Plagar la América de miseria

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I

 

En 1983, ejecutando la Operación “Furia Urgente”, los Estados Unidos invadieron Granada. Un pequeño país caribeño, con apenas 100 mil habitantes en ese entonces, fue considerado una “amenaza” para la seguridad de la potencia militar más grande de la historia. Absurdo. Como si se alegara que la valenciana urbanización La Isabelica (que tiene mucho más de 100 mil habitantes) pudiera poner en peligro a los Estados Unidos.

La “Doctrina de Seguridad Nacional” de los gringos es la justificación del atropello más criminal. Viola, además de la lógica y el sentido común, los más básicos principios internacionales.  Estados Unidos aprueba leyes y órdenes presidenciales que pretenden tener vigencia fuera de su territorio, considerando al planeta como su patio trasero. La soberanía de los demás países se convierte en ficción.

Como se sabe (y a los que no lo saben, les recomiendo que estudien), los Estados Unidos han intervenido (con invasiones directas, golpes de estado, etc.) en todos los países de América Latina. En todos. Desde que empezaron en 1846 despojando a México de más de un tercio de su territorio y continuaron con Nicaragua en 1854 (cuando destruyeron a bombazo limpio un puerto nica por pretender cobrarle impuesto al yate de un millonario norteamericano), y al año siguiente un bandido gringo de apellido Walters, apoyado por los bancos yanquis (los Morgan incluidos), invadió Nicaragua, Honduras y El Salvador, y se declaró presidente de esos países, mientras restauraba la esclavitud en los territorios que controlaba.

Pero esas infamias del siglo XIX apenas eran ensayos para lo que vendría luego. Cuando acababa ese siglo los norteamericanos entran en guerra con España, muy apurados para evitar que el ejército patriota cubano terminara de derrotar al español y declarara la independencia de la isla. Así logran ponerle la mano a lo que quedaba del decadente imperio colonial español: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Hawái.

En América Latina el siglo XX sería un incesante ciclo de invasiones e intervenciones yanquis. Algunos países, como la República Dominicana y Haití, han sido invadidos más de una vez por nuestro “vecino del Norte”.

 

II

 

Lamentablemente, hay un sector en nuestra población que sólo tiene de venezolano la cédula de identidad. La imposición de un modelo de globalización cultural en los noventa, el “american way life”, convirtió al moderado pitiyanqui de ayer (que respondía “Yes, sir” por temor, servilismo y cálculo) en el radical apátrida de hoy (de corazón transculturizado).

La mayoría de los apátridas viven frustrados, amargados, en su propia patria, o en lo que alguna vez, cuando fueron niños, fuera su patria (a la que llaman a cada rato, despectivamente, “este país”). No ven diferencia alguna entre un paquete de harina Pan y tener Patria. Son incapaces de comprender por qué la mayoría quiere a su terruño, no como mera referencia folclórica, sino con amor real.

No pueden entender (porque no leen) lo de antiimperialismo. Eso está más allá de su nivel. Verán: ser antiimperialista no significa que no se admire a Whitman o a Edgar Allan Poe. Que no hayamos leído de pequeños a Mark Twain. Que no nos guste Hemingway, Faulkner, Tennessee Williams, Bob Dylan, Pound, T.S. Eliot (por cierto, cuando el apátrida escucha “cultura norteamericana” piensa únicamente en Disneyworld).

Cuando oigo a un necio criticando que Fulanito, que dice ser antiimperialista, viaje a Estados Unidos, vislumbro que seguramente otro necio acusó a San Pedro de traicionar el judaísmo cristiano por ir a Roma, o a Gandhi de ser un falso independentista por estudiar Derecho en Inglaterra.

Antiimperialismo, les explico, es que no nos guste que el gobierno norteamericano quiera adueñarse de nuestro petróleo y pagarlo a centavos de dólar. Que se asuma como el Sheriff del planeta. Que haya sostenido y aupado las peores dictaduras que ha sufrido América Latina (desde Somoza hasta Pinochet). Que haya protegido al Apartheid sudafricano. Que sustente las masacres del ejército israelí contra los palestinos. En las últimas dos décadas han impuesto a la humanidad la guerra permanente. No pasa un día sin que los yanquis ejecuten acciones de guerra. Obama es el premio nobel que más guerras ha hecho y más sangre ha derramado.

La lista es larga, larguísima. Es muy difícil imaginar una mala causa que no haya sido apoyada por los Estados Unidos.

Así que lo de los derechos humanos y la lucha contra la corrupción es un cuento para imbéciles. Y de vivos que se hacen como que no saben.

(*) Editor-Escritor

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