La peligrosa venganza de la calavera y el bendito cajero automático

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Un caluroso día de enero, alguien realizó una llamada anónima a la sede de la policía científica y notificó que en la ladera de un cerro en Güigüe, municipio Carlos Arvelo del estado Carabobo, habían conseguido una osamenta humana.

El equipo forense y los agentes para casos especiales Carlos Salinas y Mario Pinto llegaron al sitio del hallazgo gracias a las indicaciones dadas por la persona que llamó y quien prefirió mantener el anonimato.

Hartos de que los criminales pensaran que podrían asesinar y arrojar cadáveres en regiones remotas y que por ello no pagarían por sus crímenes, Carlos y Mario se tomaron aquello como una cruzada personal. Estaban empeñados en resolver el caso y ponerle los ganchos al o a los asesinos, que seguramente estarían riéndose entre sus alimañas de que nunca podrían descubrirlos.

La cosa estaba como difícil, pues al llegar adonde se encontraban los restos, solo había huesos. El patólogo forense no tenía mucho con qué trabajar, pero el antropólogo forense ¡sí que tenía trabajo del bueno! La calavera, perfectamente desprovista de todo tejido, miraba sin ver al equipo con sus cuencas oculares profundas, insondables, vacías.

Todo el sitio fue fijado meticulosamente. Se hicieron fotografías y vídeos y se delimitó el área donde se colectaron los indicios y evidencias que posiblemente conducirían a las pruebas y a la verdad.

El agente Carlos Salinas de verdad estaba molesto. Insistió en trabajar “a todo gas” sobre este caso. Iban a resolverlo costara lo que costara. Le importaba un cuerno que el antropólogo le hubiera dicho con fría exactitud que ese ser llevaba un año de muerto y que no sería nada fácil.

El antropólogo loco

Cada hueso fue estudiado. José Peretti, el antropólogo, comentó que luego de escanearlo y ampliarlo, había conseguido microfracturas en el cráneo, específicamente en el frontal. También tenía fracturas más amplias en el maxilar inferior. Incluso determinó que la muela y el diente que faltaban fueron arrancados por un fuerte golpe en esa zona. Así lo demostraban ambas piezas dentales en la bandeja al lado del cráneo.

Disertando como si el esqueleto le hablara, e ignorando olímpicamente la presencia de los agentes especiales, Peretti determinó que las microfisuras habían sido causadas por un objeto de cristal.

Al conseguir microscópicos cristales de color ámbar en las fisuras, pegó un grito como loco que sobresaltó a los agentes. “¡¡Soy un genio!!”, se dijo a sí mismo. Carlos y Mario se miraron de soslayo como pensando “pobre tipo”, pero concordaron en que tenía su mérito. Desesperados, le exigieron a Peretti que les explicara. Éste, dirigiéndose a ellos con la condescendencia de un profesor a sus nuevos alumnos, les explicó que el esqueleto era de un hombre de entre 42 y 45 años, no más. Que las microfisuras en el frontal del cráneo y en el maxilar inferior habían sido causadas por el golpe demoledor de una botella de cerveza, “tipo Pilsen para ser exactos”, según el color de los cristales. Pero que eso no fue la causa de muerte.

“Lo que mató a este hombre fueron varias puñaladas que se abrieron paso entre las costillas esternales, perforándole el pulmón izquierdo, provocándole sangrientas convulsiones y dolores indecibles. Así lo demuestran los cortes del arma homicida en las costillas III, IV y V”.

Los agentes dejaron solo al “antropólogo loco” y con esa información se dirigieron al laboratorio de las evidencias. Entre las pertenencias del difunto, estaba el pantalón jean, donde pese a su mal estado, podía leerse una letra “U” de lo que fuera color blanco, estampada a la altura de su bolsillo frontal derecho. También una camisa de color rojo hecha jirones y botas de seguridad.

Resistiendo contra todo pronóstico a los embates de la muerte y del tiempo, estaba un papelito doblado y arrugado que permaneció todo ese tiempo en una bolsita plástica en el bolsillo trasero del pantalón. Era rectangular y encerado, donde podían leerse aún las letras negras aunque descoloridas y al borde de la desintegración. Escaneado y visto bajo diferentes espectros de luz, se determinó que era el recibo rectangular de un cajero automático.

Era como si el esqueleto, despojado de todas sus pertenencias, incluida su cartera, hubiera guardado esta carta hasta el final para consumar su venganza contra sus asesinos. Se leían el nombre del banco, la fecha de la transacción, la hora (coincidía con la de la muerte) e incluso el número del cajero.

Los agentes fueron a la entidad bancaria y se comprobó que el cajero quedaba en la avenida Lara de Valencia. Se obtuvieron los registros de esa fecha y hora, y por primera vez, en la cinta de vídeo, vieron el rostro vivo de la víctima (que coincidía con el dibujo de la reconstrucción facial), sacando dinero antes de ser asesinada.

Cuanto más atrás puedas mirar…

“Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”, dijo el agente Carlos. Mario bromeó diciéndole que si se creía el maestro Yoda, aunque en realidad Carlos estaba citando oportunamente a Winston Churchill.

Y vieron más atrás. Ambos interrogaron a las personas del entorno de Basilio Salcedo (como se llamaba la víctima), trabajador del aseo urbano y padre de 4 hijos. Al ser visitada su viuda en un desvencijado rancho de las invasiones La Pelayera, en Los Guayos, ésta dijo que Basilio había desaparecido hacía un año cuando el 15 de enero dijo que iba a un cajero automático. Ya nunca lo volvieron a ver.

Airados porque los asesinos de este pobre hombre siguieran sueltos con total impunidad, los agentes especiales también interrogaron a los compañeros de trabajo. Pero no hallaron nada.

Entonces, en un ardid bien elaborado, decidieron dar detalles a la prensa sobre el hallazgo del esqueleto, pero haciendo ver que no había nada que ayudara a resolver el caso, e incluso que no había voluntad de hacerlo.

Conociendo la naturaleza diabólicamente “bocona” de los asesinos, montaron una operación encubierta en La Pelayera. Dos agentes disfrazados como indigentes (pero muy bien protegidos) se mezclaron en la población local y cuando todos conocían las noticias, dos sujetos apodados “la Rata” y “el Tripa” se jactaron adjudicándose el crimen y relatando a quien quisiera escucharles cómo habían asesinado a aquel pobre hombre para robarlo, e incluso cómo le habían arrancado a botellazos la clave de la tarjeta de débito para posteriormente vaciar la cuenta bancaria.

Otro caso más

Un día en que se paseaban armados por las calles de La Pelayera, una comisión completa les cayó encima. “Cantaron todo” y mostraron el arma homicida, un cuchillo de carnicero con mango de goma. Fue suficiente para que la fiscal decidiera imputar a los presuntos criminales y comentar que “el camino de la justicia debe dejar de ser una carretera, para convertirse en una autopista desmalezada de la impunidad”, caso resuelto.

Otro duro caso que forma parte de nuestra vida cotidiana… una mañana cualquiera sales a la calle y, de pronto, el destino te cae a patadas y te recuerda que no eres sino un fragmento de polvo estelar en medio de un universo infinito.

Lo que aquí ocurrió es, lamentablemente, no tan extraño como uno pudiera imaginar… así es la vida en su encuentro con la muerte: inesperada, sorpresiva.

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