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Lo siguen en todo el mundo
Un encuentro peruano en torno al venerado
"Señor de los Milagros"
Lentamente, la tosca mano hacía discurrir el pincel por la desconchada
pared. Los colores, poco a poco fueron denotando la imagen de un hombre
con barba, cabello largo y crucificado, en medio de un fondo color morado
y violeta.
El esclavo pintaba sólo
de noche y a escondidas, creando colores con los pétalos de las flores.
La pared de su habitación, en un lejano poblado llamado Pachacamilla,
al Sur de la ciudad de Lima en Perú, había sido convertida
en un enorme lienzo lleno de fe y amor.
Las noches se convirtieron en largas horas de oración, solidaridad
y dolor. Cientos de esclavos, secretamente, acudían a la barraca
para rezarle al Cristo Morado, tal como fue bautizado.
Rostros sudorosos, espaldas con cicatrices y manos llenas de callos,
entonaban cánticos a media voz para pedirle al Cristo el milagro
de una vida mejor, digna y con respeto.
Así pasaron los años, hasta que un fuerte terremoto en
1540, destruyó las casas, la iglesia, las barracas, pero la pared
con la imagen del Cristo Morado, pintado por unas manos negras, quedó
intacta.
Desde ese momento la pared se convirtió en sitio de oración.
Allí acudían cientos y miles de personas para pedir algún
milagro, lo que causó gran malestar entre los patrones dueños
de los esclavos, las autoridades y la Iglesia Católica, que prohibió
la presencia de sus fieles ante la imagen pintada en la pared.
Todo esta prohibición, lo que hizo fue alentar la fe del pueblo,
al punto que ya se tornaba incontrolable para la Iglesia la demostración
de fe al Cristo de Pachacamilla.
Tras conciliábulos y reuniones, las autoridades y los jerarcas
de la Iglesia Católica, decidieron que la pared debería ser
derruida para evitar "ritos sacrílegos", y ordenaron a
un grupo de hombres que, picos en mano, destruyera la pared.
Cuando los obreros llegaron frente a la pared y, vieron la imagen pintada,
sintieron como una corriente eléctrica y no pudieron cumplir su cometido.
Inclusive, cada vez que intentaban golpear la pared, caían al suelo
como desmayados.
Este hecho corrió como reguero de pólvora y aumentó
la fe y devoción de los fieles, mayoritariamente esclavos, en el
Cristo crucificado, al que comenzaron a llamar el "Señor de
los Milagros".
Al poco tiempo, la tierra
volvió a temblar y, mientras todo alrededor de esa pared cayó
destruido al piso, ella se mantuvo erguida, sin sufrir ningún rasguño.
La Iglesia comprendió que algo sobrenatural estaba sucediendo
y, ordenó el traslado de la pared hasta la Iglesia de Las Nazarenas,
en pleno centro de Lima, donde actualmente se encuentra y es venerada por
millones de personas.
Han pasado cuatro siglos y la fe en el "Señor de los Milagros"
ha crecido al punto de que en cada país donde haya una comunidad
de residentes peruanos, con absoluta seguridad se encontrará una
organización que los agrupe en torno a esta imagen milagrosa.
Milagros en la novia del sol
En mayo de 1990, un grupo de familias de residentes peruanos radicados
en Valencia, entre los que se cuentan: Próspero Chimpen, Gladys Salgado
de Sánchez, Rosa María Salgado de Luna, Luis Trevicó,
Antonio Rusi y Hugo Arias, decidieron fundar la asociación civil
"Señor de los Milagros".
"Nosotros creímos necesario promover y compartir con el pueblo
carabobeño, la fe en el Señor de los Milagros", señaló
Rosa María Salgado de Luna, quien actualmente ejerce la presidencia
de esta asociación.
María Salgado reside en Venezuela desde hace 27 años. Naturalizada
como venezolana, trabaja en Ford Motors de Venezuela, como secretaria ejecutiva
bilingüe.
Nacida en Lima, decidió viajar a conocer Venezuela, a donde llegó
el 18 de enero de 1973. "Yo vine por dos años para conocer y
trabajar, pero me quedé. Aquí me casé y en esta tierra
es donde senté mis raíces junto a mi esposo, José Carlos
Luna González, quien es Contador y se dedica al comercio".
Rosa María comenta, que una de las cosas que más le llamó
la atención cuando llegó a Venezuela, era la forma como las
personas anunciaban que se quedaban en la parada de los carros del transporte
público.
"En una oportunidad, cuando me dirigía a casa, una persona
que estaba sentada junto a mí, en la camioneta de pasajeros, comenzó
a aplaudir para anunciar que se quedaba en la siguiente parada, pero como
yo desconocía esa costumbre, sorprendida también comencé
a aplaudir y, cuál fue mi sorpresa, cuando el carro no se movía
de la parada esperando que yo bajase".
Con el paso del tiempo, la señora Rosa María Salgado decidió
asentarse en Valencia, desde hace 19 años, ciudad en la que ha comenzado
a desarrollar su obra social, ahora desde la presidencia de la asociación
"Señor de los Milagros".
Esta organización fundada hace nueve años, se dedica no
sólo a promover la fe entre los residentes peruanos y valencianos,
sino que realiza una serie de obras de bien social, en beneficio de personas
y organizaciones que requieran de la ayuda de la comunidad.
Testimonios de un pueblo
"La asociación 'Señor de los Milagros' nos ha permitido
acercarnos hacia las personas más necesitadas y ayudarlas de alguna
manera", comentó Hugo Arias Meléndez, otro peruano naturalizado,
quien desde hace 34 años vive en Venezuela.
Apurimeño de nacimiento, Hugo Arias habla el "quechua",
un idioma nativo que todavía sirve de comunicación entre pobladores
de las zonas andinas del Perú.
"Yo llegué a Venezuela hace 34 años, soltero y con
muchas ganas de triunfar y salir adelante, como todo inmigrante. Trabajé
como vendedor independiente y siempre me fue muy bien, gracias a Dios y
al 'Señor de los Milagros', ahora tengo una empresa sólida
que me permite dedicarme al comercio sin mayores preocupaciones", explicó.
Hugo Arias, de cabello cano y sonrisa juvenil, se casó con Tirsa
Tarazón de Arias, una venezolana que trabajó como supervisora
del Ministerio de Educación, con quien tiene tres hijos, todos ellos
venezolanos.
"Cuando me naturalicé, lo hice porque así lo decidí;
aquí conseguí todo lo que tengo y también todo lo disfruto
en este maravilloso país. Este es el país que me adoptó,
yo decidí quedarme en Venezuela y soy feliz por ello; muy pocas personas
son aquéllas que pueden tener la suerte de decidir en qué
país vivir y yo soy una de ellas".
Arias Meléndez, quien se confiesa "hincha del Alianza Lima",
explicó que hace tres años, la organización "Señor
de los Milagros", entre sus múltiples labores sociales, ayudó
a repatriar a más de 350 peruanos que se encontraban en situación
económica precaria en el estado Carabobo.
"A través de gestiones con el Consulado del Perú y
el apoyo de las empresas privadas y de transporte, logramos que 350 paisanos,
cuya situación económica era precaria, pudieran volver al
Perú, sin que esto signifique algún tipo de gasto para ellos".
Del mismo modo, esta organización ha mantenido una constante ayuda
a los "Hermanos Hospitalarios de la Casa de San José" y
a los niños del Inam.
"Nuestro objetivo fundamental a través de esta organización,
es, además de profundizar la fe en el 'Señor de los Milagros',
ayudar para que nuestros paisanos no pierdan el gentilicio, nuestra identidad
y las costumbres de nuestras raíces".
"Hemos logrado que la institución tenga cierta importancia,
al punto que, el clero valenciano, decidió cedernos una nave en la
Catedral para colocar la imagen del 'Señor de los Milagros'. Nuestra
principal preocupación actualmente, es la necesidad de agrupar a
los peruanos residentes en Valencia, para tener una idea del número
de emigrantes y, para ofrecernos como un centro integrador en torno al cual
puedan agruparse los paisanos emigrantes en nuestro estado".
Un ejemplo de este deseo integrador, lo evidenciaron a través
de una actividad familiar que esta organización preparó en
el club Good Year, donde se celebró, por segundo año consecutivo,
un reencuentro de la familia peruana, en el que se desarrolló un
campeonato relámpago de fútbol, la degustación de un
enorme bagaje de platos típicos como el cebiche, papa a la huancaína,
arroz con pollo, ocopa arequipeña, escabeche, parihuela, arroz con
leche y mazamorra morada.
"Esta actividad tiene la intención de agrupar a nuestros
hermanos peruanos y a sus familias, para despertar en ellos la necesidad
de colaboración entre nosotros y con la colectividad carabobeña,
con la cual estamos estrechamente vinculados. Además, los fondos
que obtendremos, servirán para ayuda social, como en el caso de algunos
niños que necesitan operaciones cuyos costos son elevados".
Ese fue el norte de esta agrupación desde que se fundó
y, sus dirigentes, esperan ampliar su radio de acción y el apoyo
a quienes lo necesiten, sin que necesariamente tengan que formar parte de
la Comunidad Peruana.
César Caballero Noriega, trujillano "de pura cepa",
es un peruano que llegó a estas tierras valencianas junto con su
esposa, Elsa García Gayoso y sus hijos Manuel, César, Jorge
y el menor de todos, Carlos.
"Tuve que abandonar mi país por presión del terrorismo.
Me vi obligado a vender mi fundo y mi casa y, junto a toda mi familia, decidimos
viajar a Venezuela, país del que teníamos las mejores referencias
debido a que aquí viven algunos familiares nuestros", explicó
César Caballero.
"Cuando llegamos a Valencia, fue como descubrir el lugar que esperábamos,
nos sentimos inmediatamente como en nuestra propia casa y, decidimos que
aquí echaríamos raíces. Compramos una casa en Carialinda,
Naguanagua y, con mucho esfuerzo, mis hijos y yo echamos a andar tres pequeñas
empresas, que nos han permitido salir adelante y, sobre todo, crear fuentes
de trabajo para jóvenes valencianos".
Aliancista de corazón, César Caballero es un seguidor del
buen fútbol, continuamente celebra tertulias sobre este deporte y,
al igual que su hijo Carlos, quien es abogado, es un eterno soñador
sobre el futuro del fútbol peruano, esperando que algún día,
la selección de ese país logre encontrar el nivel de los jugadores
que en el Mundial de México 70, pusieron muy en alto el nombre de
Perú.
Así, entre cebiche y parihuela, entre huaynos y marineras, los
peruanos tratan de cohesionarse en torno a la asociación civil "Señor
de los Milagros". En horabuena por ellos, ya que todo intento por la
unidad es un avance hacia el progreso. Por eso, estos inmigrantes del antiguo
Tahuantinsuyo, siguen fieles a los principios que hicieron del imperio de
los Incas, uno de los más grandes y sólidos del mundo: estos
son "Ama Sua, Ama Llulla y Ama Kella" que traducidos del quechua,
significan: no seas ladrón, no seas flojo y no mientas.
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