¡Increíble! Que pongan los gallos pa´ que bajen los huevos

Así lo expresó Elpidio Montañez, un criador de aves de corral de El Naipe. Un cuento gallináceo con visos de historia para ser contada.

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Ruperto a ninguna gallina pisó mientras que la producción de huevos bajó a cero. Foto: Notitarde

Notitarde.- En estos tiempos de crisis hasta los gallos deben poner huevos –así lo expresó Elpidio Montañez, un criador de aves de corral de El Naipe, en el municipio Libertador del estado Carabobo- al narrar un cuento gallináceo con visos de historia para ser contada.

Hace apenas unos meses, agrega Montañez, el alboroto de las gallinas reveló la presencia de un hermoso animal de alta cresta, patas largas, espuelas afiladas y un plumaje entre giro y colorado. El gallo parecía venir de otra galaxia. Sus modales perturbaban a las 50 gallinas de la granja que de inmediato dejaron de poner, ya que vivían embelesadas deseando ser cubiertas por Ruperto (nombre que dio al plumífero), pero éste nunca les paró.

Yo tenía otros tres gallos patarucos, agrega el campesino, cuya tarea era cubrir las ponedoras y tejer y dibujar las madrugadas con sus cánticos de Carabobo a Cojedes; pero ellos, celosos de Ruperto hicieron lo que hacen todos los gallos, pelear por el patio aunque fueron vencidos uno a uno… y así fue como Ruperto se hizo dueño del gallinero.

Sin embargo, Ruperto a ninguna gallina pisó mientras que la producción de huevos bajó a cero, sobre todo en momentos cuando medio cartón era casi sueldo mínimo. Así que decidí tomar medidas extremas llevando a Ruperto a varios palenques donde lo enfrenté a severas riñas, resultado todo un campeón. Gané dinero en las apuestas pero nunca comparado con los beneficios que se obtienen vendiendo huevos.

El gallo experimentaba una extraña conducta 

A estas alturas del relato, refiere Montañez, las gallinas convencidas de la indiferencia del gallo comenzaron a producir de nuevo, mientras que Ruperto experimentaba una extraña conducta. Gastaba el tiempo en la granja de al lado, en un criadero de gallos de pelea. Al cabo de un tiempo se negaba a mover las alas y sacar tierra con el pico.

Se apartó de las gallinas y dormía solo en otro techo. Allí –aseguró Montañez- encontré días después 12 huevos pequeños, blancos y carentes de yema. Ruperto había desaparecido. Un peón lo vio caminando por el campo con un amigo y nunca se pudo saber a dónde fue ni quién puso los huevos sin yema, lo que si se supo fue que éstos eran baratísimos.

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