Patriotas cooperantes

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Vaya título que decidieron   aceptar algunos paisanos para agradar al Gobierno y ayudarlos en los montajes que contra la oposición (por ahora) se encarga de producir el presidente Maduro, intentando justificar su cada vez más indignante estrategia de callar las voces de cambio que recorren Venezuela. Hoy desafortunadamente en nuestro país, cuna del hombre que libertó a media América, nos debatimos en la decisión de cómo queremos vivir, si con libertad o sin ella, como consecuencia de un proceso que habiéndose instaurado electoral y democráticamente, apela al uso y abuso del poder circunstancial que ostentan para someter, subordinar y aniquilar lo que como venezolanos estamos obligados a defender: Nuestra libertad. 

Y es que ya no es suficiente para el actual régimen el encarcelamiento doméstico que practicamos como único mecanismo para resguardar la vida ante tanta inseguridad que ataca a los del proceso, a sus adversarios y a los que llamamos ni-ni, cuando cualquiera puede ser el blanco y ha sido víctima o testigo de la delincuencia desbordada que mutila nuestra libertad a una vida tranquila y sin temor. Ya no es suficiente con el descalabro de toda la estructura del Gobierno, que alcanza niveles de ineficacia tan grandes que no es capaz de brindar condiciones que permitan nuestro desarrollo a pesar de nuestra riqueza y el dinero que nos genera, utilizado no para crecer como país, sino para pagar por un lado la solidaridad perversa de aliados que nos chupan, se aprovechan para guardar silencio frente a la atrocidad, y por el otro, condiciona tus beneficios, tu derecho a bienes y servicios, a trabajo estable si y solo si juras absoluto compromiso y subordinación al régimen con el otorgamiento de un voto mayoritariamente obligado, controlado y absolutamente manipulado, coartándote tu derecho a tener calidad de vida, poder elegir libremente y que se respete tu decisión; como tampoco lo es la destrucción de nuestro aparato productivo sino que el Gobierno es dueño y señor de lo que se importa, se compra y se coloca a disposición en el mercado, limitando grandemente la libertad económica que nos acompaña y que hoy claramente tiene en riesgo nuestra soberanía alimentaria, obligándonos a comer y adquirir no lo que queremos, sino lo que el Estado nos permite comprar y hasta consumir, aplicándonos cada vez más un indignante racionamiento, mientras exhibe con bombos y platillos operativos de supuestos decomisos gracias al filtro que “patriotas cooperantes” (léase sapos, chismosos, etc.) le pasan a este mal Gobierno que no es capaz de rendir cuentas sobre lo que ellos  han dejado perder en  nuestros alimentos. Actúan amparados en un guión que intenta victimizar a Nicolás en momentos en los que la opinión pública se muestra en descontento general con su gestión y apela desesperadamente a la teoría del contrabando, guerra económica, magnicidio, del golpe de Estado  intentando sortear la gigantesca ola en la que tiene convertida la economía nacional y que amenaza cual barbarazo arrasarlo todo. Estamos en presencia del mismo discurso de los últimos quince años de quienes hoy están en el poder, para tratar de desviar la atención pública e intentar generar una nueva matriz que gire en torno a este asunto del golpe de Estado y al mismo tiempo para justificar la nueva arremetida contra la dirigencia opositora que hace frente y se niega a caer en las redes del régimen que se viste de cordero mientras intenta aniquilar lo que queda de nuestra democracia. La gravísima crisis por la que atraviesa Venezuela en estos momentos no es más que la consecuencia directa del fracaso de un modelo impuesto a fuerza de demagogia, de manipulación, concebido en principio con la intención de cambiar el sistema que a juicio de los llamados revolucionarios desangraba el país y lo sumergía inexorablemente en pobreza, desempleo, injusticia, desigualdad, corrupción y sobre todo sometimiento a quienes no querían otra cosa más que apoderarse de nuestro petróleo y nuestras riquezas: El Imperio. Para ello agitaron los cuarteles, conspiraron contra el Gobierno para luego dar el golpe, un golpe de Estado de verdad, con tiros, tanquetas, muertos; contra la constitución en vigencia y el Gobierno que democrática y electoralmente habíamos escogido los venezolanos. 

No nos engañemos más, lo que ocurre en nuestro país cada día que pasa se hace más inaguantable, nos obliga irreversiblemente a aspirar, a demandar, pero sobre todo a procurarnos un cambio. No somos Chile ni Maduro es Allende, pero vale la pena recordar que con el eslogan “Chile, la alegría ya viene” se realizó la campaña contra Pinochet, se enfocaba en dos objetivos fundamentales, que “la gente se atreviera a votar y también a expresar su malestar con el régimen”. Grandes retos afronta ese país a 26 años de aquel suceso, y hoy al igual que chilenos (salvando las distancias de los modelos de Gobierno), los venezolanos nos enfrentamos al impostergable desafío de profundizar la democracia, recuperar nuestro estado de derecho y elevar nuestra productividad.

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