ropaje estrafalario, hacía de cantante de un desafinado conjunto  musical . Todo a lo máximo de decibeles que daba el equipo de sonido que suplía su carencia de voz. Pensé, en mi desvelo, que los asistentes eran jóvenes y prematuramente sordos&

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@peterkalbers
 

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