Partida de dominó entre parejas terminó en jornada sangrienta (2291895)

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    Una noche de luna llena en que la algarabía y el alcohol inundaba un  club social de no muy buena reputación ubicado en los confines del sur de Valencia, estado Carabobo, dos mujeres y sus respectivos maridos estaban a la mesa echándose una partida de dominó de a 200 bolívares por cabeza.

    Cualquiera que quería entrar a la  bebezón de caña podía hacerlo, pues el dueño del establecimiento ni le paraba a la seguridad y mucho menos a lo del derecho de admisión. Fue así que entre los gritos, las cobas, los borrachos y el espeso y tóxico humo de cigarrillos, ingresaron al sitio dos sujetos raquíticos con caras de boxeadores masacrados.

    Los individuos de ojos desorbitados y rojos, pidieron cerveza y se sentaron a la barra, desde donde dominaban todo el patio de bolas y las mesas laterales donde los jugadores de barajas, dominó, maquinitas, rojo, piragua y cuanto juego de envite y azar había.

    Algunos testigos dirían luego que los sospechosos no quitaban la vista de la mesa donde jugaban las dos mujeres y los dos hombres identificados como Ana, Joaquina, Martín y Adalberto. Al parecer, los recién llegados no eran de esa zona y nadie los conocía. Estuvieron ahí solo unos minutos, mientras se tragaba cada uno dos cervezas bien frías. Luego, entre la estridencia del vallenato desgarrado y chillón, se acercaron a la mesa donde las dos parejas competían entre ellas.

    Te mataron la cochina

    Uno de los sospechosos se paró a espaldas de Martín, esposo de Ana, mientras que el otro, se paró a pocos pasos de Joaquina, esposa de Adalberto. Pese a estar tan cerca de los jugadores, ninguno dijo nada, solo hasta que uno de los  mirones , dijo con voz de ultratumba, -te mataron la cochina-.

    Ante esa realidad (sí le habían matado la cochina), Martín volteo enfurecido para reclamar al entrometido  mirón , pero este, sin apenas inmutarse, peló por un pistolón y en cuestión de segundos, le explotó la cabeza a Martín, a quien solo le había dado de abrir mucho los ojos y gritar un  nooooo idiotaaaa horrísono que fue ahogado por la explosión del disparo.

    En lo que los jugadores aterrorizados quisieron levantarse para huir de ahí, el otro  mirón , asesinó a sangre fría a Joaquina, igualmente pegándole un demoledor plomazo que le arrancó huesos del cráneo, mezclado con un espantoso chorro de sangre, cabello y masa encefálica, antes que su cadáver cayera inerte.

    Como si aquella fuera una cosa de lo más normal del mundo, los dos asesinos con las manos y la ropa manchadas de sangre y materia encefálica, salieron caminando tranquilos envueltos en una espectral nube de pólvora mientras que los testigos, paralizados, no se atrevían ni a respirar; solo temblaban viendo ante ellos la muerte pasar.

     Ana y Adalberto

    estaban empiernados

    Al poco rato, llegó la policía del estado y agentes de la policía científica. Aunque renuentes al principio, todos los testigos presenciales señalaron directamente a Ana y Adalberto, de ser quienes seguramente habían planeado y mandado matar a sus respectivas parejas, pues según estos testigos,  ellos estaban empiernados .

    Aunque Ana y Adalberto juraban que eran inocentes de las muertes de Martín y Joaquina, todas las pruebas los condenaban. Al ser interrogados, cada uno por su lado sostuvo que no eran amantes y que jamás en sus vidas habían visto a los sicarios que asesinaron a sus respectivas parejas.

    Otra de las cosas que no encajaba en la investigación, era que los asesinos solo ejecutaron a Martín y a Joaquina, sin causarles ni un rasguño a Ana y Adalberto, aún encontrándose en la misma mesa.

    Pese a la declaración de inocencia de Ana, esposa del asesinado Martín, y de Adalberto, esposo de la asesinada Joaquina, el equipo forense, luego de haber procesado la escena del crimen (lo que incluía fijación fotográfica, vídeo y recolección de indicios y evidencias, entre otros procedimientos), pidió a la fiscalía una orden para revisar los carros de Ana y de Adalberto, consiguiéndose con que en el asiento trasero del carro de este último, había suficiente material genético (saliva, semen y sudor) pertenecientes a los sospechosos de autoría intelectual del crimen, como para confirmar científicamente que en efecto tenían una relación carnal a escondidas de sus ahora fallecidas parejas. Estas pruebas eran contundentes y Ana y Adalberto, debieron confesar lo inconfesable. ¡Sí eran amantes!

     Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada , Mark Twain

    Pese a haber descubierto que Ana y Adalberto si tenían una relación amorosa clandestina, los investigadores no podían demostrar que ellos habían planeado el asesinato de sus parejas Martín y Joaquina, y mucho menos que les hubieran pagado a dos sicarios para llevar a cabo  el trabajito .

    Lo desconcertante del caso era que aún habiendo confesado que eran amantes, Ana y Adalberto tenían versiones iguales de lo que decían, incluso coartadas que no se contradecían en nada. Los investigadores llegaron entonces a la conclusión de que, o se habían aprendido muy bien sus papeles (en cuyo caso merecían un Oscar de la Academia), o ellos no habían mandado matar a sus parejas.

    En este punto de caso, los jefes de la Policía Científica ordenaron que el extraño caso fuera manejado por la Unidad para Casos Especiales, así que los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto, con su equipo de trabajo se dedicaron a resolver el asunto.

    Estando al tanto de todo lo ocurrido y analizando paso por paso las declaraciones de los sospechosos Ana y Adalberto, los agentes Salinas y Pinto llegaron a la única conclusión posible.  Ana y Adalberto no se contradecían en sus declaraciones porque sencillamente estaban diciendo la verdad .

    Salinas recordó una cita de Mark Twain que decía:  si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada y eso era lo que estaba pasando con Ana y Adalberto. Ellos sí habían engañado a sus parejas, pero no los habían mandado asesinar y por eso sus versiones no se contradecían.

    ¡La sorprendente verdad!

    ¿Entonces quién mandó matar a Martín y Joaquina? Una de las cosas que más había llamado la atención (por más insignificante que pareciera), era que unos 50 testigos que la noche del crimen estaban en la taguara, afirmaron que cuando le iban a disparar, Martín gritó al sicario:  nooooo idiotaaaa .

    Análisis posteriores revelaron la sorprendente verdad: ¡los autores intelectuales del crimen eran las víctimas Martín y Joaquina! Los mismos a quienes habían matado los sicarios por equivocación. Una reconstrucción de los hechos, reveló que Martín y Joaquina, se habían enterado que sus respectivas parejas, Ana y Adalberto, les estaban montando los cachos. Entonces, decidieron mandarlos a asesinar para vengarse de ellos, y de paso, quedarse con los bienes de cada uno. Ana era dueña de un importante abasto y Adalberto era propietario de una licorería.

    Fue por eso que cuando estaban sentados a la mesa de dominó y Martín vio que el asesino le apuntaba, gritó un indignado:  nooooo idiotaaaa . Al ver caer a su cómplice, Joaquina quiso huir, pero el otro criminal la detonó también.

    Estos sicarios, apodados  El Maique y  Boca e perro , fueron detenidos por los agentes de la Unidad para Casos Especiales luego de una vertiginosa persecución por la Autopista Regional del Centro con sentido hacia Maracay, estado Aragua. Ambos aclararon todas las dudas que quedaban sobre el lamentable caso. A ellos los había contratado Martín y Joaquina para que mataran a Ana y Adalberto, pero la noche que llegaron a la taguara donde los cuatro estaban jugando al dominó, estaban muy drogados y por sorprendente que parezca, se confundieron de objetivos, asesinando a quienes los habían contratado. Al final todo se destrancó y encajó como las piezas del dominó.

    Los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto, aunque no lo dijeran en su informe final, no dejaban de pensar que aquel asunto no dejaba de tener algo de sarcástica justicia del destino. Quienes habían mandado a matar (Martín y Joaquina), habían sido matados y quienes habían engañado, por poco lo pagan con sus vidas. Caso resuelto.

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