|
|
1984 La ubicuidad más allá de la noticia Jhonny Castillo
Transcurría el año 1984. Mientras todo esto ocurría en diferentes lugares del mundo, en Valencia, Venezuela, se encontraba Winston Smith, un extraño personaje con un ilimitado poder de la ubicuidad y facilidades para relacionarse con sus congéneres, quien pisara tierra carabobeña por primera vez, un primero de enero del mismo año, al entrar por Puerto Cabello, a través del buque de carga Gran Hermano que lo trajo, aún no se sabe, desde qué lugar del planeta. Smith llegó un día muy caluroso. El reloj de la Catedral San José de Puerto Cabello marcaba las 8 de la mañana. Lo primero que le sorprendió fue un grupo de obreros del Instituto de Puerto que marchaban pidiendo a vox populi reivindicaciones salariales. Winston Smith, con los ojos hinchados de sueño a causa de varios meses de travesía, se deslizó lentamente por las calles de la ciudad, hasta llegar a una fonda donde devoró con fiereza de lobo hambriento un indefenso desayuno americano. Días después subiría a Valencia con una tímida y roída mochila pertrechada de libros, entre ellos, un viejo ejemplar de "El caminante y su sombra", de Friedrich Nietzsche, que guardaba desde su época de estudiante de Filosofía en la Complutense de Madrid. Durante este trayecto que Smith realizó en un destartalado autobús de la línea Belén, abrió el diario Notitarde y se dedicó, no tan plácidamente como hubiera querido, a hojear el tabloide. Se detuvo únicamente en una noticia que le llamó profundamente la atención: joven de 23 años se había hecho el hara - kiri, cuando se encontraba en su casa de la urbanización "El Morro". La ciudad le resultaba agradable, aunque un tanto bucólica y sucia, sobre todo por los alrededores del Teatro Municipal, edificio que había sido restaurado y en cuya plaza se sentaba Smith a conversar sobre lo humano y lo divino en algunas tardes luego de la siesta con personas que frecuentaban el lugar.
PERSONAJES, POLITICA Y VIOLENCIA
Smith, al poco tiempo de haber llegado, frecuentaba algunos círculos sociales importantes lo que le brindó la oportunidad de ser invitado a sucesos que se convirtieron en hitos de la región como el lanzamiento del equipo Trotamundos de Carabobo, durante una rueda de prensa organizada por Germán Blanco, presidente del club y los directivos Nelson Jiménez y Roger Peña. Allí se anunció la contratación de jugadores que años más tarde serían estrellas en el baloncesto nacional, es el caso de Bobbie Wilson, Al Smith y, el criollo Iván Olivares, quien para el momento era una de las figuras de la Universidad de Springfield en los Estados Unidos. Una noche, en compañía de amigos asistió al estadio José Bernardo Pérez donde vio, rodeado de 10 mil espectadores la clasificación del Magallanes. Luego de cinco años de frustraciones, el cuadro turco pasaba a la semifinal del beisbol profesional de Venezuela, derrotando 7 por 4 a los Tigres de Aragua. Soplaban vientos renovadores en el acontecer político, social y económico de la nación. Jaime Lusinchi asumía la Presidencia de la República y el país heredaba del mandatario refranero, Luis Herrera Campíns, la devaluación del bolívar y una inflación galopante que afectó gravemente a las clases media y baja de la sociedad. Smith poco a poco se fue acostumbrando a una cultura totalmente ajena, que por las mismas razones en ocasiones, le resultaba exótica y sensual. Estaba en una urbe de gente hermética y rasgos aparentemente bien particulares, conducta que muchos intelectuales empezaban a definir con el vago concepto de valencianidad. Este hombre flaco, cabeza blanca, lentes redondos de casi dos metros de estatura, narigón y corcovado como el poeta mexicano Ruiz de Alarcón inmortalizado por Quevedo, era adicto al café con leche y consumado carnívoro. Sufrió mucho durante varios meses, puesto que hubo una escasez generalizada de carne y de leche en los establecimientos comerciales, que le impidió disfrutar de sus coqueteos gastronómicos, la mayoría de las veces aderezados exquisitamente con vino verde originario de Portugal.
El bar los fines de semana transmutaba en periquera. En oportunidades, aunque a él le gustaba la buena conversación, se inmiscuía en temas morbosos que destacaban la prensa amarillista. 1984, al igual que muchos de los años anteriores no fue una excepción. Valencia había sido tomada por la violencia y resultaba casi inevitable no hablar del problema. Corrían días aciagos, de asesinatos, violaciones, huelgas, disturbios universitarios y otros sucesos lamentables que exacerbaron las emociones de los habitantes. Joven trapecista perdió la vida luego de venirse al vacío durante un acto de acrobacia en un circo de La Isabelica. Cinco niños de la brigada "Los Bomberitos" murieron en un accidente automovilístico. Tres mujeres resultaron abusadas sexualmente. Ochenta personas se intoxicaron al volcar un camión cargado de productos químicos en La Florida. Se produjeron trece muertos durante el asueto de Carnaval, era parte del coro de los lamentos que transmitían los medios de comunicación.
CULTURA, POBRE CULTURA "Los poetas estamos condenados a sentir el universo sin podérnoslo explicar", decía la filosófica frase que subrayó Smith con tinta roja, cuando, tirado sobre la vieja cama del hotel, leía en Notitarde el discurso pronunciado por Vicente Gerbasi con motivo de recibir el Doctorado Honoris Causa que le concedió la Universidad de Carabobo en el XXVI Aniversario de la principal casa de estudios de la región. Durante se recreaba con las metáforas del poeta de Canoabo, se encontró un dato que de inmediato lo llevó a husmear entre un montón de libros, que reposaban en una arista de la habitación para ver si daba con la edición de "Mi padre el inmigrante", uno de los textos más emblemáticos de Gerbasi, y que le regaló un amigo para que empezara a conocer la obra, de quien ya se conocía como uno de los escritores más reconocidos no solamente de Carabobo, sino del país, junto a Ramos Sucre y Paz Castillo. Winston Smith era un conspicuo devorador de libros y periódicos. En Valencia, como en las muchas otras ciudades en las cuales había vivido, salía poco a la calle durante el día y por lo contrario se dedicaba a revisar los diarios que le llevaban directamente a su habitación y a leer algunos ensayos de filosofía, en su mayoría de autores clásicos. Se trataba de un hombre muy culto, pero no retraído. Por las noches le gustaba ir al cine y asistir a los escasos espectáculos deportivos y culturales que ofrecía la ciudad. Era un personaje de una amplia visión del mundo y sentía predilección por la política, de la cual siempre le preocupó el aspecto ético. Smith estuvo presente en el homenaje que el Ateneo rindió al novelista Rómulo Gallegos al cumplir el autor de Doña Bárbara el centenario de su nacimiento y estuvo en la inauguración del XLII Salón Arturo Michelena. Allí conoció al gobernador Ignacio Acevedo Ledezma, al rector de la UC Gustavo Hidalgo y, a Vitalia Chacín, dama de trato refinado presidenta del Ateneo de Valencia. En aquella oportunidad, durante un recorrido por la sala, en la cual artistas de todo el país mostraban sus trabajos, Smith predijo ante una dama que lo acompañaba el triunfo de "Procromatique 155", de Darío Pérez Flores, como la obra ganadora. No podía equivocarse un admirador y estudioso de las artes plásticas que había visitado museos de la categoría de Louvre y el Metropolitano de Nueva York. A pesar de que la ciudad en oportunidades le parecía un tanto sórdida y hostil, el hombre fue creando sus propios espacios y regodeándose con un sui generis círculo de amigos que le ayudó a prolongar su estadía en Valencia. Nadie sabía de dónde había llegado ni el propósito de su visita, lo único que se conocía de él es que era un correcaminos interesado en escribir un tratado ético sobre el comportamiento del latinoamericano. Smith se quejaba de las fallas del transporte público, sector en el que cada día resultaban comunes los paros; mientras que la única solución que encontraba el gobernador era anunciar drásticas medidas contra los transportistas y choferes si se aumentaba el pasaje urbano. Lamentaba profundamente la incapacidad de los cuerpos policiales para brindar seguridad a los ciudadanos, la inercia de la administración de justicia y la falta de controles por parte de los organismos del estado para evitar los hechos de corrupción. En aquel año, 1984, días después de la muerte de Eladio Alemán Sucre, fundador de El Carabobeño y que monseñor José Alí Lebrún instalara la asamblea general de la Conferencia Episcopal Venezolana con un discurso llamando a la honestidad, los medios de comunicación denunciaban una estafa millonaria mediante el alquiler ilegal de un edificio propiedad de la nación ubicado en la calle Colombia y pedían esclarecer el asesinato del inspector de la PTJ en Valencia, Alberto Balladares Buitriago, que lentamente se iba convirtiendo en un cangrejo. Cuentan quienes fueron sus amigos, que la última vez que vieron en Valencia a ese extraño personaje fue durante una corrida de toros a propósito de la reapertura de la plaza Monumental. Nadie, hasta ahora, da noticias de Winston Smith, un mito más allá de la historia tangible, alocado y trashumante.
|