Polarización y radicalismo: ¿causas o consecuencias?

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Tras dieciséis años de activa militancia opositora he llegado a la conclusión de que un sorprendente y desorientador quid pro quo enturbia la mirada, la estrategia y la acción de lo que bien podríamos llamar “la oposición oficialista”, incrustada en el nuevo establecimiento, tolerada e, incluso, consentida por el régimen. Que ha sido el eje de la oposición desde el trágico fracaso de la rebelión del 11 de abril, ha desalojado a la sociedad civil del principal protagonismo opositor desde el apocalíptico, así llamado “fraude continuado” del 15/8/2004 y ha entronizado desde las presidenciales del 2006 de la mano de Julio Borges, Teodoro Petkoff y Manuel Rosales a los ya viejos partidos AD, UNT, PJ a la cabeza de las acciones contra el sistema de dominación castrochavista. Obnubilada por la vía electoral y sin otro programa táctico que ofrecerle al pueblo venezolano que asistir pasiva, disciplinada y entusiastamente al matadero del CNE. Y sin otro programa o propuesta de gobierno que más clientelismo, más populismo, más estatismo, más “socialismo” pero “más eficiente y democrático”. A la paciente espera de que el régimen colapse por sus propias fuerzas internas disgregadoras, dando paso en forma natural y espontánea al regreso a la única democracia conocida por los venezolanos, la de Punto Fijo. Ante el fracaso de la imaginación política, se recurre al mismo fraile, aunque con alguna que otra nueva sotana.

Ese quid pro quo afirma que la polarización que sufre Venezuela, en rigor desde el 4F/92 pero de forma excluyente, creciente y devastadora desde el 6 de diciembre de 1998, cuyo resultado manifiesto es la radicalización de las posturas de las partes en conflicto, no es propia “de la cosa misma”, der Sache selbst, como diría Hegel, sino un aditamento externo, impuesto desde fuera por las “cabezas calientes” del extremismo “de lado y lado”. Con la debida consecuencia práctica: prestarse al aislamiento de los sectores más conscientes de la oposición democrática, dividir aguas en los esfuerzos e impulsos liberadores de la sociedad civil  y aliarse abierta o subrepticiamente con el chavismo dominante, particularmente cuando dichos sectores, empujados por la dinámica propia desencadenada por el chavismo, asumen el protgonismo del enfrentamiento contra el proyecto castrocomunista en curso. Como se comprobara de manera dramátiva, incluso trágica, cuando sus representantes políticos corrieran al Palacio de Miraflores a dizque “dialogar” con quien estaba asesinando con sus fuerzas armadas, policiales y parapoliciales a nuestra juventud en los pueblos y ciudades de Venezuela. Con el ya conocido y ultrapaso saldo de 43 jóvenes asesinados. Que ese régimen asistido por nuestras camarillas dialogantes y el concurso de UNASUR, hoy acusa de haberse asesinados a sí mismos. En un exabrupto clásico del fascismo, como bien lo señalara la judía Hannah Arendt: convirtiendo a las víctimas en sus propios victimarios. ¿O no oyó el país al “defensor del pueblo” culpando por CNN en español al líder de los asesinados, Leopoldo López, por los asesinatos de sus seguidores?

 

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En 2003 dejé mis ocupaciones privadas y abandoné todos nuestros intereses particulares por sumarme a la Coordinadora Democrática, en donde formé parte de la llamada Comisión Política y su Comisión de Relaciones Internacionales, dirigiendo la Comisión de Cultura. Lo hacía en modesta señal de agradecimiento por la Patria que me adoptó y dio cobijo en aciagos momentos de mi vida. Mientras, al mismo tiempo, me integraba a otro frentes del combate civil por la democracia: el M4D y el Movimiento Dos de Diciembre. Una profunda diferencia marcó ambos movimientos del quid pro quo predominante en la Coordinadora Democrática y luego en lo que devendría en la MUD: quienes en ellos militábamos hemos sido del convencimiento que la polarización y la subsecuente radicalización no son un aditamento externo al proyecto castrocomunista impulsado desde antes del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 y de asaltar el Poder mediante elecciones por el golpismo cívico militar venezolano: ha sido su esencia constitutiva. El chavismo no ha sido reformador: ha sido devastador. No ha sido democrático: ha sido autocrático. No ha sido liberal: ha sido totalitario. Y no digo que haya sido revolucionario, por el matiz positivo que el término encierra desde la Revolución Francesa. No ha sido revolucionario porque ha impulsado la regresión, la dependencia a las viejas, ancestrales taras de la sociedad venezolana, la subordinación y la entrega de la soberanía nacional a un poder extranjero, la quiebra de nuestras principales fuentes de riqueza y el saqueo impune y desencadenado a la renta petrolera, a niveles verdaderamente estratosféricos.

¿Revolucionario un régimen que empobrece a las mayorías, esclaviza  a sus masas de apoyo convertidas en carne de cañón de un proceso disgregador, permite y favorece el asesinato de un cuarto de millón de su población en la mayor impunidad, descoyunta las instituciones, envilece la justicia, corrompe sus fuerzas armadas, prostituye la opinión pública y le arrebata toda potestad a la asamblea legislativa? ¿Y todo ello con un abuso y un saqueo arrasador de los bienes de la República ante una oposición inerme, descabezada, empujada a la cárcel, al exilio o a la apatía? ¿Sin un mínimo y elemental respeto a la división de los Poder y con el claro propósito de aniquilar a las fuerzas opositoras o convertirlas en comparsa legitimadora de sus despropósitos?

Esa ha sido la piedra de tranca entre la que llamamos “oposición al y del régimen”, prisionera de una dialéctica inmanente al Poder, obligada o auto convencida de la necesidad de plegarse a las directrices emanadas del ejecutivo, consciente del gigantesco desafío de enfrentarse en la absoluta soledad del Poder a un sistema totalitario, que controla de manera omnímoda y absoluta todos los poderes de la sociedad venezolana, sin exclusión ninguna: milicias y policías, ejércitos y medios, jueces y prisiones, contralorías y fuentes financieras, y la oposición que ha ido surgiendo de lo profundo de nuestra sociedad civil, de su juventud universitaria, de sus intelectuales, de la Iglesia, de las organizaciones de la sociedad civil que se niega a convertirse en alcahuete de su demolición y en peón de las maniobras distractivas de lo que es hoy, sin ningún lugar a dudas: una dictadura.

 

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 Lo complejo y aberrante de este proceso de polarización y radicalización de la sociedad venezolana es que se ha venido dando subrepticiamente desde sus mismos comienzos, acelerada por lo menos desde comienzos de los años 80 del siglo XX,  perfectamente encubierto, como todos los procesos de fascistización – Italia y Alemania, los dos casos emblemáticos en el Siglo XX – bajo el ropaje de una llamada nueva democracia, protagónica y plebiscitaria. Fracasado su asalto abierto con la invasión cubana en los sesenta y tras un relativo repliegue en la institucionalidad democrático parlamentaria,  se ha anidado entre los faldones de una profunda crisis de dominación, que ella ha profundizado, ha pervertido a los actores políticos, mediáticos y académicos tradicionales, convirtiéndolos en peones de sus avances dictatoriales hacia el control de la Hegemonía, ha seducido y alebrestado a las mayorías ingenuas y desencantadas de la pesada responsabilidad de sostener y darle vida a un sistema de libertades y ha terminado por asaltar el Poder ante la aclamación nacional e internacional. Una farsa perfectamente programada y llevada a cabo, culminada con éxito y convertida en modelo para el asalto de la región por el castrismo, enmascarado tras el llamado Foro de Sao Paulo, financiada por la renta petrolera de su cabecera de puente y dueña, al día de hoy, del poder político de las principales naciones del continente. Y ya en proceso de desarrollo, desde Grecia y España, del viejo continente. Un proceso de dimensiones universales.

¿Culpable una protesta universitaria provocada por la violación de una joven estudiante en sus predios por “la radicalización” de la sociedad venezolana? ¿Culpables sus líderes encarcelados por “la polarización” de la sociedad venezolana? ¿Responsables quienes advirtieran de la trampa aviesa y sistemática del Consejo Nacional Electoral por las más que legítimas dudas del electorado ante los mecanismos fraudulentos que obstaculizan el libre desarrollo de los procesos electorales en Venezuela? El cojo, dice el refrán, le echa la culpa al empedrado. El ciego y el sordo a la neblina y al bullicio.

El encarcelamiento de Antonio Ledezma, la segunda autoridad electa más importante de la República, violando todos los procedimientos constitucionales y echando por tierra toda máscara democratoide, desgarrará sin duda  todos los velos con que la dictadura ha nublado y maniatado a su oposición predilecta. Dado que de “este lado” no hay cárceles ni jueces, soldados ni tribunales, mazmorras ni servicios secretos, tanques, cañones y ametralladoras  ¿osará alguno de los líderes de la oposición oficialista hablar de “radicalización de lado y lado” y ponerse de lado de un imaginario centro político en que dialogan serenos y pastoriles el presidente de la República y el eterno candidato presidencial?

Es la pregunta crucial en esta hora de definiciones históricas y trascendentales: ¿se unirá el pueblo democrático venezolano de una buena vez exigiendo el ansiado cambio de régimen al que apuestan las inmensas mayorías de la Nación o la oposición oficial seguirá arrastrando sus despojos electoreros en la más trágica, patética y exasperante ceguera de sus jefes de bancadas?

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Twitter: @sangarccs

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